Entre albañales y dilaciones…

No más narrar la historia de Enrique Laborde Barroso, uno se sobresalta. Imagínense lo que significa sufrirla en carne propia y estar aún sin solución, a más de año y medio de desgastes.

Laborde reside en Iglesias 264, entre Argilagos y Rius Rivera, reparto Veguita de Galo, en la ciudad de Santiago de Cuba. Y refiere que en enero de 2006, como consecuencia de una tupición en el alcantarillado, las aguas albañales comenzaron a brotar por los tragantes de la poceta de su baño. Y ello obligó a clausurarlo.

Entonces, por mediación de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, a la cual pertenecía su difunto padre, se le dio una solución temporal al caso y los pusieron en un listado para instalarles una nueva acometida. En febrero de 2007 volvió a agravarse la situación y se presentaron en el Distrito. Luego de un mes de ir y venir, les comunicaron que ellos no podían solucionar el caso si no lo autorizaban «en provincia». Al fin, el 19 de marzo les comunicaron que se solicitaría el permiso para romper la calle, y así facilitar que la brigada trabajara.

El 4 de abril dejaron una carta en Atención a la Población del Gobierno municipal explicando el asunto. Y se les informó que en sesenta días estaría la respuesta. El nueve de abril les comunicaron que ya se había autorizado el permiso para romper la calle. Se animaron, pero duró muy poco el entusiasmo. El 8 de mayo seguían igual que antes, y acudió la familia a la Dirección Provincial de Acueducto, pues el permiso se vencía en corto tiempo. Allí les explicaron prioridades que tenían, roturas en los equipos para esos trabajos... pero les prometieron que ellos serían los próximos en ser atendidos.

El 24 de mayo —qué paciencia— apareció el equipo que rompe la calle y les comunicaron que al día siguiente llegaría la brigada. ¿Día siguiente? «Ahora la calle está intransitable, y nadie se conduele de los inconvenientes que esto adiciona a los problemas que ya teníamos», apunta Laborde.

El 4 de junio, vencidos los 60 días, fueron a las oficinas de Atención a la Población. Asómbrense: no había llegado la respuesta.

El 12 de junio y luego de múltiples gestiones con otras autoridades del territorio le dijeron que enviarían al día siguiente una brigada a casa de Laborde. El 13 de junio llegó la retroexcavadora con su operador, pero no la brigada. A las dos horas de espera la familia decidió llamar al jefe de la misma, y este le comunicó al operador del equipo que la brigada no se presentaría, que no era allí donde había que cavar.

«Si no es peloteo lo que tiene Acueducto con nosotros, apunta Laborde, ¿qué nombre se le puede dar? ¿Tenemos que volver a contaminarnos los moradores de esta vivienda, incluidos los niños, quienes fuimos sometidos a un tratamiento familiar por parasitismo?».

Este es un caso elocuente de dilación en un asunto muy sensible como la salud humana. Razones para molestarse tiene el lector. A fin de cuentas, cuando me escribió el 2 de julio, su baño seguía clausurado, y las aguas albañales seguían haciendo de las suyas. ¿Por dónde se extravió la resolución para atender una queja tan sensible? ¿Es necesario año y medio para al final no ver más que aguas sucias?

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