Elevándose hasta perderse…

Ya ha hecho muchos reclamos infructuosos Pedro Gularte Casero, especialista de equipos electrodomésticos de la Empresa de Comercio, Gastronomía y Servicios en Santiago de Cuba, y residente en el edificio 90 A, apartamento 3, Micro 3, en el reparto Abel Santamaría de esa ciudad. La cuestión es que en septiembre de 2006, esa entidad recibió, procedente de DIVEP Santiago, un lote de piezas de repuesto para los módulos de cocina entregados a cada familia en medio de la Revolución Energética. «A estas alturas, esas piezas lamentablemente no se han podido poner a disposición de la población, debido a que todavía no les han fijado precios». Pedro lo ha alertado en varias reuniones de trabajo con altos directivos del SIME y Comercio Interior, los cuales han planteado que se elevará el asunto a las instancias superiores. ¿Se habrá elevado tanto que se extravió como Matías Pérez? ¿Cuántas familias estarán necesitadas de esas piezas para sus cocinas? Se dice y no se cree...

Persistirá esta columna con sus reclamos por reivindicar el vestir y el calzar de quienes portan tallas extra. Juan R. Castro me escribe desde Oscar Primelles 140, en la ciudad camagüeyana de Nuevitas, y cuenta que pesa 300 libras y apenas puede vestirse. En el comercio minorista no hay, para los supergordos, tallas de calzoncillos, camisas, pantalones, ropa de trabajo y otras piezas. Asegura que antes de 1990 estaban aquellas tiendas especiales, donde les tomaban las medidas, y les mandaban a confeccionar sus ropas y calzado, pero todo eso desapareció. ¿Habrá que situar, entre los funcionarios que planifican lo que se vende a la población, a personas muy obesas o muy delgadas, de inmensa estatura o grandes pies?, pregunta Juan. Y finalmente envía un mensaje al Ministerio de Comercio Interior: Ojalá que el venidero 2008 sea un año talla extra en todo, incluido el vestido y el calzado de los desproporcionados...

Enrique de la Torre me escribe desde Céspedes 8, en la localidad holguinera de Mayarí, para aclarar que, como jubilado, jamás se ha sentido «un eclipse de persona», como se señalaba en esta columna. Él se «retiró» en la Empresa Municipal de Comercio de ese territorio, y dicha entidad nunca lo ha olvidado. Invita a sus jubilados y los hace partícipes de conmemoraciones y festejos, y los estimula moral y materialmente. Y más: actualmente, junto a otros profesionales de la economía holguineros, aporta sus conocimientos contratado en la Consultoría CANEC de ese territorio, para contribuir al perfeccionamiento de la contabilidad y el control interno, de lo que tanto se requiere hoy.

Pero Ramón J. Blanco cuenta una historia muy diferente, desde Ciudad Pesquera número 79, en la localidad villaclareña de Caibarién. Él laboró durante 42 años en la Pesca, y ahí dejó su vida prácticamente. En agosto de 1991 se jubiló, y todo iba bien en casa, pero en enero de 2005 falleció su esposa y se quedó solo en la vida. Lo autorizaron, junto a otros jubilados, a almorzar en el comedor de su antiguo centro laboral. Y un buen día, de manera repentina y sin delicadeza, les dijeron a los veteranos que ya no podían ir más a almorzar. Sin una explicación del porqué. Del grupo, dos han fallecido, otros dos tienen la salud resentida y están muy solos, y del quinto perdió el rastro. Pero Ramón está muy lúcido y con mucha entereza para aclarar que de ninguna manera busca que lo reintegren, pues nunca volverá por allí, «por vergüenza y dignidad». Vale, Ramón; así se habla...

Pablo Rafael Alfonso me escribe desde calle 54 número 6512, en la localidad habanera de San José de las Lajas: en su cuadra hay varias casas vertiendo directamente hacia la calle aguas residuales de fosas y de cochiqueras. Cuando sus propietarios limpian estas últimas, vierten las inmundicias directamente por tuberías instaladas. Él personalmente ha hablado con los responsables de tal desastre, pero no le hacen caso. Lo ha planteado a los inspectores, a la delegada y a la presidenta del Consejo Popular, y todo sigue igual. Ha escrito a Higiene y Epidemiología y al Gobierno municipal, y sigue esperando. A la suciedad y el mal olor de esas aguas, se unen el hedor y la costra de la indiferencia total...

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