Una propuesta preventiva

«Lo importante es levantarse», sentenció sabiamente el recluso Alejandro Conde Blanco, desde el penal Kilo 9, en Camagüey. Y esta sección reseñaba el pasado 10 de febrero su profunda reflexión acerca de las posibilidades que tienen hoy de enderezar sus destinos con la luz de la enseñanza, quienes cumplen penas en las cárceles.

Ahora Alejandro retorna para manifestar que la revelación de sus líneas aquí le hizo mucho bien espiritual, porque le permite guardarle a su hijo de tres años una especie de legado de cómo su padre se creció para expiar sus culpas y seguir adelante en la vida.

Este redactor ahora canaliza una petición de Alejandro: él desea contactar con la dirección de los Trabajadores Sociales para presentarle un proyecto preventivo que podría ser muy útil para los jóvenes.

La idea en cuestión es llegar a las comunidades con el mensaje de las propias experiencias de los reclusos sobre los errores que cometieron; de las nefastas consecuencias para ellos, para sus familias y el conjunto de la sociedad.

«Cuando yo les cuente mi tragedia y sus consecuencias, señala, por muy cabeciduros que sean eso les hará meditar. Yo hubiera deseado haber escuchado esas charlas... ¿Por qué no prevenir el delito? Tengo ideas para ayudar a la juventud».

Felicito a Alejandro Conde Blanco por su voluntad de regeneración. Algún día ese hijo estará orgulloso de su padre.

Pero mientras Alejandro cree en la voluntad humana, hay personas con responsabilidades que se declaran impotentes y concluyen aceptando que nada se puede hacer, como si viniéramos a este mundo a cruzarnos de brazos.

Bien lo sabe Pedro Orestes de la Rosa, vecino del edificio 90, apartamento C4, en el reparto Pérez, de la ciudad de Manzanillo, en Granma.

Refiere Pedro que en su edificio, hace más de cinco años, falleció la propietaria de un apartamento. Y los hijos de la señora se casaron y cerraron la casa que les pertenece. Un buen día, uno de ellos llegó al apartamento e hizo algo insólito: se llevó las ventanas y las puertas del mismo.

Así, el apartamento está abierto a la buena de Dios.

Lo preocupante, a más del desinterés reflejado, es el peligro que corren los demás vecinos, pues han subido allí ladrones y, por el baño, han accedido a la azotea para robar en otros apartamentos. También desde allí intrusos fisgonean la vida privada de los vecinos, y borrachos duermen la última «nota». Para colmo, ya la casa es un baño público conocido: con la consecuente falta de higiene para los otros inquilinos.

Cuando llueve, bajan por la escalera los gusanos y todo tipo de detritus.

Los vecinos han agotado todas las gestiones en asambleas de rendición de cuentas y en la Dirección Municipal de Vivienda. Estuvieron allí inspectores y la respuesta que dieron es que no se puede hacer nada, porque los inquilinos están pagando la casa y es de su propiedad. Higiene, en el Policlínico, también se declaró impotente para resolver el asunto.

Y al final, tal indolencia está provocando que se deterioren otros apartamentos por las filtraciones.

«Creo que con la necesidad de vivienda que hay en el país no estamos en condiciones de darnos el lujo de echar a perder una casa que es habitable», argumenta con razón el remitente. Urge tomar medidas, también porque nadie tiene derecho a afectar las viviendas y las vidas de otras familias.

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