Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Zapatos fajarines

Autor:

Jorge Alberto Piñero (JAPE)

Más allá de los zapatos de Manacho, que todo el mundo sabe que son de cartón, según popularizara el puertorriqueño Andy Montañez y El gran combo, en décadas pasadas, nadie ha dado vital importancia a esa prenda, cuya utilidad principal ha sido la de proteger nuestros débiles e importantes pies o «pieseses», acorde con la cantidad que poseamos, incluyendo tobillos y pantorrillas.

No menos conocido resulta el zapato perdido de Cenicienta, que, a mi entender, aquella noche más que el zapato, perdió la cabeza. Pero, en fin, así quiso plasmarlo su autor o autores, porque Charles Perrault (1697) y los hermanos Grimm (1812) solo versionaron una historia nacida de relatos populares, escritos en el siglo I antes de Cristo, que versa sobre una esclava griega llamada Ródope, a quien veo más relacionada con la historia que ha llegado a nuestros días, por aquella frase en latín:  Calceus Ródope devolutus est (¿quién puede devolver la chancleta de Ródope, que rodó de su pie?), que fuera divulgada, luego de la máxima expansión del imperio Romano.

Y si de literatura se trata, no podemos obviar el libro autobiográfico El ciudadano de mis zapatos, del escritor, músico y humorista argentino-mexicano Luis María Pescetti, quien dejó muy clara la importancia de conocer profundamente a esa persona que cada día introduce sus pies en nuestro calzado.

O sea, que bien pudiéramos escribir la historia de la humanidad a través de los zapatos, pues ya existe un recinto con una colección que abarca 18 siglos y diversas culturas. Más de 5 000 piezas que van desde las sandalias egipcias, hasta los más modernos zapatos deportivos. El dato no aclara si incluyen las botas de astronautas que ya pisaron la Luna. Será porque nuestro satélite no cuenta como suelo terrestre, o porque muchos aún no se creen el cuento del alunizaje.

Lo cierto es que ninguna historia se asemeja a la que me contara Mario, un yucateco que destaca por su bondad, sinceridad y profundo carácter filantrópico. Hablábamos de nuestras infancias, que a veces se coloreaba de riñas de poca monta, pero que, de alguna manera, iban forjando nuestro carácter y personalidad. El carismático amigo me confiesa que no fue un muchacho problemático ni fajarín, pero que sus zapatos sí. Me quedé perplejo ante tal afirmación y al ver mi cara de sorpresa Mario me contó:

«Mi familia era pobre y numerosa. No teníamos grandes ingresos y por eso era necesario comprar las cosas que cumplieran con dos requisitos: económicas y duraderas. Así eran mis zapatos con los que iba a la escuela. Nada ostentoso, pero sí fuertes y, al parecer, ya lo había notado un compañero de clases muy reconocido por sus acostumbradas peleas al concluir la jornada estudiantil (lo que en Cuba llamamos: “Te espero a las cuatro y media en la esquina)”.

«En una ocasión en que el connotado peleador tenía pactada una cita hostil, me pidió que le prestara mis zapatos, que se veían buenos para las broncas. No puse objeción, sobre todo porque tenía cierta amistad con él y porque, realmente, no le veía mucha oportunidad con sus pies mal calzados. Lo cierto es que el muchacho fajarín ganó la contienda y el intercambio de zapatos se hizo frecuente. Si bien el préstamo no tenía carácter de lucro, el luchador y vencedor me agasajaba con algún dulce o chuchería en agradecimiento por mis zapatos. Otros muchachos se enteraron de la cualidad competitiva de mis zapatos y me pidieron que se los prestara para asumir las peleas pendientes. Así fue como mis zapatos ganaron la condición de fajarines y yo, de vez en cuando, disfrutaba de una golosina extra».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.