Ni un tantico a la desigualdad - Acuse de recibo

Ni un tantico a la desigualdad

El pasado 3 de octubre esta columna reflejó la inquietud de Martha Zamora Caballeiro, vecina de Revillagigedo 208, apartamento 10, entre Misión y Esperanza, en La Habana Vieja.

La lectora reflexionaba acerca de la tendencia que ella viene observando en algunas escuelas: el solicitarles, por parte del personal docente de las mismas, dinero a los padres de los niños, hasta en CUC, para la adquisición de materiales de limpieza, luminarias y hasta para ventiladores.

Martha se cuestionaba —y solicitaba que se esclareciera el asunto— si está reconocida y permitida por el Ministerio de Educación esa práctica o es una decisión unilateral de quienes lo hacen.

Al reflejar la justa preocupación de Martha, este redactor le respondió que «sin tener a mano la respuesta del MINED, estoy seguro de que en ningún momento hay disposición alguna que obligue a los padres a esa erogación, que nada tiene que ver con el carácter gratuito y universal de la educación en Cuba».

Y dije más: «No debe confundirse la iniciativa particular de determinados colectivos, o de los propios padres, con una coyunda de ese tipo. No debe trastocarse el recabar el apoyo permanente de la familia a la escuela, con tales imposiciones... Si la generosidad y el desinterés han permanecido a capa y espada en un sitio, para bien de todos, eso ha sido en el aula cubana».

Ahora responde al respecto Marta Hernández Romero, directora de Educación en Ciudad de La Habana, quien corrobora lo que manifesté, cuando plantea que «existe con toda vigencia una carta circular que prohíbe a las instituciones educacionales solicitar dinero para el servicio de la educación». Y agrega que la Revolución, con grandes esfuerzos en circunstancias complejas, ha situado en las escuelas televisores de 29 pulgadas, videos, computadoras y otros muchos recursos, «siempre con el noble propósito de no estimular las desigualdades y mantener esa conquista con su carácter gratuito y universal».

Refiere la funcionaria, por último, que a raíz de la publicación del caso visitaron a la lectora.

La segunda carta la envían los trabajadores del laboratorio farmacéutico Mario Muñoz, de Hacendado 1, en La Habana Vieja, y está firmada por Guillermo Rodríguez, secretario general del Sindicato; Luis Rosabal, secretario del núcleo del Partido; y Víctor Barreto, administrador del centro.

Los firmantes señalan que la planta de gas manufacturado del Paso Superior, que colinda con ese laboratorio, ha derramado combustible en varias ocasiones, y la última fue el pasado 20 de octubre, una verdadera «lluvia negra» sobre esa unidad.

Significan que el laboratorio está en fase de reparación e inversión, y ese derrame ha manchado ventanales nuevos, paredes, equipos parqueados y la ropa del personal que labora allí.

Todo ello se ha discutido con ese centro y con la empresa del Gas, pero continúan las lluvias ocasionales, que, dicho sea de paso, es un contrasentido en momentos en que se lucha por el ahorro de combustible.

Y el pasado 6 de octubre el santiaguero José Emilio Calvo, vecino de Santa Lucía 81, entre Santiago y Teniente Rey, refería desde esta columna que el transporte público de esa urbe suma algunas arbitrariedades. Para ejemplificarlo, citaba que las guaguas tienen torniquete, antes del cual hay unos tres asientos que son «para empleados», pero terminan quedándose vacíos si ningún trabajador del sector aborda los ómnibus y sin que importase si los pasajeros iban apiñados en el pasillo. Este redactor se preguntaba si esa era una orientación institucional.

A propósito responde Vladimir Alarcón Mena, director de la Empresa Provincial de Transporte de Santiago de Cuba, quien explica que los torniquetes miden «la liquidación del importe que hace la tripulación por el servicio prestado de los asientos que están detrás de ellos».

Al hacer alusión a los dos o en algunos casos tres asientos que están delante del torniquete —y que están exentos de pago—, añade el funcionario que «uno corresponde al conductor del ómnibus y los otros a empleados; pero además viajan los compañeros de la PNR, por estos motivos somos de la opinión que es muy difícil que nuestros ómnibus viajen con ellos vacíos».

Agradezco a la Empresa su interés en responder el planteamiento original, pero creo que pudo precisarse si los pasajeros pueden sentarse en estos asientos cuando están vacíos. En estos casos, la entrega de un comprobante puede dar fe que se cumplió el deber de pagar el pasaje.

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