Mirador… de fealdades

Así como reflejé recientemente el elogio de un cubano a la cafetería Las Columnas, de Santiago de Cuba; hoy reseño la decepción y censura de otro compatriota acerca del centro gastronómico Mirador 30 de Noviembre, en la hermosa ciudad oriental.

Lázaro González (Calle E No. 262-A, entre Soto y 5ta., Reparto Rivas Fraga, Ciego de Ávila) visitó recientemente Santiago, donde cursara la carrera de Ingeniería Mecánica, en la Universidad de Oriente. Y un disgusto aguó tantos recuerdos y nostalgias.

El 19 de agosto, a las 12:35 p.m., llegó al Mirador, y fue recibido por una dependiente joven. No tenían carta menú, y la muchacha le dijo la oferta: pollo frito y bisté de cerdo. El cliente solicitó ver al administrador. Está enfermo, le respondió la empleada. Y la segunda administradora, depositando el efectivo. En la unidad no había un responsable que pudiera evacuar una inquietud o dar una respuesta… Lázaro pidió tres pollos fritos y dos maltas (no lo especifica, pero debió estar acompañado o no se quiere por la boca).

A la 1:30 p.m. preguntó a la dependienta cuándo llegarían los pollos. Demoran, le respondió.

En la mesa contigua, le cobraron 0,75 CUC por una malta a un comensal, cuando valía 0,60 CUC. El vecino fue a la caja, y no le devolvieron el dinero de la «multa» (¡…!).

A las 2:00 p.m., ya era mucho con demasiado… Lázaro llamó a la dependienta y le volvió a preguntar por los pollos. Le contestó que estaban en el horno. A las 2:30 p.m. se acabó, se acabó: le dijo a la empleada que se iba, que le cobrara las maltas consumidas. Y le entregó un billete de 10,00 CUC. Pero… la cajera no tenía vuelto. Dijo que era muy temprano y no tenía fondo…

Lázaro solicitó de nuevo la presencia de un responsable. «Y vino una supuesta jefa de salón, que se encontraba haciendo cuentos con otras cuatro dependientes más. En ese centro pude contar seis dependientes para 16 mesas, de ellas solo cuatro ocupadas. Con un pésimo servicio».

Lo más triste de todo, asegura, es que tuvo que marcharse sin consumir; «y con un disgusto, por lo mal que se atiende al público en una instalación nueva, que le dio posibilidad de trabajo a varios jóvenes que lo necesitaban, y no tratan de brindar un servicio decoroso».

Por demás, apunta que «lo interesante es que hay en plantilla dos jefes y ninguno estaba en la unidad; no se conocen los precios y el gramaje de cada plato por no existir carta. Eso deja mucho que pensar. ¿Cómo será el control económico de esa unidad?».

Esa historia me suena muy conocida durante años; solo cambian el sitio y los personajes. La diferencia es que ahora, la gastronomía estatal que siga en desbarranco morirá de muerte natural, ante la competencia del sector no estatal, el cual ya va mostrando sus cartas y credenciales.

Un estadio agoniza

Desde San José 97, Morón, Ciego de Ávila, describe Arquímedes Romo los avatares del histórico estadio de béisbol de esa ciudad, inaugurado en abril de 1958, gracias a un patronato y mediante recaudación popular.

El estadio, cuenta, fue novedad en su época: con placa volada, sostenida por tensores internos y sin vigas; con capacidad para 5 000 personas y visibilidad panorámica desde todos los ángulos de la gradería. Fue el primero con iluminación artificial en el interior de la Isla; con la primera pizarra eléctrica en Cuba. Es uno de los tres estadios que iniciaron la pelota revolucionaria; escenario de las primeras series regionales, provinciales y nacionales.

«Con 53 años, se deteriora. En todo ese tiempo no ha recibido la atención requerida, a no ser pintura, cercas perimetrales y pequeños detalles. La placa se filtra. El diamante, montado con los requerimientos internacionales, a prueba de lluvia, no se ha revisado en medio siglo y ya perdió el sistema de drenaje. La pizarra eléctrica voló con el huracán Kate, y a las ocho torres les retiraron los paneles de soporte de las luminarias, que ya eran un peligro por los constantes desprendimientos».

Como cubano, Romo comprende las prioridades económicas del país, pero se siente en el deber de alertar sobre la necesidad de emprender, cuando sea posible, el mantenimiento de una instalación que forma parte de la identidad cultural de esta ciudad, un monumento local nacido del pueblo.

 

 

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