Explosión de vida en el mar más profundo

300 científicos catalogan 17.600 especies que viven en las profundidades marinas donde no llega la luz

Autor:

Redacción Digital

Madrid, noviembre 22.- Hay mucha vida allí donde no llega la luz del Sol: 17.650 especies, para ser exactos. Son las cifras preliminares que adelantaron este domingo responsables del Censo de la Vida Marina, un proyecto iniciado en 2000 que pretende catalogar todos los seres vivos que viven bajo el agua salada. Con la mayoría de los trabajos de campo ya finalizados, el informe final se presentará en octubre del año que viene.

Los datos publicados se centran en las especies que viven y mueren en el mar profundo, por debajo de los 200 metros, donde la fotosíntesis ya no es posible. Pero la ausencia de luz como fuente de energía no es inconveniente para que haya una verdadera explosión de vida incluso mucho más abajo. Desde los 1.000 metros y hasta el fondo marino, los científicos han encontrado una variedad inesperada, con unas 5.700 especies y sumando.

El ser humano, apegado a la tierra, mira al mar como una masa de agua uniforme de cuya vida animal sólo conoce una ínfima parte, la más próxima a las costas o la traída por los pescadores. Pero, como dice Chris German, corresponsable de uno de los proyectos, «el mar profundo es el ecosistema continuo más grande de la Tierra y el mayor hábitat para la vida; también es el menos estudiado».

14 proyectos

El censo es tan ambicioso que tuvo que ser dividido en 14 proyectos diferentes. Cinco de ellos, los que presentaron datos ayer, han estudiado otros tantos ecosistemas en aguas profundas. Se trata de los márgenes continentales -las masas de agua colindantes con la plataforma continental-, la dorsal atlántica -una cordillera que atraviesa en canal el Atlántico de norte a sur-, las montañas oceánicas que salpican el planeta bajo el mar, las planicies abisales -una especie de estepa marina a entre 4.000 y 6.000 metros- y, por último, los ecosistemas quimiosintéticos, donde fuentes de agua ricas en compuestos químicos alimentan a las bacterias.

Las más de 5.000 especies descubiertas en estas zonas viven de la basura. Para ser más precisos, a falta de algas y plancton, muchos organismos comen la materia orgánica que cae de la soleada superficie: desde restos de grandes animales, como las ballenas, a detritus vegetal. El resto de la cadena se alimenta de ellos.

En el mar, la profundidad afecta a la diversidad y densidad de vida. «La abundancia es una función de la comida disponible y esta disminuye rápidamente con la profundidad», explica Robert Carney, corresponsable de Comarge, el proyecto que estudia los márgenes continentales. En esta zona, casi al alcance de la luz, es donde están las especies de mayor tamaño.

Otro factor que incide en la densidad biológica son las corrientes profundas que, procedentes de los polos, son ricas en oxígeno y por ende transportan comida. Por otro lado, si en superficie hay grandes bancos de peces -como ocurre en el Atlántico brasileño y frente a la cordillera de los Andes-, debajo de ellos habrá muchas especies esperando sus restos.

Animales extraños

Las montañas, ya sean en la dorsal atlántica o elevaciones aisladas soportan la vida coralina. Sus laderas son oasis de vida. En ellas hay especies que, como el dumbo -una especie de pulpo con aletas-, son al mismo tiempo familiares y extrañas al ojo humano.

Pero la mayor parte del territorio marino la ocupa la planicie abisal. El lecho rocoso está cubierto de un fino manto de polvo fangoso. Podría parecer que nada vive aquí. Pero, sólo entre los copépodos -una subclase de crustáceos-, los científicos han recogido 680 especímenes. Sólo siete eran conocidos. «La fauna abisal es tan rica en especies y tan poco estudiada que hallar una conocida es una anomalía», dice David Billet, del Centro Oceanográfico del Reino Unido.

La investigadora del Instituto de Ciencias del Mar en Barcelona, Eva Zoé Ramírez, advierte de que no sólo se trata de hacer un catálogo de seres vivos; el censo quiere saber qué afecta a la vida de las profundidades. Aunque es pronto para medir su impacto, el calentamiento en superficie está cambiando las corrientes profundas que bajan el alimento. Y añade: «A largo plazo, el descenso del nivel de oxígeno de estas corrientes podría aumentar las zonas de hipoxia», estas sí, zonas verdaderamente muertas.

Tomado de Público.es

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