Gobernar el ruido

Podía no tomar partido. Pero como he sido sufriente de los excesos hiperdecibélicos, de la impune contaminación sonora de cada día, desde lejos tercio a favor de Fidel Pino Alfonso, un hombre que allá, en Martí No. 163-A, entre Infiesta y González, en la localidad matancera de Perico, sufre por la oreja el irrespeto de quienes imponen sus excesos.

Desde el 1ro. de diciembre, las autoridades del municipio decidieron cerrar la esquina de Martí y González, montar tres quioscos y situar un equipo de música compuesto de cuatro bafles con dos bocinas, un difusor acompañado de una planta de audio y una consola, justo debajo de la casa de Fidel. Los equipos se activan a las diez de la mañana, hasta las 8 o las 12 de la noche, a niveles sonoros desmesurados.

«Ya hace varios años que vengo con esta lucha —señala—; para ser más exacto, cinco años, desde que se decidió por primera vez poner equipos semejantes a este, “para darle actividad a los jóvenes en vacaciones”. En otras oportunidades se ha entendido mi reclamo y se han trasladado para el área del parque central. Pero ahora no ha sido así y se mantienen en el lugar que mencioné antes».

Fidel tiene un hijo de siete años, que desde los dos meses de nacido lo han tratado en una clínica especializada en neurodesarrollo, porque presentaba una hipertonía severa con una tortícolis. Y luego de seis años de trabajo con especialistas en neurología, psicometristas, fisiatras y logopedas, el pequeño pudo regresar a la normalidad.

Pero a los seis años y medio, el niño comenzó a presentar trastornos del sueño y se empezó una larga lucha por saber las causas. Entre consultas y pruebas, se han descartado malformaciones. «La cuestión es que hacía seis meses que el niño no presentaba ninguna crisis», refiere Fidel, a quien le llama la atención que el primer día que se puso la música, esta ha regresado. «Como padres hemos tomado todas las medidas por orientación de la doctora y todo marchaba sobre ruedas hasta este momento», señala.

Fidel lo planteó al delegado de la circunscripción y a otras autoridades municipales, y no se le dio respuesta. Lo consultó con el Director de Comercio municipal. Y este —dice— «lo único que hizo fue mandar a bajar el volumen del audio —se cumplió el día que lo orientó—, y cuando se marchó, el volumen regresó adonde se encontraba».

Presentó la queja en Atención a la Población del Gobierno municipal. La respuesta, afirma, fue que eso era una decisión tomada por el Gobierno, y que los equipos se quedaban ahí hasta el 1ro. de enero.

Pero a 80 metros está el parque central de la localidad, dice, con óptimas condiciones, pues es un espacio abierto donde el sonido no se encuentra atrapado y no molesta tanto como entre dos fachadas.

«Imagínese 10 o 14 horas de tortura acústica diaria por espacio de 31 días. ¿Qué ser humano puede resistir eso? ¿Cómo se puede levantar un niño al otro día para ir a la escuela? ¿Cómo se puede levantar un mayor para ir al trabajo? ¿Qué rendimiento puede tener en el mismo?», cuestiona Fidel.

Lo vecinos ya están cansados de plantear la situación, asegura, y no se les hace caso. «Les hemos explicado que cuando se quiere hacer una cosa bien hecha, se hace, y no para decir “le dimos actividad al pueblo”. No y mil veces no eso de poner dos quioscos que parecen talanqueras para caballos, para vender cigarros, ron y alguna que otra cosita para comer, cuatro bafles para hacer bulla y ya está. Se cumplió con lo planificado. No existe nadie que en un momento determinado pueda resolver cualquier situación. Se nota que esto se hace para salir del paso y ni hay gusto ni deseo de hacer las cosas como se debe hacer, trabajar para el pueblo, que este sienta que se preocupan por él, que lo que se le ofrece tenga calidad y presentación; que lleve el toque para lo cual se hace, y que no se haga molesto, que se sienta agradable».

Este redactor solo pregunta: ¿Por qué las autoridades, en vez de proteger a los ciudadanos afectados y ejercer su autoridad, dan su patente de corso a la indisciplina sonora y el irrespeto? ¿Gobierno no es equilibrio, consenso y armonía?

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