El consumo musical influye a largo plazo en nuestra conducta, modela matrices de criterios y genera necesidades que refuerzan un estilo de vida, no siempre beneficioso o feliz
La música no son las notas, sino el espacio entre ellas.
Jimmi Hendrix
Con la facilidad tecnológica de las últimas décadas para grabar y reproducir sonidos, la música resulta un producto cada vez más omnipresente en nuestras vidas, casi un fetiche al que acudir en cualquier circunstancia, desde caminar o trasladarte en un vehículo, hasta trabajar o hacer el amor.
Pero no se trata solo de una escucha inocente en segundo plano (a veces involuntariamente): su consumo influye a largo plazo en nuestra conducta, modela matrices de criterios y genera «necesidades» que refuerzan un estilo de vida, no siempre beneficioso.
La sexualidad no escapa a ese condicionamiento multisensorial que ya preocupa a la academia en todo el orbe: lo que se vende como «sexo» en la industria cultural tiene cada vez menos de sensualidad; lo figurativo cede ante palabras y gestos demasiado explícitos y los productores apuestan por ritmos anodinos y cargados de violencia simbólica.
Cada vez más, el «arte» posmoderno refuerza la idea de una intimidad coitocéntrica, desigual y mecánica; realza el falo como protagonista del placer y prioriza el desempeño con fines prácticos.
¿Es ese el sexo del que vale la pena conocer detalles desde la infancia y explorar con ilusión en la adolescencia? ¿Es ese el camino y los valores para construir una pareja que se respete y apoye a lo largo de la vida?
Entre todas las artes, la música y el baile resultan las más universales, en tanto, su consumo y creación están al alcance de todos, mucho más con el desarrollo de la Inteligencia Artificial y la profusión de tutoriales y plataformas de difusión gratuita en internet.
En ese contexto, ¿qué tan peligrosa resulta esa tendencia a vulgarizar lo íntimo para estar de moda y ganar seguidores? ¿Qué efecto tiene esa banalización de contenidos en la construcción del imaginario erótico? ¿Cómo y por qué la música condiciona afectos? De ello hablamos en estas dos entregas de Sexo sentido.
La música se considera un lenguaje universal porque traduce emociones que no necesitan ser explicadas verbalmente para que el otro las perciba, incluso a siglos de distancia. Sin embargo, ninguna pieza musical es interpretada de la misma manera en cada momento, ni siquiera por el propio autor. Hay mediaciones culturales que filtran cómo se recibe su mensaje, y la madurez sicológica de quienes escuchan es también importante en la efectividad de esa apropiación.
Cuando una canción o instrumental logra calarnos, desata una cascada de estímulos en el cerebro que condicionan la futura escucha de la misma pieza o similares, e incluso de sus opuestos. Esa red neuronal comienza su trabajo en la corteza temporal y se expande a otras estructuras como el núcleo accumbens (clave en el sistema de recompensa y placer), que a su vez avisa a la corteza prefrontal, la encargada de interpretar el escenario social y sopesar decisiones según estímulos que involucran al sistema límbico y la amígdala.
En menos de un segundo el cuerpo secreta adrenalina (esencial para moverse en el baile), la placentera dopamina, y hasta serotonina y oxitocina, las hormonas del bienestar y la empatía. Es tan fuerte ese estímulo que interfiere en la percepción de otros estímulos visuales y gustativos, haciendo que una bebida o alimento se reciba mejor si la música «llega», un poder que el mercado explota con éxito para cautivarte al viajar, comprar, trabajar o tener una cita.
El llamado neuromarketing toma en cuenta que tu experiencia depende del contexto de consumo, más que de la pieza musical en sí misma o el propósito de su intérprete. De hecho, la misma canción que te produce euforia al escucharla con una pareja puede traerte dolor tras la ruptura, o pesar, nostalgia o vergüenza años después, y en eso influyen también el clima natural y social en que te desenvuelves.
La música activa las mismas zonas cerebrales que se involucran en el placer sexual. Tal coincidencia neuroquímica explica por qué una melodía determinada puede amplificar la experiencia sexual directa, sobre todo en mujeres, según investigaciones publicadas por universidades europeas y latinas.
Esa mayor sensibilidad ante estímulos musicales respondería el motivo de que muchas mujeres declaren que «el amor les entra por los oídos», e influye en su deseo erótico, propiciando una rara conexión con parejas que no cumplen los cánones de éxito de sus tiempos, ya sea de belleza o estatus social.
Además, respalda el uso de melodías y mantras en las terapias para disfunciones sexuales femeninas como preorgasmia, dolor coital, baja libido y alta ansiedad por el desempeño.
Aunque su escucha no potencia por sí sola el placer sexual, sí crea el ambiente para aislarnos del entorno y ayuda a desinhibir. El poder evocador de la música relaja, predispone al cuerpo y facilita la sincronicidad entre amantes en cuanto a movimientos, latidos y respiración. De paso reduce la distracción y los pensamientos autocríticos, despierta el deseo y da coraje para que el cuerpo hable con naturalidad.
Claro que no todos los sonidos trabajan igual. Cada instrumento hace vibrar diferentes centros energéticos o chakras y evoca sensaciones que condicionan nuestra respuesta a nuevos estímulos. En esa capacidad va también el efecto de quien interpreta la pieza, porque le imprime su propio estado de ánimo, y su entrega genuina durante la ejecución puede resultar hipnotizante.
En cuanto a las voces, algunas sugieren mayor cercanía e invitan a expresar ternura y pasión; otras son irritantes o aburridas, o generan tal ansiedad que te impiden relajarte y disfrutar lo que dicen, y al escucharlas el cerebro entra en modo de huida, sueño o ataque, lo cual posterga los deseos.
En cuanto a estilos, estudios de universidades anglosajonas confirman que el rock y el heavy metal invitan al disfrute liberador, sin formalismos, y son propicios para un coito pasional, mientras que el pop crea un ambiente más adecuado para parejas que ya intimaron antes y se conocen muy bien.
El jazz, el blues, el filin y melodías análogas son ideales para encuentros tranquilos, maduros, y la música llamada clásica estimula el sexo meditativo, que busca trascender la unión corporal para cultivar la conexión espiritual.
Por otra parte, la música electrónica y el reguetón te confinan en un acto rápido y soso, sin espacio para la autoescucha o la creatividad. Como ritmos son populares en las nuevas generaciones porque cumplen una función de ruptura con los patrones de sus mayores, pero esa supuesta emancipación para expresar el sexo va en detrimento de la calidad de sus vivencias reales.
En cuanto a significantes textuales, más de dos décadas de letras cada vez más explícitas e hipersexualizadas acumulan suficiente evidencia de un interés erótico más precoz e inmaduro, que aburre o asquea rápido, con secuelas peligrosas como la naturalización de delitos desde edades tempranas y daños en la autoestima de quienes intentan copiar a sus ídolos musicales. Luego sufren ante la disonancia entre altas expectativas y prácticas rara vez satisfactorias, un tema del que hablaremos en la próxima sección.