¿Dónde está su televisor?

Después de haber laborado años en las escogidas de tabaco rubio, Sarah Corrales, allá en Las Martinas, municipio pinareño de Sandino, espera aún, con sus 68 años, por un televisor que le deben como parte de la Revolución Energética. Recuerda la señora que el 28 de diciembre de 2005 visitaron su casa la trabajadora social y las presidentas del Consejo Popular y el CDR. Probaron su viejo televisor Krim 218, que se veía muy bien, aún se ve. Le llenaron los papeles hasta con un comprobante de pago, número 141282. Le dieron instrucciones y le dijeron: ahora le traemos el nuevo y nos llevamos el viejo. Desde entonces, Sarah espera. En agosto de 2007, después de infructuosas gestiones, ella decidió escribir al periódico provincial El Guerrillero. Pero todo permanece igual. «Hay quien dice que mi televisor fue resultado de un cambalache de última hora», refiere Sarah, y acto seguido afirma que ella no tiene elementos para creerlo. Lo cierto es que sigue esperando, confiada, en que algún día podrá ver su televisor nuevo, allá en Las Martinas.

Algo huele mal: Flavia Damaris Aguilar (calle 13 número 112, entre 14 y 16, reparto Siboney, Bayamo, Granma) sospecha que se ha cometido una injusticia y una violación laboral con ella. Ella es trabajadora del hotel Sierra Maestra, de esa ciudad, y fundadora. Es la fregadora más vieja del mismo, y ha sido siempre una empleada eficiente y cumplidora, destacada. Con mucho prestigio en el colectivo. Hace poco más de tres meses, la enviaron a laborar en una fábrica de helados. Le dijeron que era por un tiempo, y ella asintió, pues también le argumentaron que era una afectación colectiva. El hotel le sigue pagando, aunque no el estímulo en divisa; y, asombrosamente, su jefe le dice que ella no tiene derecho a disfrutar de vacaciones ni a acumularlas. Flavia no entiende nada. «Nadie me sabe explicar, solo respuestas esquivas y no veo nada claro», manifiesta la atribulada mujer. Algo huele mal...

Pagado y no llegó: Ahora que cobran auge los celulares, vale como alerta la historia de un cliente de Cubacel, Roig Calzadilla (Ramón Quintana 1, entre Avenida Libertadores y Eugenio González, reparto La Aduana, Holguín). El pasado 21 de junio, Día de los Padres, envió un mensaje de felicitación a su papá, y el mismo nunca llegó a su destino; como tampoco llegó el enviado a él por su padre. Y Roig sabe de otras personas a las cuales les sucedió lo mismo; pero el saldo de los celulares sí fue descontado. Roig llamó a los pocos días al servicio de Atención al Cliente de Cubacel, y le dijeron que había ocurrido una congestión en la línea ese día por el cúmulo de llamadas. Debía esperar 72 horas. Ya vencido el plazo, todavía no habían llegado los mensajes cuando me escribió. Llamó de nuevo a Atención al Cliente, y esta vez la respuesta fue más radical: que no siguiera esperando, porque los mensajes ya no llegarían. «Entiendo que un día especial se puedan congestionar las líneas, y que los mensajes puedan tardar días en llegar, refiere; lo que no puedo entender es que un servicio que se pague en CUC, me cobre por un mensaje que no llega a su destino. Esta no puede ser la respuesta que debe dar esa empresa, por respeto a los clientes».

Por un modelo: Los papeles deben facilitar, no entorpecer. Elsa García (Aguacate 162, La Habana Vieja) cuenta que el pasado 11 de junio a su mamá —de 79 años y diabética— le renovaron en el policlínico Reina, de Centro Habana, la dieta médica. Ese mismo día no le aceptaron la historia clínica en el consultorio, perteneciente al policlínico Ángel Aballí, porque era día de Pediatría. Al siguiente tampoco, porque el médico se había marchado después de una guardia. Volvió el lunes 15 y la entregó. El médico le dijo que volviera a la semana. Lo hizo el jueves 25, pero la historia clínica no apareció entre las firmadas. Fue con la enfermera al policlínico y no estaba. Volvió al consultorio, y apareció entre un grupo pendiente. ¿Cómo era posible? Le dijeron que no tenían los modelos. Retornó el 30 de junio y todavía no los tenían. Volvió al policlínico, y le dijeron que llevaban días en gestiones por lo del dichoso modelo, y al fin les autorizaron usar fotocopias del mismo. Le dieron una, para que la llevara al consultorio, se la llenaran y la llevaran, pues era «día de firmas». Pero el doctor no quiso ir porque eran casi las 12 y él tenía que almorzar. Que volviera por la tarde, él lo llevaría. La directora del policlínico lo firmó; pero Elsa tuvo que dejar la gestión para el otro día, 1ro. de julio. Y en la OFICODA supo que la leche de junio se había perdido.

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