Pueblos olvidados

Desde inicios de los 90, muchos pequeños poblados del país sufrieron con mayor fuerza los embates de la crisis y las carencias del período especial. Casi aisladas en sus propios problemas, incomunicadas y sin transporte, muchas de esas comunidades vieron deteriorarse sus apacibles encantos. Y aunque nunca quedaron desamparados, es innegable que esas localidades han visto estancarse esos mismos horizontes que la Revolución les abrió en sus inicios. Y lo cuentan sus propios pobladores:

Luis Manuel Rivero reside en el batey del central azucarero Brasil, antiguo Jaronú, en el municipio camagueyano de Esmeralda. Él nació hace 65 años en una colonia de ese ingenio —como entonces se le decía—; y toda la vida ha vivido en aquella localidad, de la cual siempre ha estado muy orgulloso, por lo pintoresca que ha sido.

Pero Luis Manuel está dolido del abandono que sufre el batey en muchos aspectos. Si bien el parque es una belleza, y el trabajo de Comunales es encomiable, el veterano considera que la juventud del Brasil no tiene otra alternativa que el alcohol. «Después de las seis de la tarde esto es un pueblo fantasma. El hotel está a punto de caerse, debajo de él están la farmacia, la peluquería, el correo, una TRD, el restaurante-pizzería y un cabaret que no funciona...».

Precisa que el círculo social, una casona que era una belleza, ya dejó de serlo. Llevan 30 años remodelándolo, al punto de que destruyeron el club de la playa para aprovechar su madera. Pero se hizo muy poco. La sala de video que se construyó «ya sufre los embates de los indolentes. El transporte no está ni regular, la agricultura en malas condiciones, comercio y gastronomía y servicios, ni que contarle».

Y a ello se suman, al centro mismo del batey, las deplorables cuarterías en que se han convertido los antiguos pabellones de hospedaje de los trabajadores del central, y que hoy muestran un aspecto deprimente, sin baños ni servicios sanitarios, a pesar de que viven allí tantas familias. Ni siquiera se ha resuelto en años la pésima situación que presenta el fluido eléctrico, por lo cual no recibieron los módulos de cocina que se reparten.

Luis Manuel comprende que todo no se resuelve de un tirón, pero está convencido de que ya es hora de que a su querido Brasil se le pase la mano, y se le rescate del olvido.

La misma tristeza embarga de vez en cuando a Amado Farías, vecino de Martí 177, en la localidad matancera de Ceiba Mocha: orgulloso de su terruño, Amado observa con pesar cómo ha retrocedido la vida social del mismo: los dos excelentes restaurantes del pueblo, que frecuentaban muchos viajeros de paso, se fueron destruyendo, y hoy son albergues para familias con problemas de vivienda.

José Pérez Gómez vive en Línea 28, en el poblado villaclareño de Báez. Él extraña la vieja estación de madera del extinto ferrocarril Placetas-Trinidad. Y la hermosa edificación colonial, con hermosos decorados, que servía de círculo social, donde se esparcían los lugareños. Hace un año se desplomó. «Se recogieron los escombros y todo quedó allí, sin solución alguna».

Graves problemas con la transportación, y deterioro de las carreteras. Existe una sola salida asfaltada del poblado. En contraste con todo ello, José significa el agradecimiento de los pobladores por la reconstrucción y ampliación del hospital local, con nuevos servicios médicos «que antaño, ni soñar con que se brindaran aquí».

Nerys Pérez Martínez reside en La Luz, localidad del municipio villaclareño de Camajuaní, y enfatiza la crítica situación de aislamiento que ha deparado a esa comunidad la desarticulación progresiva de los diversos medios de transporte: ómnibus, tren y carahata.

Advierte Nerys que la escuela primaria está muy deteriorada, muchos alimentos de la gastronomía no llegan con la calidad requerida allí, por los avatares del transporte. No tienen joven club ni cine, ni restaurante ni una sala de video. Ninguna recreación para los jóvenes.

Continuaremos reflejando los vacíos y soledades de muchos pueblos que se sienten olvidados y desatendidos.

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