Encargado de negocios al frente de la Embajada de Estados Unidos en Cuba. Autor: Adán Iglesias Publicado: 29/11/2025 | 07:33 pm
El Mike Hammer que conocí en mis años adolescentes era el detective privado, personaje de ficción protagonista de los libros de Mickey Spillane —seudónimo del novelista estadounidense Frank Morrison Spillane—, y de toda una serie de películas del cine negro de Hollywood.
De buena figura, fuerte físicamente, inteligente, siempre detrás, y con éxito, con las mujeres de cada una de sus aventuras. Tipo duro, brutal, pendenciero, que actuaba regularmente en ambientes oscuros de bares o en calles sórdidas de los barrios bajos de Nueva York, donde sacaba a tiempo de su funda de sobaquera a «Betsy», una Colt 45 semiautómatica, siempre con efectividad mortal, o aturdiendo al contrincante a golpes contundentes de sus puños, y andaba en un auto de aspecto ruinoso, pero que enmascaraba un motor de limusina o propio de un coche de carreras.
Pero hace un año supe de otro Mike Hammer, nada esbelto por cierto, que camina a pleno sol por mi hermosa Cuba con aires de fiscalizador injerencista, tratando de aturdir con mentiras y tergiversaciones a la gente de mi pueblo, sin que nadie le toque un pelo, ni se enfrente a riesgo alguno.
Este otro Hammer —martillo es el significado de esa palabra que lleva como apellido el encargado de negocios al frente de la Embajada de Estados Unidos en Cuba— golpea una y otra vez diciendo que «defiende» los derechos humanos y la dignidad de «los cubanos de a pie», ignorando que los tenemos conquistados desde enero de 1959 —aunque desde esa fecha el norte «revuelto y brutal que nos desprecia» cercena un derecho fundamental, vivir en paz a nuestra decisión y manera. Por ello nos asfixia con un cada vez más riguroso muro de contención al desarrollo económico, al libre comercio, a las relaciones financieras normales con cualquiera, persona, empresa o país: el bloqueo.
En su martilleo constante este Hammer habla también de darnos libertad de religión cuando bien pudiera aprender de nuestra pluralidad y sincretismo, pues aquí veneramos a nuestra Cachita y le pedimos su amparo mambí en un templo católico, llevándole girasoles y vestidos de amarillo porque la sabemos Ochún y de todos los cubanos, como estamos representados en nuestro Parlamento, y legislan en igualdad y para todos, creyentes de diversas religiones y filosofías, agnósticos y ateos.
Pero es la perorata que deben aguantar y que aplauden quienes no son tan de «a pie», y el susodicho visita o recibe en el edificio del Malecón habanero: opositores y disidentes. A decir verdad mercenarios, pues reciben paga de su Gobierno, ya sea a través de la tapadera que fueron la Usaid y la NED o directamente del Departamento de Estado, especímenes asalariados al servicio de una nación extranjera y por demás declarada enemiga. ¿Acaso en esas juntaderas rinden cuenta de su actuación desestabilizadora y reciben nuevas tareas?
En ese collar de encuentros, hizo una invitación especial para el 11 de julio, donde los subordinados en cuestión podrían escuchar desde su residencia en La Habana los mensajes de estímulo a la realización de acciones contra el Gobierno cubano hechas por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario adjunto Christopher Landau.
Todos y cada uno de tales encuentros han sido proclamados en Facebook u otros perfiles en redes de la Embajada con el mismo destaque dado en el post del pasado 18 de septiembre: «Nuestro Jefe de Misión Mike Hammer se reunió con el comandante del U.S. Southern Command (SOUTHCOM), el almirante Alvin Holsey, para hablar sobre la situación actual en Cuba, así como los esfuerzos del Comando Sur en contra de los narcoterroristas y para proteger la patria». ¿Qué se cocinó y coordinó en esa tertulia? Incógnita que sorpresivamente fue acompañada, poco más de un mes después, con el anuncio de que el encargado de las operaciones militares que cercan a Venezuela se retira del servicio activo en diciembre próximo.
