Humano: hermano

«Hay golpes en la vida, tan fuertes», Vallejo, que «yo no sé» cómo se enfrentarían si no fuera por lo grande de la propia vida. La gente, siempre la gente, pone allá donde las cumbres lo que nos hace humanos, es decir, hermanos.

Y discúlpeme el lector si comienzo hoy distinto y no vengo con alguna queja, pero es que no existe nada más admirable que la generosidad de los otros.

No había tal vez terminado de circular el Juventud Rebelde del pasado 18 de agosto, cuando el capitalino Jorge Castellanos Milán (calle D, No. 509 Apto 22, entre 21 y 23, Vedado, Plaza de la Revolución) se convirtió en un amplificador pensante del contenido de aquel día.

Lo tomó y comenzó a escribir cartas, a hacer copias del dolor ajeno, para que la voz llegara aún más lejos de lo que podían lanzarla los 200 000 ejemplares del diario. E hizo bien, porque allí donde no alcanza el periodismo impreso, o acaso la radio, la televisión, Internet, puede estremecer la palabra de un hombre.

Contaba el Acuse del 18 sobre el niño espirituano José Luis González Pérez, quien sufre desde el 2007, antes de cumplir los ocho años, un Linfoma no Hodgkin.

El pequeño, que vive con su familia en la finca Leonidez s/n, Mayajigua, en el municipio de Yaguajay —según contaba José González Saavedra, su padre— requiere cuanto antes estar en un ambiente de estricta higiene. Y aunque la familia había comenzado la construcción del hogar por esfuerzo propio, desde el 2004, ahora se decidía a pedir apoyo.

Los dirigentes de base del Poder Popular, los trabajadores sociales y otros representantes de entidades, conmovidos con el caso, habían elevado la necesidad de recursos y comenzado gestiones al respecto; pero al parecer el impulso decisivo para esta familia no llegaba.

Pues bien, Jorge Castellanos leyó la historia y la asumió con tal sensibilidad que enseguida prestó un hombro de cercanía en la enorme distancia a los padres de José Luis. Redactó una misiva para ellos y otra para cuantas autoridades pudieran cooperar.

«Lo único que por lo menos está a mi alcance hacer, es enviar esta carta que hice y que ahora voy a echar en el correo; ese es el único apoyo, desgraciadamente, que puedo brindarle», le dijo al papá del Yayabo.

«Le ruego si le es posible me tenga al tanto si se resuelve algo o no y sobre el estado de salud de su hijo, y cualquier cosa... en lo que pueda ayudarlo, hágamelo saber, no sé, gestionarle algún medicamento, alguna ayuda económica, etc. No crea, no tengo grandes posibilidades económicas, yo diría que muy escasas, pero lo poquito que tenga, puede estar seguro de que será de gran satisfacción compartirlo»...

Como Jorge dejaba un teléfono debajo de sus letras, pude después escucharlo. Y él me dio la buena nueva de que ya los primeros materiales les llegaron a los papás de José Luis. Y se acelera el arribo de los que faltan. Ellos, desde su Mayajigua sin número, le retribuyeron en afectos miles los lazos de humanidad del capitalino y le aseguraron que confían en que más rápido de lo esperado el menor estará en un entorno totalmente limpio.

Ahora recuerdo la frase que un cibernauta identificado como Skylar colgó en la página web del periódico cuando vio la luz la historia: «Un niño sano lo merece todo, un niño enfermo lo merece más».

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