Salud mental… sin condiciones

Ismenia Silvia Ruiz González (calle 36 No. 9919A interior, entre 99 y 101, Las Delicias, Cotorro) revela que por más de 15 años los pacientes de Salud Mental de ese municipio capitalino no han sido atendidos establemente, en un local fijo, ni con las condiciones requeridas. Han transitado por la posta médica de Lotería, el policlínico Efraín Mayor, instituciones culturales, una tienda de artesanía y el antiguo Tribunal, entre otros.

A pesar de ser un magnífico colectivo de médicos, especialistas y enfermeras, no tienen estabilidad ni condiciones para atender a sus pacientes, que presentan características especiales.

Muchos de ellos, apunta, son casos sociales y discapacitados. A algunos les faltan las piernas y se trasladan en sillas de ruedas, otros son ciegos y autistas. Un gran porciento de padres de la tercera edad, que llevan a sus hijos a consulta de Siquiatría. Muchos tienen que asistir más de una vez al mes, otros tienen que inyectarse cada siete, 15 y 21 días en ese mismo lugar.

Revela Ismenia que recientemente esas consultas han sido trasladadas de nuevo a una casa, cuya posición geográfica no es la más adecuada, y donde ya estuvieron anteriormente, en el reparto Dulce Nombre.

Sí, porque las calles están en muy mal estado, con grandes roturas de agua. Y el local no tiene agua, ni motor para atraerla. Ninguna de las vías de transporte pasan cerca. Hay pacientes que deben coger de dos a tres guaguas para acercarse al lugar. Sus familiares llegan alterados y en ocasiones tienen que ser medicados. Si alguien se desmaya o sufre algún percance, no hay medios para auxiliarlo o sacarlo de allí.

Ya anteriormente, por quejas y planteamientos de la población habían decidido trasladar el centro de ese sitio. Y ahora lo vuelven a radicar allí. Manifiesta Ismenia que supieron que la Dirección Municipal de Salud va a ser trasladada para lo que fue la antigua fábrica Facute, y el local que ocupaba se entregará como vivienda, teniendo las condiciones idóneas para el Centro de Salud Mental: fácil acceso, con una construcción amplia, con farmacia y policlínico bien cercanos, y que requeriría una inversión mínima.

La recomendación de muchas personas es que se utilice la casa actual de Dulce Nombre para vivienda y se haga el cambio de Salud Mental para el edificio de la Dirección de Salud Pública Municipal. La ubicación de una consulta de esa especialidad debe tener en cuenta muchos detalles y fundamentaciones, so pena de que, intentando la sanación mental, esta se agrave por tantos contratiempos.

Reparar el daño es de caballero

Ángel Frómeta Téllez es un jubilado, con 242 pesos de pensión, que reside en República 283, entre Finlay y San Esteban, en la ciudad de Camagüey.

En 2012, al lado del edificio donde él reside, la Empresa de Restauración y Conservación de la ciudad construyó un centro recreativo denominado El Rincón del Caballero, en honor a Adalberto Álvarez, donde antes radicaban unas oficinas de Comercio.

Ángel nunca escatimaría honores para el gran músico camagüeyano, pero sí hubiera aspirado a que las obras que afectaron su casa se hubieran acometido con talento, decencia y el mayor respeto, tres virtudes que identifican al Caballero de la Salsa.

Precisa que la demolición de las antiguas oficinas causó grandes afectaciones a los vecinos, lo cual se alertó a tiempo al jefe de la obra y al inversionista, quienes hicieron caso omiso, asegura Ángel. Y recientemente el piso del apartamento del remitente y el de otros vecinos se ha hundido, con peligro de derrumbe.

Ángel Frómeta se dirigió en varias ocasiones a la Empresa causante, y a los Gobiernos municipal y provincial. Le dijeron que habían remitido el caso a Vivienda. Y transcurren los meses. Ya el piso se le desplomó en medio de la sala y se abrió un orificio. Y ahora el peligro está más cerca.

«A nadie le duele, y lo nuestro parece alejarse en el olvido, como una película de suspenso. Espero que la Empresa de Restauración y Conservación, advertida entonces de lo que hacía, asuma la responsabilidad de su mal trabajo, y repare», concluye Ángel Frómeta.

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