Pero tenazmente «nuestro Jefe de Misión Mike Hammer», sigue en funciones como uno de los protagonistas principales de la agresión comunicacional —porque se nos hace una guerra multiforme, no le quepan dudas—, pues él cree a pie y juntillas que puede cumplir su objetivo de levantar a los cubanos contra su Gobierno y sistema o, cuando menos, lograr romper las menguadas relaciones diplomáticas y preparar el camino para empeños mayores y más peligrosos, donde CIA y Pentágono tomen parte, aunque uno y otro conocen de fracasos en esta tierra.
Supongo que 35 años de servicio en el Departamento de Estado le sirven de experiencia a este otro Mike Hammer para esas misiones, preparado como está para cualquiera de ellas desde su paso por la Escuela Edmund A. Walsh de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown, de la que es licenciado, con las maestrías en la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia de la elitista Universidad Tufts y el Colegio Nacional de Guerra en la Universidad Nacional de Defensa de los Estados Unidos.
Por si no lo sabían —y esto no es de novelita policiaca o de espionaje, pero sí vox populi reconocida— la Escuela Walsh de Servicio Exterior (SFS) de la Universidad de Georgetown, está considerada la columna vertebral de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Departamento de Defensa, el Departamento de Estado y otros órganos de seguridad nacional de Estados Unidos, y allí prepara y recluta a no pocos de sus agentes. En la Escuela Fletcher probablemente se hizo maestro en la diplomacia pública, la que se define como el conjunto de acciones de comunicación estratégica y de relación, promovidas por un Estado con los públicos de otros países para influir en ellos y generar un entorno favorable a los intereses de ese Estado. La carrera diplomática de Hammer ha estado centrada en buena parte en esas relaciones.
Así por ahí anda el señor… con «carita de yo no fui» y la candorosa explicación para buscar, hurgar e intentar la subversión y otros males desde una descarada, irrespetuosa y hostil incitación e injerencia: «Salgo a reunirme con el pueblo como hacía en otros países. No hay nada en la Convención de Viena que lo impida», y desde ello intenta su provocador, manipulado y cínico argumento: «La Revolución ha fracasado. No hay electricidad, escasez de combustible, alimentos y medicamentos. Y esto no tiene nada que ver con ninguna política de Estados Unidos». Como si alguien pudiera de buena fe creer que el bloqueo está pintado en la pared y no lleva como objetivo fomentar el descontento, el hambre y la desesperación, según lo proclamado por Lester Mallory en el Memorando de 1960, que sabemos casi de memoria porque lacera en carne propia.
Sin embargo, aquí estamos, adoloridos por una vida que usted nos dificulta y su actual jefatura, el Rubio y el Trump, endurecen más aún desde su apócrifa lista del terrorismo. Pero no lo dude, estamos hechos de resistencia creativa y dispuestos a seguir luchando y avanzando. Celebre su año, siga dándose bombo y platillo en las redes como lo hizo el 14 de noviembre: «Hoy hace un año que llegué a Cuba y he visitado casi todas las provincias. Me ha impresionado el amor y la cercanía hacia “la Yuma” que la gran mayoría ha expresado», escribió. Aunque cuídese del calambre y la calambrina si sigue durmiendo de ese lado, como lo han hecho 13 de sus presidentes y siga sumando.
Ah, y permita que sus conciudadanos puedan hacer turismo en Cuba, ellos también quieren caminar por La Habana Vieja, cruzar la bahía en la lanchita de Regla, ir a Varadero, o visitar a nuestra virgencita en el Cobre para ver el Premio Nobel de Ernest Hemingway. Eso sí, sin hollar como usted, nuestro suelo y soberanía con sus malas prácticas diplomáticas, su desafío proselitista, falta de ética e indignidad personal.
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