Las apariencias engañan

Guillermo Curbelo llegó algo prejuiciado a aquella oficina desaliñada de Cobro de Multas del municipio del Cerro, en Velázquez 83, entre Cruz del Padre e Infanta, en La Habana. Por un lado, la inquietud por la citación que traía, dirigida a su hijo, por una multa impuesta y no pagada en el plazo establecido. Y por el otro, el aspecto lúgubre del local —burós maltrechos, sillas sin espaldar, pobre iluminación— le sugería que iba a tener una experiencia desagradable.

Lo primero fue una mujer sentada detrás de un feo buró. Una mujer que no lo hizo esperar ni le negó la mirada. «Me trató con una amabilidad y un cariño tan grande, que aquel lugar sin condiciones de pronto se me iluminó», confiesa. Más tarde supo que la solícita mujer del viejo buró era la jefa de Personal.

Ella le indicó que la citación era para el Departamento de Gestión: un rinconcito de la propia oficina. Allí lo recibió el jefe de Gestión, con gran respeto y cordialidad. Le explicó el porqué de la multa a su hijo. Fue a otro departamento y volvió con la propia multa. Le explicó el contenido del decreto aplicado, y que ya estaba superada, pues había vencido el plazo de dos meses para pagarla. Y le dijo más. Con la misma elegancia, le informó que su hijo había sido citado varias veces y no se había presentado.

«Este compañero, al igual que la jefa de Personal, para mí resultaron unos profesionales en su labor», señala. Vio más. Vio a otras muchachas allí trabajando con mucha seriedad y compostura, esa compostura que se ha perdido, entre relajos y desidias, en muchos sitios.

«Ojalá que alguien le dé un poco de condiciones a esa oficina, pues el trato a los que van a la misma vale mucho más que el oro», sentencia Guillermo, y agrega: «Ojalá que en otros sitios, como tiendas y comercios, traten a las personas de esa manera. La compañera se llama María Antonia y el jefe es de apellido Santos. Lleguen a todos ellos las mejores cosas del mundo».

Paradojas de la virtud: a veces se ancla en el lugar menos esperado, a ultranza de la ausencia de condiciones. Y otras se extravía del aire frío de ciertos salones y mostradores iluminados y suntuosos.

El primer maltrato

El 29 de marzo de 2010 fue el día más feliz de Daylén Puertas Rivero (Medrano 37, entre Agramonte y Augusto Arango, Nuevitas). Ese día alumbró a su hija Dayelis de la Caridad Morán Puertas, en el Hospital Docente Martín Chan Pugas, de esa ciudad camagüeyana.

La inscribió en el propio centro asistencial, y cuando su esposo fue a recoger la inscripción de nacimiento en el Registro Civil de Nuevitas, descubrió que, por un error, le habían cambiado el nombre a la pequeña por el de Dayllis.

Reclamó al instante y le dijeron que ya no se podía arreglar. Había que esperar que cumpliera cinco años para enmendarlo como si fuera un cambio de nombre. Y los padres no estuvieron de acuerdo, pues el error no había sido de ellos ni en el momento de tomarle el nombre en el hospital, sino en los documentos existentes en los archivos del Registro Civil.

Sin perder el tiempo, los padres fueron a la Fiscalía Municipal, y allí la funcionaria de Atención a la Población les indicó, primero, que trataran de que el Registro Civil asumiera una subsanación de error por oficio. Y segundo, que ellos nombraran un abogado.

Asegura Daylén que la primera opción fue imposible con el Registro Civil, por lo cual optaron por nombrar a la licenciada Dania Ávila, para que los representara según contrato 673420 del 15 de octubre de 2010.

En diciembre de 2010, la abogada les comunicó que el Fiscal provincial ordenó que el Registro Civil asumiera el error cometido en la inscripción.

«Nuestra interrogante como padres —subraya Daylén— es que una niña de año y medio de vida está indocumentada por un error de una funcionaria del Registro Civil. ¿Hasta cuándo nuestra hija estará ilegal en nuestro país?».

Tan pequeña, y ya Dayelis está sufriendo un error.

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