No tiene perdón…

Virginia Tamayo Castañeda sigue aguardando, con una paciencia a prueba de todo, porque se le haga justicia allí en el sitio donde estuvo su casa ya demolida, en Masó No. 411, en la ciudad de Bayamo, Granma.

Ahora escribe desde Calle Manuel Pedreira No. 132-E (interior), entre Masó y Lora, en el propio Bayamo, para narrar una historia insólita de abandono, rosario de deudas de tantos funcionarios para con una mujer abandonada a su suerte.

Cuenta ella que, en 1999, el Gobierno municipal inició un programa de remodelación de las cuarterías de dicha ciudad, principalmente en el centro histórico y zonas céntricas. Y detrás de su casa en Masó No. 411, la cual estaba bien en el plano constructivo, había una cuartería en muy malas condiciones.

El Gobierno, de conjunto con la ECOAI 4, se propuso transformar aquella ciudadela en dignas biplantas. Mas, para ello, necesitaban demoler la vivienda de Virginia. Los vecinos conversaron con ella, quien se condolió de la situación y accedió, con la promesa de la Dirección Municipal de la Vivienda de que su casa se haría de nuevo en tres meses.

Pero han transcurrido 14 años y Virginia sigue sin su vivienda. Ha ido a Vivienda municipal y provincial, al Gobierno municipal y provincial y a otras autoridades. Y la verdad es que siempre le han dado la misma respuesta: «Este año empezamos»… «Este mes empezamos»… «No se preocupe, está en el plan del año»…

En todas esas instancias, Virginia ha planteado que, al menos, se le dé provisionalmente una vivienda donde pueda estar su familia mientras construyen su casa. «Y siempre es la misma respuesta de que el municipio no cuenta con viviendas vacías disponibles».

Afirma Virginia que la responsabilidad a nivel constructivo la tiene el compañero Director de la ECOAI 4, así como el jefe de la brigada 1 y el jefe de obra. «Todos, al ser inquiridos —dice Virginia— responden lo mismo: “Estamos parados ahora, faltan materiales…”».

La familia de Virginia está malviviendo en un cuarto de una cuartería que les prestaron. Y son ella, su esposo, el hijo varón, la esposa de este y sus dos niños pequeños, y su hija de 18 años. La familia generosa y comprensiva, olvidada en un solo cuarto prestado.

Quienes vivían muy mal en la cuartería contigua a la vivienda de Virginia, hace seis años que tienen sus casas, con su propiedad, gracias entre otras cosas, a su gesto altruista. Y de la de ella, nada.

«¿Hasta cuándo va a ser la irresponsabilidad de los responsables de esta situación? ¿Hasta cuándo el peloteo? La única vivienda que falta es la mía y han llevado mil veces materiales para hacerla, y mil veces se los llevan de nuevo.

«El colmo fue hace siete meses: Hicieron un hoyo de un tacón, se fueron con todos los materiales y ahí quedó el hoyo como si fuera gran cosa. Si me pasara algo, ¿qué herencia les dejo a mis hijos? ¿Un hoyo en el terreno de nuestra propiedad?».

Virtud de batas blancas

Marlene González (Edificio 714, apto. 24, Zona 21, Alamar, La Habana) quiere hacer un acto de justicia con el policlínico Neninger de ese reparto; porque, siempre que llega allí, lo primero que le impacta es su limpieza, orden y organización.

Luego, más profundamente, constata que a ello se suman la tranquilidad que allí se respira, el óptimo servicio que se brinda y la esmerada educación de sus trabajadores, que siempre dicen «Buenos días». Como si fuera poco, las consultas comienzan en el horario establecido…

Marlene ha notado más: en el cuerpo de guardia del policlínico, los médicos y enfermeras son un primor. Los pacientes llegan a aplicarse un aerosol, y en seguida los atienden. Las camas de ingreso tienen sábanas muy limpias… Pero en otras áreas del centro, es la misma atención, el mismo trato cariñoso.

Y finalmente, desea felicitar en especial el trabajo de la clínica estomatológica situada en el segundo piso del edificio; al doctor Hailer, tan paciente con sus pacientes, a Ángela, al doctor Cándido y su asistente… «Todos desprenden tanta dulzura y amor, que aseguro no habría nada material que pudiera compensar tan hermoso trato», concluye.

Bravo por el policlínico Neninger. Y ojalá otros se miren en ese espejo, a ver si se reconocen en la virtud.

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