Las palmas esperan...

Ernesto F. Orozco es un habanero que observa mientras camina. Y ahora se ha percatado de que las 28 palmas que rodean la estatua de nuestro José Martí, en el Parque Central, no han podido desplegarse en todo su esplendor, como otras que han crecido altivas en la ciudad.

Orozco, quien reside en San Nicolás 213, segundo piso, entre Concordia y Virtudes, en Centro Habana, alerta que, incluso, hay una que está peligrosamente inclinada. Y la causa de todo, según él, es la escasa área que tienen esas plantas para que las irriguen: apenas tres metros cuadrados entre la piedra compacta.

El lector recuerda que nuestro Apóstol señaló: «Las palmas son novias que esperan...». Y se pregunta si esas 28 que escoltan al gran y universal cubano, no estarán esperando porque algún procedimiento salvador les permita crecer en toda su plenitud.

También se preocupa Orozco por el escaso tiempo que tiene la luz verde del semáforo —apenas diez segundos— en una congestionada intersección capitalina como la de Monte y Belascoaín. «Muchas veces —abunda—, viajando en un M-7 hacia La Virgen del Camino, se ha detenido tres veces en el mismo semáforo. Y cada vez que un motor acelera, aumenta el consumo de combustible. Gota a gota se vacía un tanque».

También Orozco considera que el semáforo de Águila y Monte, tan socorrido para los peatones en una zona de constante tráfico, debía ponerse de nuevo a funcionar, ahora que están rehabilitándose tantos en la gran ciudad. «He visto muchas personas, incluso madres con sus niños, jugarse la vida para cruzar esa zona de mucho tránsito de vehículos y peatones», argumenta el lector.

Y deja para el final una preocupación que nos ha llegado también por otras vías, algo que se comenta en las calles de La Habana:

Hay satisfacción por la incipiente aparición de ómnibus articulados más modernos, luego de tantos años con los maltrechos, incómodos, pero salvadores «camellos». Ya incluso en una ruta como la del M-1 se dispone de 17 nuevos vehículos que requieren cuidado y preservación por parte de sus tripulaciones y de los pasajeros.

Pero la hermeticidad, las grandes ventanas selladas, van a dar quehacer en los próximos meses, cuando el calor se desate sobre la ciudad.

Quizá se adquirieron esos ómnibus para ver caer la nieve, porque son mucho más baratos —sería saludable una precisión oficial al respecto—, pero él y otros pasajeros preocupados se preguntan si es tan difícil «pasarles la mano» y tropicalizarlos, sustituyendo la «pecera» por ventanas corredizas.

Y cuando lo dice en nombre de muchas personas, es porque el cubano tiene memoria, y sabe que en este país se han fabricado y ensamblado ómnibus. Y también porque sobra talento e ingenio para tales adaptaciones.

Como es preocupación de muchos ciudadanos, agradeceríamos sobremanera que la inquietud de Orozco pueda ser respondida por las autoridades del Transporte.

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