El océano languidece

Existen pruebas científicas de que los océanos del mundo pudieran estar entrando en una nueva fase de extinción masiva de especies marinas

Autor:

René Tamayo León

Ya vamos por cinco extinciones masivas en los últimos 600 millones de años. La más reciente ocurrió hace unos 500 000 siglos. Entonces desapareció la mitad de los peces de aguas profundas.

La historia no ha terminado. Otra catástrofe masiva de especies se aproxima. En las anteriores la familia homínida ni pensaba en existir. En esta, seremos quienes acabaremos con la existencia.

La muerte de los mares está a punto de decretarse. No es broma. «Existen sólidas pruebas científicas de que los océanos del mundo pudieran estar entrando en una nueva fase de extinción masiva de especies marinas».

El dictamen está recogido en el informe Taller 2011 de expertos internacionales sobre el sistema terrestre: efectos y presiones sobre los océanos, cuya discusión se realiza a instancias de Naciones Unidas.

La investigación, reseñada por la agencia española de noticias EFE, indica que «podrían haberse dado ya los primeros pasos hacia una extinción de importancia mundial». No es un pronóstico para verificar ni a mediano ni a largo plazo, ni tan siquiera mañana.

El testimonio más dramático de lo que está ocurriendo y está por venir se remonta a 12 años atrás, al año 1998, cuando un incidente de decoloración de corales causó la muerte del 16 por ciento de los arrecifes de coral en los trópicos de todo el mundo, como recuerdan —no sin cierto dramatismo— los peritos.

La causa primera del desastre es conocida por todos: «El incremento de las emisiones antropogénicas de dióxido de carbono (CO2)» a la atmósfera. Y los heraldos de esta nueva muerte son la sobreexplotación, la contaminación, el calentamiento de las aguas, su acidificación y la falta de oxígeno.

A esto se suma la presencia de sustancias ignífugas y almizcles sintéticos asociados a los detergentes que se acoplan a las partículas plásticas y que ingiere la fauna marina. Y tras ellos —o en ellos—, nosotros. No se olvide que somos el escalón más alto de la cadena depredadora en este maltratado planeta.

Los científicos estiman que el daño ya está hecho. Que «los océanos y sus ecosistemas no podrán recuperarse».

Son «conclusiones estremecedoras», señalaba el Programa Internacional sobre el Estado de los Océanos (IPSO).

La espina hinca

Al informe que se debate en los salones de la ONU, se agrega por estos días —in situ y en tiempo real— la expedición interoceánica española Malaspina, que zarpó el 15 de diciembre de 2010 de puerto ibérico y que recién ancló en el Caribe colombiano.

El bojeo científico alrededor del mundo está recogido en un reportaje del medio digital www.eluniversal.com.co.

Señala que durante su travesía desde Honolulú (Hawai) hasta Panamá, los investigadores observaron que en las capas de agua intermedias (de 200 a mil metros de profundidad) del Pacífico Tropical Central el oxígeno es muy escaso.

«Las bajas concentraciones de oxígeno se asocian con la mortalidad y la huida de peces y afectan al ocho por ciento del área oceánica», indicaron los expertos, quienes confirmaron que esta es una las regiones marinas con menos oxígeno en la Tierra.

La expedición ibérica también detectó que las dosis de radiación ultravioleta, capaces de dañar a los organismos, penetran hasta 60 metros de profundidad en el cuerpo de agua.

Fue un hallazgo sorprendente, y preocupante, según explicaba el coordinador del bojeo, Doctor Carlos Duarte, para quien los impactos de la radiación ultravioleta pueden ser más importantes de lo que hasta ahora la comunidad científica mundial se esperaba.

Malaspina no es nombre de mal augurio. Se trata de un proyecto que se bautizó así en homenaje al marino italiano Alejandro Malaspina, capitán de la Real Armada Española fallecido en 1810, que dirigió una expedición de circunnavegación que partió de Cádiz y regresó a ese puerto cinco años después.

