Producir, pero atender al productor

Con tantos años de Escuela al Campo, es imperdonable que subsistan problemas con los campamentos y la atención a esos estudiantes que asumen labores agrícolas, como los que reflejé el pasado 12 de febrero: Andrés Chaviano, en nombre de otros padres, criticaba el estado del campamento Arroyo Bermejo, en Jibacoa, municipio villaclareño de Manicaragua, donde se albergan en la Escuela al Campo estudiantes del Instituto Politécnico Raúl Suárez, de Santa Clara, para apoyar labores cafetaleras.

Calificaba de pésimas las condiciones materiales e higiénicas del mismo: techos sin seguridad; literas y colchones deteriorados, y la iluminación eléctrica y el aseguramiento alimenticio insuficientes... Consideraba alarmante que la situación se reitere año tras año. Y alertaba a la Agricultura, beneficiaria del trabajo de esos jóvenes, a crear las condiciones indispensables.

Ahora responden Rolando Rodríguez y Enel Espinosa, director de Educación y delegado de la Agricultura en la provincia, respectivamente. A raíz de lo publicado se analizó en los respectivos consejos de dirección y visitó el campamento una comisión integrada por representantes de los ministerios de la Agricultura y Educación (MINED) y la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media. El director de Estudio-Trabajo del MINED se personó allí, y se entrevistaron con el denunciante. Se evaluó el caso en el Estado Mayor Provincial de Estudio-Trabajo con las empresas participantes.

Reconocen que el campamento no tenía todas las condiciones para recibir a estudiantes. Y argumentan que «solo la necesidad de la producción en ese lugar, en el momento en que se produjo la movilización, condujo a que se llevara a efecto ese movimiento». Señalan que Arroyo Bermejo lleva muchos años de explotación, sin reparación total. El techo es de zinc y en tres ocasiones ha sido averiado por fenómenos meteorológicos.

Enumeran las acciones realizadas, las cuales, en opinión de este redactor, son insuficientes ante la dimensión del asunto. Aclaran que no pretenden justificar nada y —lo más importante— aseguran que para la próxima cosecha se ha previsto un plan de mantenimiento y reparación de los 14 campamentos en la zona. Arroyo Bermejo se reparará totalmente, y una comisión del Estado Mayor Provincial de Estudio-Trabajo hará una visita de control en agosto a los 14 campamentos.

Esperamos que si se controla con mayor rigor el asunto, no haya que lamentar casos como el narrado por Chaviano, el cual, según él, no se remite a la última cosecha sino que ha sido una constante acumulada.

La tan importante «necesidad de la producción» no puede primar sin una atención esmerada a esa fuerza humana decisiva que son los estudiantes. Lo otro es improvisación insensible.

Guayabas que se perdieron

María Elena Corona escribe desde Finca Revacadero, Pueblo Nuevo, municipio villaclareño de Cifuentes. Lo que denuncia está a ojos vista y huele a fruta podrida: cosecheros de guayaba de su zona le solicitaron que lo transmitiera, a ver si alguien repara en lo que sucede con su cosecha de guayaba.

Ella conoce de primera mano el sacrificio con que Eduardo Caballero, Lázaro Mesa, Manuel Hernández y Orestes Martín, entre otros cosecheros, mantienen sus plantaciones. Y, sin embargo, no tienen mercado para sus guayabas. Solo Acopio está autorizado a comprarles, pero esa entidad apenas acepta una pequeña parte, con muchas trabas. También sucede con la col: una vez mandadas a recoger, supervisadas por el comprador y llevadas al centro de recepción, no las aceptan. Entonces las vacas se dan el banquete.

En cuanto a la guayaba, son los cerdos quienes están zampándoselas. «Lo estoy viendo a diario cerca del lugar donde resido —advierte—. Veo las pilas de guayabas poniéndose negras, y nadie las recoge. Las que no consumen los cerdos de los vecinos, quedan para abonar el terreno».

Antes, refiere, ellos vendían su producción en las ferias dominicales. «Pero esto se prohibió en el municipio, y nadie explica porqué. Considerando que lograr mayor producción es fundamental para que bajen los precios, es necesario que esta situación cambie. Así, en caso de que no sean consumidas todas en el municipio, se facilitaría el envío a otros territorios. Y si Acopio no está en condiciones de recibir toda la oferta, que se busquen alternativas, para que el producto no se siga perdiendo».

Quizá sin intentarlo, María Elena retrata uno de los problemas más serios de la agricultura; esas prohibiciones, que solo hacen germinar distorsiones, cuando tanta esperanza necesitamos cosechar.

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