Maltratado por generoso

Aunque parezca mentira, no lo es. En mayo de 2006, Leonel Alejo (Edificio E, apto. 21, Cumanayagua, Cienfuegos) facilitó su apartamento para que albergara a jóvenes provenientes del exterior que estudiarían Medicina en esa región. Y lo hizo con el jefe del Plan de Estudio.

Con el apartamento, les dejó prestados cuatro sillones, tres sillas, un mueble para poner el televisor, un aparador, una cama con colchón de muelles y un juego de comedor con seis sillas. Y el jefe del Plan de Estudio citó a quien sería el responsable de la residencia estudiantil, quien había sido el administrador del policlínico de Cumanayagua por varios años. Este recibió de manos de Leonel las llaves de la casa, la cual serviría también de almacén de la beca.

Se firmó un contrato por tiempo indefinido con el jurídico de la Dirección Municipal de Salud, en el cual se hacía constar los deberes y derechos de ambas partes. Leonel no recibiría ni un céntimo, pero si los beneficiarios dañaban algo, constaba que debían repararlo.

El apartamento estuvo prestado hasta finales de 2009, cuando se mudaron los ocupantes hacia otra vivienda. En esos momentos Leonel acompañaba a su hija, que estaba ingresada en un hospital de la ciudad de Cienfuegos, y otros familiares recibieron la llave.

El pago a tanto desprendimiento fue que encontraron rotos tres sillones. El baño quedó hecho un desastre. Se averió la taza del inodoro, que era marrón. Y la «remendaron». Como al año o más, la sustituyeron por una de color blanco, aunque el tanque era marrón… pero al final también este se rompió.

El toallero quedó asimismo averiado, al igual que el dispositivo donde se cuelga el papel sanitario. La ducha terminó en muy mal estado. El cristal de la ventana del baño también estaba rajado, y le pusieron una precinta. La llave de paso desapareció. La meseta de la cocina tenía cuatro ventanitas, y también estaban rotas. El colchón que quedó en el cuarto donde tenían las mercancías, tenía un considerable hueco y nadie dijo nada…

Leonel se entrevistó el 12 de mayo pasado con el jefe de ese Plan de Estudio y le planteó todos esos contratiempos. Este le respondió que solo se hacía cargo del tanque del inodoro; lo demás debía resolverlo el responsable de la residencia estudiantil. Prometió hablar con este último, para que fuera al apartamento. Y transcurrido un mes, vio a Leonel en la calle y le preguntó si el de la residencia había ido por allá. Leonel le dijo que no.

Con razón, el afectado, que fue tan solidario, está bastante molesto por la displicencia con que se refleja tal carencia de gratitud y consecuencia. «No veo ninguna transparencia en esto —manifiesta—; y al parecer quieren que caiga en el saco roto del olvido».

Qué bochorno. Da vergüenza ajena.

El círculo de las gratitudes

Con los días del nuevo curso escolar, la maestra Maité y la auxiliar pedagógica Hortensia, de la escuela primaria José de la Luz y Caballero, en la localidad matancera de Colón, están sorprendidas con los conocimientos, hábitos y habilidades que traen sus alumnos de preescolar.

Y la clave la domina Bárbara Riol, quien me escribe desde Luz Caballero 1-G, entre Concha y Carlos Rojas, en esa ciudad, para contarme que la mayoría de esos niños se educaron antes en el cercano círculo infantil Félix Ortega, a su juicio uno de los mejores del país.

En nombre de las madres de los pequeños, Bárbara no argumenta la última afirmación porque aquel círculo tenga ni mucho menos condiciones materiales y equipamiento especiales; sino por otro componente que no puede medirse cuantitativamente: el colectivo excepcional que allí labora.

Bárbara afirma que están muy agradecidas con aquellas «seños» que están detrás de tantos adelantos en los niños: Nancy, María Rosa, Yuso y María… y las dos enfermeras que comparten el nombre de Liset. Pero la magia mayor, la responsable máxima de esa carga valiosa allí en el preescolar, es Sarita Mesa, la directora del círculo, secundada por Fela y Margarita. «Gracias en mi nombre, y en el de mi hija Yisney», dice la madre.

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