Rachel cumplió y espera...

Esta martiana columna «con todos y para el bien de todos», saluda efusivamente el que hoy, y por primera vez de una manera integral, el Parlamento cubano examine el comportamiento del sistema de atención a las quejas, solicitudes y sugerencias de la población en el país.

Piedra angular de la democracia socialista, la sistemática respuesta con palabras y hechos a los planteamientos ciudadanos es una obligación constitucional de instituciones y organismos estatales, sumamente saneadora en lo político, en medio de las complejidades actuales y del indeclinable desafío que tiene el socialismo cubano de gobernar con todos y consensuadamente.

En esos debates pudiera verse reflejada Rachel Domínguez, una cubana que sufre por algo que no provocó, allá en Francisco Vega No.65, entre Hermanos Acosta y R. Mora, reparto La Loma, en la ciudad de Las Tunas.

Relata ella que el 9 de julio de 2009 una irregularidad en el voltaje eléctrico afectó a varias familias de su barrio, entre ellas la suya, que sufrió la avería de una lámpara recargable, tres lámparas de luz fría y un radio.

Rachel lo reportó a la Empresa Eléctrica, y la visitaron de inmediato, comprobando las afectaciones. Al siguiente día, como le orientaron quienes la visitaron, Rachel entregó su carta de reclamación con la firma adjunta del delegado del Poder Popular en su circunscripción.

Dos meses después, y sin noticia alguna, Rachel vino a enterarse en sus gestiones que el papel se había extraviado. Mas después apareció. Y la visitó un representante de la Empresa Eléctrica quien le informó que la reposición de lo dañado demoraba un año, más o menos.

Pero el 17 de febrero de 2010 la visitó una inspectora de la Empresa Eléctrica para comunicarle que su queja no procedía, pues el personal del carro de guardia que la visitó a raíz del accidente no confeccionó el reporte que debía haber entregado.

«Yo cumplí con lo establecido; la empresa fue la que no trabajó como debía. Ahora es ella quien debe dar alguna solución», sentencia Rachel. Y a su reclamo añadiría que esa insensible evasiva, sin siquiera una disculpa, no puede ser la respuesta de una entidad estatal socialista en la Cuba de 2010.

NO era cierto

El pasado 15 de julio reflejé aquí la denuncia de Emelina Isaac (Monte 405, entre Ángeles y Callejón del Suspiro, La Habana Vieja), acerca de lo que ella consideraba, además de una molestia al pie de su cuarto, un derroche de energía eléctrica en momentos tan difíciles para el país.

En síntesis, Emelina señalaba que el taller de montaje artístico del Fondo Cubano de Bienes Culturales, que radica en los bajos de su casa, tiene sus consolas de aire acondicionado encendidas las 24 horas, con el calor y el ruido que se le empozan en su propia habitación.

Al respecto responde Guillermo Solenzal, director del Fondo de Bienes Culturales (FCBC), que «lo planteado por la compañera no es cierto». Y precisa que la instalación del sistema climatizado con que se inauguró ese taller, en el 2001, respondía a la necesidad de protección de las obras de artes plásticas originales, en diferentes soportes, así como materiales y materias primas.

Pero hoy la situación es otra. Ante el llamado del ahorro energético, se adecuó ese sistema. En el 2007 se retiraron del funcionamiento dos consolas, y a inicios de 2010 se eliminó totalmente ese servicio y se instalaron ventiladores. Por ello, han desplazado algunas actividades hacia otros espacios del FCBC.

Y argumenta: entre 2003 y 2004 el promedio de gasto mensual del taller decreció de 5 500 a 2 000 kW. Del 2008 al cierre de junio de 2010 disminuyó de 1 400 a 750 kW, el actual promedio. Esos resultados, agrega, responden al sistema de control energético implantado en esa entidad, con cifras de consumo planificadas y verificadas con reportes diarios. Las comisiones facultadas por el Gobierno municipal han comprobado ese decrecimiento positivo y han reconocido las medidas adoptadas, concluye Guillermo.

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