El peligro del silencio

El lector Rafael Batista Páramo (calle 8va. No. 87-A, esquina a Diez de Octubre, reparto Harlem, Holguín) impresionó por su agudeza cuando, el 5 de junio de 2012, reflexionó aquí sobre el alerta de Fidel el 17 de noviembre de 2005, acerca de que los propios errores de los revolucionarios podrían dar al traste con la Revolución.

Rafael decía que hay que actualizar y dinamizar urgentemente nuestra democracia participativa, pues «este ya no es un país de analfabetos, la gente lee y reflexiona, e inexorablemente hay una evolución del pensamiento». Y sostenía que si no queremos que la apatía carcoma las bases de nuestro sistema, la democracia directa y transparente tiene que virarse más hacia los ciudadanos, que sufren las consecuencias del burocratismo y el acomodamiento de ciertos funcionarios, para quienes el cargo no es consagración y servir al pueblo.

Apuntaba que, aunque nuestra Asamblea Nacional y las asambleas provinciales y municipales sesionan varias veces al año, y los vecinos se reúnen cada cierto tiempo con sus delegados, ello no resulta suficiente, pues después en muchos lugares las cosas continúan igual o peor. Y sugería que se crearan espacios televisivos regulares, donde directivos y funcionarios informen, respondan y rindan cuenta al pueblo del resultado de su gestión; al propio tiempo que funcionen mucho mejor las comisiones populares representativas ya existentes a todos los niveles, como apoyo al trabajo de los delegados y diputados.

«Estoy convencido —concluía— que en la Revolución hay suficientes reservas de ideas para acercar más al ciudadano común a los asuntos de las administraciones y los gobiernos».

Ahora vuelve Rafael para contarme que, cuando se publicaron sus criterios, varios compañeros se acercaron para decirle que no debió haberlos enviado a Juventud Rebelde, ya que personas con otras intenciones «podrían sacarle lascas a mis planteamientos, a partir de la posición y las funciones que realizo en nuestra sociedad».

Este redactor ni siquiera sabe si Rafael es funcionario o una personalidad. Basta con que sea un buen cubano para avalarlo aquí. Porque el hombre, quien en esos instantes se recuperaba de una intervención quirúrgica, cuenta ahora que sentenció a los preocupados: «La práctica dirá la última palabra».

Comenta hoy con satisfacción que en su provincia se han promovido últimamente espacios radiales, televisivos y en la prensa escrita «donde el pueblo, a camisa quitada, participa junto al Partido en candentes debates». Y cita cómo en Guantánamo también se ha creado un programa radial de reflexión pública (le agregaría a Rafael un consolidado ejemplo de periodismo audaz y cuestionador, con el programa Alta tensión de la radioemisora provincial CMHK de Villa Clara, pero aún son contados los espacios de debate y participación de la ciudadanía).

Sentencia Rafael que «estoy muy lejos de pensar —tamaña vanidad no tiene albergue en mi cerebro— que ambas provincias adoptaran esas decisiones a partir de la publicación de mi escrito. Respeto mucho a los compañeros que ocupan cargos de primer nivel en el Partido, y su capacidad de reflexión, para creerme tan absurda bobería», señala.

De lo que sí está completamente seguro —enfatiza—, porque vive con los oídos pegados a la tierra, es que los discursos pomposos, huecos y plagados de consignas vacías tienen que cederle el paso a los debates francos, abiertos y valientes. Todos tenemos que tocar con las manos y ver con nuestros propios ojos que la actualización del modelo económico es para que la Revolución siga siendo de nosotros, por nosotros y para nosotros —y en especial para la gente más humilde—, y no para burócratas que se han acomodado, añade.

Opina Rafael que «los nuevos tiempos requieren más que nunca de un Partido de acero», como lo expresó Fidel, y hay que hacer de cada Núcleo del Partido un bastión de enfrentamiento cotidiano a lo que anda mal para evitar, como ocurrió en otros países, que los acontecimientos se nos vayan de las manos y vengamos a despertar del letargo ya cuando el daño a la Revolución sea irreversible.

Precisa el inquieto holguinero que en la medida en que pasa el tiempo y la dirección histórica de la Revolución entrega la tarea de conducir la sociedad a las nuevas generaciones, cada patriota verdadero debe reflexionar cada noche: «La desidia, la apatía, la cobardía política, la corrupción y la burocracia pueden hacer colapsar la Revolución. Combatiré en nombre de Fidel, de Raúl y de mis hijos por una sociedad próspera y socialista en la práctica, no en los discursos».

Al final, habrá quien se pregunte si a estas alturas lo digno y útil será el silencio aséptico que le recomendaron a Rafael, o la fecunda intransigencia por el bien de todos…

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