Cada hombre es un experimento; el tiempo demostrará si valía la pena.
Mark Twain
Cierto prototipo de hombre ha generado polémica y hasta burlas en las redes sociales: el «princeso». Aunque su imagen se construye desde una aparente mirada de desprecio femenino, resulta evidente su trasfondo machista y el afán de menospreciar a quienes no siguen las reglas tradicionales en apariencia y conducta.
No hay novedad en la intención de marginar a varones menos convencionales etiquetándolos con una cualidad adjudicada a las chicas, como la fragilidad de la damisela que necesita ser rescatada de apuros, o que es mimada por sus protectores y apenas puede abrirse paso por sí misma en la vida.
El llamado princeso se preocupa por su aspecto, cree en el amor eterno, se preserva para una mujer especial, su actitud es muy sensible hacia elogios o críticas y no pretende ser el alfa de la relación, ni en roles ni en proyección social.
Lo del exceso de cuidados estéticos se explotó tres décadas atrás bajo la etiqueta de metrosexual, pero los magnates de las industrias cosmética y de la moda vieron un buen filón y lo resignificaron para invertir en clientes de lujo, dando origen a otros arquetipos y líneas de mercadeo.
Bastó que algunas figuras de renombre en el arte o el deporte se identificaran con tales proyecciones pulidas, y en poco tiempo sus rutinas dejaron de ser cuestionadas para volverse tendencia, como el afeitado corporal, los tatuajes, cambios de color y textura en el pelo, uso de aretes y maquillaje y preferir colores «tiernos» en su ajuar cotidiano.
Igual pasó con el asunto de los afectos. Hasta hace poco, la ofensa más grave a la hombría era cuestionar el sujeto de interés erótico del aludido. Pero ese epíteto pasó a chiste popular y luego a código de confianza entre amigos.
Bajo influencia del activismo pro derechos LGTBI, hoy se considera delito en muchos países la discriminación del homosexual, así que el insulto cambió de forma sin variar contenido: también se llama princeso al heterosexual que elige la monogamia romántica y renuncia al permiso cultural de ser mujeriego. O sea, tanto gustar de hombres como ser fiel es «cosa de mujeres», así que el insulto es el mismo.
En cuanto a emociones, usar princeso para señalar fragilidad masculina empezó a emplearse la década pasada, en respuesta al auge de los debates sobre masculinidad en las redes y medios de prensa, sobre todo como recurso para ridiculizar actitudes machistas disfrazadas de inocencia o victimización.
La viralización de ese sarcasmo se nutrió del propósito feminista de construir equidad desde el cuestionamiento de las tradicionales relaciones de género, en especial la amplia gama de manifestaciones de violencia ejercida contra las mujeres, pero el uso posterior fue más lejos, para resaltar sin límites éticos la reacción de algunos hombres cuando se les cuestionan privilegios socialmente asignados. Esa es una estrategia tan patriarcal como las anteriores: solo cambió la vela para adaptarse al viento.
En particular, los memes manipulan la contradicción entre la racionalidad que se espera de los hombres por el mero hecho de serlo y sus intensas reacciones emocionales cuando se frustran en cuestiones triviales. Ejemplos sobran: depresión, si su equipo de deporte pierde; berrinches, si alguien toca sus cosas; tomarse en serio el rol en un videojuego y pavonearse de sus resultados; privar de comunicación a la pareja si su ropa o su comida no están como les gusta…
O sea, el «histerismo» asignado a las mujeres se suma al arsenal de viejos recursos para advertir a los hombres que está mal revelar su estado de ánimo auténtico, porque eso es actuar desde lo femenino y da licencia a otros para caricaturizar su conducta.
Resalta también la ambigüedad del mecanismo: mientras el mundo insta a las muchachas a ser reinas y dominar el tablero con sus habilidades y belleza, a los muchachos se les critica si siguen iguales tácticas, asociadas a la feminidad, porque eso los coloca en lugar secundario respecto a otros hombres.
De esa manera refuerzan el estereotipo de masculinidad tóxica que reprime sentimientos y responde con agresividad al entorno adverso, en contraposición con la «vulnerabilidad» de recibir apoyo o ser empáticos, y elegir medios pacíficos para resolver conflictos.
Aún no queda claro si los varones de las nuevas generaciones cederán a esa presión machista o crearán sus propios patrones, a partir del nuevo insulto para reivindicar derechos, como pasó antes con la libertad de orientaciones eróticas y el cuidado de sus apariencias.
Este tipo de disputas en las redes supera en recursos y alcances a las de etapas precedentes, y aunque hay muchas exigencias sociales para mantener los viejos esquemas a flote, también hay más posibilidad de cuestionar esas matrices, invertirlas y resignificarlas. Confiemos en ello.