El cáncer del burocratismo

Desde Calle 20 número 515, en Caibarién, provincia de Villa Clara, me escribe Ángel R. Vara, para solicitarme que reflexione acerca de las graves secuelas del burocratismo, ese fulano que anda siempre pisándonos los talones.

Ángel me envía sus pensamientos. Y bajo el pretexto de que él posee «limitada capacidad y un bajo nivel de escolaridad», me conmina a que medite, cuando realmente sus ideas son profundas. Y su carta, por cierto, está escrita con mucha propiedad, ni una sola falta de ortografía y cada acento en el sitio exacto. Autodidacta será entonces el amigo, porque rezuma elocuencia. Me limitaré entonces a glosar sus formulaciones.

Lo primero que resalta es su definición del burocratismo: «Un cáncer económico capaz no solo de afectar a una empresa, sino de poner en peligro la estabilidad de una nación si llega a generalizarse». Pero él ve otras ramificaciones muy peligrosas cuando lo califica como una tumoración que corroe la disciplina y el orden.

En tanto estilo deformado de dirección, Ángel lo percibe como práctica totalmente divorciada de la realidad. Culto al «administrativismo» por el «administrativismo», sin un sentido práctico. Ostentación de poder. Claro, amigo, el burócrata se siente centro y acreedor de todas las tribulaciones ajenas. Por lo general solo dispone, y no escucha. Mientras más obstaculice y complique los procesos, más importante se siente (Ya me colé en el debate).

Para Ángel, el burócrata consumado necesita rodearse de mucha gente para mandarla. Más de la necesaria. No importa si la plantilla está inflada y tiene diez trabajadores donde solo hacen falta cinco. A sus órdenes todos, aunque vaguen por los pasillos, pierdan el tiempo y eleven los costos de la producción o los servicios. Y los costos de la nación también. Mientras tanto, indisciplina y descontrol.

«Es un jefe al que le sobra el tiempo, y por ello, dedica parte del que le es remunerado a resolver asuntos que nada tienen que ver con su responsabilidad».

Ángel considera que el país está obligado a transformar malsanos hábitos, que ya no dan más: «Los centros laborales no deben tener más trabajadores de los que realmente necesitan. Y esa misma fórmula debe aplicarse con los dirigentes y funcionarios. Tanto el trabajador común como el dirigente deben tener las tareas suficientes que abarquen el tiempo de la jornada, sin caer tampoco en extremismos».

El lector tiene un especial olfato para identificar como burócratas, mediante Acuse de Recibo, a esos funcionarios incomprensivos del rol democrático de esta sección: «Al sentirse aludidos no adoptan una posición razonable y hasta agradecida, pues este espacio les permite conocer sus errores (ya debieran conocerlos, amigo Ángel) y tomar las medidas requeridas».

Para él, el burocratismo es tan perjudicial, que «es capaz de penetrar en la psiquis del que lo instaura, creándole la falsa idea de que es una persona superior a quienes se encuentran bajo su dirección unipersonal».

Y finalmente, Ángel piensa que la única medicina para esta enfermedad denominada burocratismo es erradicarla de raíz.

Comparto sus criterios. Siempre me asombra la sencillez y humildad de las personas inteligentes y virtuosas que abundan en nuestro pueblo. Las cátedras de la vida y del trabajo son muy elevadas. Son doctorados intuitivos de la realidad.

Claro que hay que arrancar de raíz el burocratismo como una vieja plaga que nos infecta. Más, para ello, hay que abonar el terreno y sembrar su antídoto. Cuba tiene que potenciar el trabajo creador como una necesidad y un placer, una distinción; no como un mal necesario, a regañadientes.

El trabajo tiene que seducir y elevar en oportunidades y bienestar al que se consagra a él. Tiene que volver a ser el rasero para vivir mejor. Tiene que levantar la bandera de la Ley de Distribución Socialista (De cada cual… A cada cual…). Ser un «desinfectante» social.

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