Peligro alertado

El doctor Alfredo Durán Almenares y su familia viven en la calle Paula No. 108, entre Cuba y Damas, en La Habana Vieja, bajo la amenaza constante de que se desplome sobre su vivienda, y sobre una ciudadela limítrofe también, un edificio en «estática milagrosa» de cinco plantas, precisamente en la esquina de Cuba y Paula.

El problema data del 2004, y se han dirigido cartas a todos los niveles pero el caso vuelve a su sitio. Las respuestas siempre notifican que la queja «se pasó al Gobierno del municipio, encargado de dar solución al mismo», mas no llega esa solución que evite la posible tragedia. Y todos miran hacia arriba y cruzan los dedos…

«En ese inmueble solo quedan dos núcleos, uno con dos personas y otro con una, pues el resto ya fue ubicado en albergues. Pero con los colindantes no se ha tomado la más mínima de las medidas de protección, cosa que ha sido denunciada en los diferentes niveles», expresa el remitente.

Son conocidos los acumulados problemas de vivienda del país, que adquieren caracteres graves en la capital. Pero hay casos que pueden esperar un tiempo y otros que no. Si peligra la vida de varios vecinos ante la posibilidad de un cercano derrumbe, hay que buscar soluciones en el plazo más breve. Nunca habrá excusas para «sepultar» un caso tan delicado. Lo peor sería que cundiera la mentalidad de «estática peligrosa» en quienes deben tomar una decisión oportunamente.

Juana necesita ayuda

El país experimenta cambios para fortalecer su economía y dejar atrás incosteables paternalismos. Eso está muy bien, y es lógico que todo lo que se haga en lo social esté avalado por resultados económicos sostenibles. Pero al mismo tiempo hoy la mirada tiene que ser más profunda para detectar los casos excepcionales de vulnerabilidad.

Juana Areces Moreno (edificio 16, apto. 1122, Ciudad Sandino, Pinar del Río) cuenta que es una mujer enferma y débil, con un hijo de 35 años que padece una lesión cerebral de nacimiento, que lo tiene postrado y vegetando en cama. No habla ni camina. Lleva la vida de un bebé, y Juana ha dedicado la suya entera a cuidarlo.

Cuenta ella que antes del período especial tenía asignada una ayuda de Asistencia Social, que incluía aseo, pañales y alimentos. Y ya hace mucho que tal ayuda se redujo prácticamente a cero.

Posteriormente ella fue beneficiada con el programa de madres cuidadoras, esas a las que, gracias al Estado, se les paga un salario para dedicarse a cuidar sus hijos postrados, a tiempo completo. Pero un buen día le dijeron que le suspendían esa ayuda, pues ella siempre fue ama de casa y no le correspondía.

Con la ayuda de su delegada del Poder Popular, Juana ha hecho gestiones en su municipio pero ha sido en vano. «Es que pasan los años, y tanto mi hijo como yo somos dos enfermos necesitados. Me siento tan impedida como él, y no encuentro una solución digna de mi problema, que se ha prolongado demasiado tiempo», asevera.

Juana no explica si ese hijo tiene un padre vivo que le reconozca y asuma también su responsabilidad, como debe hacerlo la familia, para no recostarse a las arcas del Estado. De su carta podría deducirse que es una mujer sola con su hijo, sin más apoyo.

Convencido de que nuestro sistema de asistencia social no abandona a los más necesitados y sin amparo, me aferro a que la historia de Juana tendrá que ser investigada por otras instancias si fue desestimada en el municipio. Nadie puede quedar abandonado, por difíciles que sean las circunstancias. No es la primera vez que Asistencia Social reacciona con agilidad, cuando lo amerita el caso.

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