Sin embargo, la mala espina arrojada por el hombre a los océanos ha hincado a los científicos por donde quiera que el buque oceanográfico Hespérides rompió olas.

Los estudiosos han podido ver —narraba el periódico colombiano— «cómo muchos de los componentes utilizados por los humanos están en el mar, como contaminantes derivados de hidrocarburos, dioxinas —compuestos químicos obtenidos a partir de procesos de combustión que implican al cloro— y residuos orgánicos.

Caliente, Caliente

Junto a lo anterior —bueno para nada—, otro fantasma navega por el mundo: el impacto del calentamiento global sobre los casquetes polares, los glaciares y los hielos permanentes.

Una afirmación categórica, y al parecer irrefutable, es que «ya no hay ninguna posibilidad de que se frene el deshielo del Ártico», según dijo a la prensa, sin pelos en la lengua, el Doctor Carlos Duarte.

El fenómeno se está desarrollando. Se acelerará en los próximos años. Y pondrá en marcha una serie de mecanismos con efectos a nivel global de graves consecuencias, explicaba el especialista en una entrevista publicada en el sitio digital www.lavozdegalicia.es.

«El Ártico, aunque parezca un lugar lejano, es uno de los territorios del planeta que concentra el mayor número de mecanismos que llamamos de cambio abrupto en el planeta Tierra», agregaba el líder del Malaspina.

Así que si un día de estos usted tira la mano al mar y se lleva algo de agua a la boca, quizá esté probando por primera vez el sabor del Ártico.

Entonces recuerde que el permafrost (el hielo perpetuo) se está fundiendo. Que esto liberará cantidades ingentes de metano. Que este gas es de efecto invernadero. Que el CO2 al lado de él es una bicoca, pues tiene un poder 20 veces mayor que aquel.

Acuérdese, además, que la pérdida de hielo afectará al balance térmico global, pues de reflejar casi el 90 por ciento de la radiación, pasará a absorber el 80 por ciento de esta. Que el deshielo de Groenlandia incrementará el nivel del mar en todas las esquinas del planeta. Y que esto erosionará todas las costas.

Ese día, quizá, haya ido al mar de manos de su pareja. Dígaselo también a ella o a él. Puede ser un diálogo inteligente, aunque no le prometo que termine siendo una velada romántica.

Más, más, más, suma menos

La mayoría de los expertos en temas oceánicos cree que en el futuro estos serán más salados, más calientes, más ácidos y con menor variedad de especies.

En 2002, la Conferencia de Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU propuso configurar un nuevo sistema que controle la salud del planeta. Aprovechando esa iniciativa, en octubre del pasado año científicos marinos exhortaron a crear un nuevo sistema de vigilancia para estos ecosistemas.

Según un reporte de entonces de la agencia Reuter, entre los temas que más preocupan a los estudiosos está la acidificación de las aguas superficiales en los océanos, un proceso que empezó a verificarse desde comienzos del siglo XVIII, a causa del incremento de las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera, debido a la quema de combustibles fósiles.

De allá a acá, la acidificación ha crecido un 30 por ciento.

Hallazgos en el Índico

Los estudios realizados por la expedición Malaspina —liderada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España— indican que el océano Índico tiene la capacidad de absorber tres veces más nitrógeno procedente de la atmósfera que el Atlántico, reseña el portal http://noticiasdelaciencia.com.

Este nutriente —explica— es clave para que el fitoplancton crezca, realice la fotosíntesis y cumpla su función de captación de CO2 del aire, pues los microorganismos que forman el fitoplancton retienen casi tanto CO2 como las plantas terrestres, y por tanto, son fundamentales para la regulación del clima.

Quizá la clave esté en las altas concentraciones de silicato verificadas en el Índico, tanto en la superficie como a 4 000 metros de profundidad.

El «silicato es un elemento esencial para el crecimiento de una especie de microalgas, las diatomeas, que desempeñan un papel clave en la fijación de nitrógeno», explicó el jefe científico de la etapa Índica, Jordi Dachs.

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