Módulo y sensibilidad

La santiaguera Mirtha Salgado Barroso nos escribe desde calle 10, No. 82, e/ 27 y 29, Rpto. Rosabal, Contramaestre, para hablar de la situación de su madre, casi nonagenaria.

La feliz circunstancia de vivir tantos años, a la mamá de Mirtha se le ha complicado desde octubre de 2013, cuando un accidente vascular encefálico isquémico y un infarto cardíaco, además de su debut con demencia y enfermedad de Párkinson, la golpearon fuertemente.

Desde entonces, la mayor parte del tiempo la longeva mujer lo pasa en la cama, aunque su hija trata de moverla bastante. «En ocasiones la siento en un balance o una silla de ruedas, para evitar las desagradables úlceras por presión o escaras, que tanto hacen sufrir al paciente y a la persona que lo cuida», relata la remitente.

Una ayuda importante en el cuidado de la anciana había sido la entrega del módulo que destina a estos casos el Estado cubano, consistente en artículos de aseo e higiene.

Sin embargo, «como resultado de una triste visita efectuada el 9/05/16 por una trabajadora social de Salud Pública, de apenas diez minutos, esta decidió que a mi mamá se le retiraría el módulo (…), argumentando que ella no clasificaba como “postrada”, ya que los que clasificaban apenas debían mover “la boquita y los ojitos”», evoca la lectora.

«Mi mamá no camina, no avisa cuando se está orinando y haciendo caca, y para alimentarla necesito de mucha calma, pues durante este proceso se queda dormida continuamente», describe la hija de la enferma. Por tanto, no entiende en qué razones pudo basar su criterio la compañera que la visitó.

Ante el descontento de la familia con la medida, la hermana de Mirtha se dirigió a la entidad donde radica la trabajadora social (no especifica la institución). «Solo buscaron un libro para comunicarle que ella había reflejado las palabras “no procede”. (…) Que se debía retirar el módulo porque estaban esperando una auditoría».

¿Cómo es posible que una sola persona, en una visita, que al parecer no tuvo la profundidad necesaria, decida algo tan delicado y no se envíen comisiones multidisciplinarias a constatarlo?, se pregunta la santiaguera.

¿Por qué esta trabajadora «desestimó el criterio médico de la especialista, la trabajadora social del Ministerio de Trabajo y no nos visitó en presencia del médico de la familia y la enfermera, que sí conocen este caso, incluso delante de ellos mi mamá se ha orinado sin avisar?», añade.

Lo hemos dicho otras veces, entre muchas carencias que día a día enfrenta el país y su gente, debe velarse como algo sagrado estas ayudas sociales que constituyen conquista innegable. Y cada decisión ha de estar respaldada por los más concienzudos análisis. ¿Fue así en esta historia?

Conectar al batey

Desde Camino de la Isla s/n, Batey Central Cristino Naranjo, Cacocum, Holguín, escribe Martha Leyva López, utilizando un correo nauta prestado, al parecer de las pocas vías de contacto que les quedan a mano a los lugareños.

En aquel sitio «no existe modo alguno de comunicarnos, y es un lugar apartado, donde vivimos personas mayores, incluso dos ancianos postrados. Tenemos extrema necesidad de un teléfono, aunque sea de minutos, y que sirva para todos los vecinos de esta área», se duele Martha, quien además preside su CDR.

«Para comunicarnos con nuestras familias hay que caminar al menos dos kilómetros, cosa que para algunos de nosotros es imposible», apunta la holguinera. Y añade que el tema se ha planteado reiteradamente ante delegados del Poder Popular y funcionarios, pero nada se ha logrado.

¿Qué pueden argumentar al respecto las autoridades locales?

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