¿Para qué fáciles? - Acuse de recibo

¿Para qué fáciles?

«¿Para qué hacernos las cosas fáciles, si se pueden hacer difíciles?», apunta Pedro Alejandro Cruz Pérez, vecino de San Mariano 452, apto.1, entre Juan Delgado y D’strampes, Víbora, La Habana. Y cuenta sus avatares con la oficina comercial de la Empresa de Gas Manufacturado en el municipio de 10 de Octubre.

Refiere Pedro Alejandro que el 14 de agosto del presente año fue con su esposa a esa entidad para actualizar el contrato del servicio del gas y cambiar la titularidad del mismo a su nombre. Al propio tiempo, reportó una avería y el deterioro en las tuberías de ese servicio que les imposibilita disfrutar del mismo, al punto de que permanecen con la llave de paso cerrada.

Quien les atendió, muy amablemente, les confirió la orden de inspección 798, y explicó que debían esperar 15 días hábiles para que la inspectora pasara por su domicilio y lo reportara a los técnicos encargados, los cuales tendrían entre uno y dos meses para dar solución.

Al mes y medio, Pedro Alejandro se enteró por una vecina que una compañera del Gas había ido a realizar la inspección. Y no había nadie en la casa, porque él y su esposa trabajan. La vecina lo explicó a la empleada del gas, y le insistió en que la situación era de urgencia, pues la pareja tiene una niña pequeña. Le insistió incluso en que volviera un fin de semana o después de las 6:00 p.m., y que podría darle el número de teléfono de Pedro Alejandro para que lo llamara. La compañera del Gas respondió que no hacía falta, pues volvería en otra ocasión, que ellos no trabajan los fines de semana.

Pedro Alejandro esperó la ansiada visita un tiempo prudencial, y no se produjo. Su esposa fue a la oficina comercial y habló con la misma persona que los había atendido la primera vez. Dejó número telefónico para que coordinaran con ellos la próxima visita. Transcurrido un mes aproximadamente, volvieron por su domicilio sin previa coordinación, en horario laboral. Los dos estaban trabajando. Ese día, la amable vecina volvió a hablar con la inspectora y le dio personalmente un número de teléfono para que se comunicara con la pareja y ponerse de acuerdo.

Al ver que pasaban los días y no recibían llamada alguna, Pedro Alejandro llamó por teléfono y dio la queja a la jefa de la oficina comercial: A pesar de haber dejado la vía de comunicación por tercera vez, no los llamaban para coordinar la visita. Y seguían sin atención.

La respuesta fue que les habían cortado el servicio telefónico porque se habían sobregirado en gastos al respecto. Y no tenían forma de avisarles. Además, que las inspecciones solo se realizaban de lunes a viernes, en horario laboral.

Al percibir la molestia del cliente, entonces le solicitó el número de teléfono, y le manifestó que no se preocupara, pues pasarían sin falta al día siguiente por su casa.

«Ingenua mi esposa, que dejó de trabajar ese día indicado, para recibir la visita de la inspectora que nunca llegó. Hoy 3 de diciembre que le escribo, ya han pasado más de tres meses y medio. Y todavía estoy esperando por la inspectora. Sigo sin el gas», concluye Pedro Alejandro.

El otro cuarto se alquila…

Raúl Márquez (Avenida 41, entre 48 y 59, Caimito, Artemisa), compró un televisor en diciembre de 2011, en la tienda de recaudación de divisas El Titán, de su localidad, a un precio de 650.05 CUC. Y nunca ha podido disfrutarlo de veras, pues desde un inicio comenzó a tener problemas de visibilidad.

El equipo fue revisado por la comisión correspondiente, comprobándose que no tenía solución. Y como está aún en período de garantía, se le ha prometido al cliente la devolución del dinero que le costó.

Cuando me escribió, Raúl llevaba 11 meses aguardando, sin respuesta alguna.

Sufriendo las dos historias de hoy, uno concluye preguntando: ¿Hasta cuándo quien debe servir, con la mira en la primacía y satisfacción del cliente, supeditará a este a las comodidades y ventajas de la institución?

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