¿Quién dará la cara?

Las chapucerías en la construcción las paga toda la sociedad con una larga cuota de problemas y sufrimientos. Pero tienen sus causas en la imprevisión o irresponsabilidad de quienes proyectan y dirigen esas obras, y de los inversionistas que no controlan lo que luego tendrán que pagar... sus entidades. Porque si tuvieran que desembolsar de sus bolsillos, otro gallo cantaría.

Uno no puede permanecer impasible ante historias como la relatada aquí el pasado 19 de febrero por Aimée Acosta, desde el poblado de Rancho Veloz, en Villa Clara:

El 28 de septiembre de 2006 fue reinaugurado el policlínico de esa localidad, para alegría de los pobladores. No solo mejoró la edificación, sino que la dotaron de equipos muy modernos. Con todo ello, su personal brinda un servicio de alta calidad y esmerada atención.

Pero, meses después de la reinauguración, la fosa del policlínico comenzó a verter hacia la calle. Tal irregularidad fue tramitada con Salud Pública y el Gobierno municipal, pero la situación permanece igual o peor, porque ya las aguas albañales se están estancando sobre la acometida de agua potable.

Los vecinos averiguaron, y les dijeron que todo fue por un error constructivo en la fosa: la hicieron más pequeña de lo que requería el policlínico. «¿Continuará en el aire lo mal hecho por miedo a poner la culpa sobre los hombros del culpable?», cuestionaba entonces Aimée.

Ahora responde el ingeniero Julio F. Rivero Calderón, director de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Villa Clara, quien precisa que tal situación de vertimiento se presenta porque en el momento de la inversión y construcción de dicho policlínico, no se tuvo en cuenta la necesidad de un sistema de tratamiento de residuales que respondiera a la envergadura de los servicios que se prestan en él.

Aclara Rivero que esa entidad le brinda al policlínico el servicio de limpieza de la fosa tres veces a la semana, pero ello no satisface. «El problema constructivo de esta fosa se ha convertido en un problema interno de nuestra empresa. Lo único que está en nuestras manos es evacuar esos residuales en más ocasiones de lo planificado. Una fosa bien proyectada y construida se debe evacuar dos veces al año».

El cuestionamiento de Aimée sigue en pie. Acueducto y Alcantarillado aclaró su parte, pero los responsables de esa fosa mal concebida continúan sin dar el rostro aquí.

La segunda carta es también una respuesta, en este caso de Virginia Marlén García, directora de Gestión y Trámite del Banco Metropolitano, a propósito de la sensible demanda de Jorge Luis Rodríguez, reflejada aquí el pasado 30 de enero.

Jorge Luis, jubilado y vecino del barrio habanero de Atarés, manifestaba entonces que, como tal, ha solicitado varias veces en el Banco Metropolitano (BM) las bondades del cajero automático para cobrar su pensión. Pero se las denegaban, aduciendo que no había capacidad disponible.

El veterano cobra por chequera en la agencia 3052 del BM, en Infanta y Manglar. El problema es que es sordo, y el día de pago, cuando los jubilados se precipitan en el Banco para hacer la cola y recibir sus pesos, él tiene problemas en la misma. No oye cuando preguntan el último, y eso le trae serios problemas.

«Ayúdeme, por favor», suplicaba Jorge Luis.

Ahora responde Virginia Marlén que realizaron las investigaciones correspondientes, y pudieron conocer que el jubilado fue visitado por una gestora integral de la Seguridad Social. Se hicieron las gestiones para facilitar los trámites, y ya en breve Jorge Luis podrá cobrar con la tarjeta magnética en el cajero automático.

Y Jorge Luis, haciendo honor a los buenos sentimientos, volvió a escribirme para manifestar su asombro por la rápida repercusión que tuvo su demanda, la cantidad de funcionarios de Seguridad Social que se preocuparon por él, y la ágil rectificación del Banco Metropolitano. Él les está muy agradecido, y eso es el mayor premio para un funcionario sensible, que no discrimina un asunto, por pequeño que pueda parecer.

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