Frente al espejo

El altar más sagrado

Gracias una vez más (Abrir es… abrir, Luis Sexto, sección Coloquiando, viernes 25 de febrero). No por gusto en muchas culturas cuando alguien abre sus brazos pareciera que abre su corazón; y quienes van a su encuentro no le temen: marchan hacia él confiados pues serán objeto de un abrazo... La confianza y demás valores éticos por usted resaltados son el altar más sagrado de la política que quiera sumar y unir, algo imprescindible en nuestras circunstancias actuales y en la proyección que debemos seguir. Ojalá esta columna llegue a cuantos aún no concientizan a fondo estas ideas. Demos la batalla, la batalla de ideas por la que el Comandante tanto ha luchado». (Daniel Noa)

«Me animan a escribirle brevemente dos cosas. Primero su atinado artículo (La electrónica y el aislamiento, Diego de Jesús Alamino Ortega, 24 de febrero), por su mensaje y además por los ejemplos. Recuerdo, cerca del año 70, que también en el parque de la Libertad, en Matanzas, nos reuníamos a oír por altavoces La hora del crespúsculo, programa de Radio 26. ¡Cuánto disfruté Tiempo A, aun con un poco más de edad! Recuerdo aquellos triunfos de la pelota nuestra contra los peloteros norteamericanos, agrupados todos alrededor de un radio de válvulas en mi tierra natal, Juan Gualberto Gómez (Sabanilla del Encomendador).

«Frescas en mi memoria llevo a aquellas personas con quienes nos reuníamos, compartíamos tristezas y alegrías. Hoy, en la era de la globalización de las telecomunicaciones, todo ese desarrollo nos independiza de esos colectivos tan necesarios para la vida. Es cierto que tenemos que luchar porque no se pierda la solidaridad, la hermandad, etc...». (José Agustín Cabrera Hernández)

«Tengo 27 años y soy hija del Dr. Jorge A. Hernández Blanco. Solo puedo añadir que mi papá vivía por esa vaquita. De pequeña oía hablar de ella todo el tiempo y ahora sigue siendo tema de conversación entre él y yo (Ubre Blanca, la más generosa ubre de Cuba, Patricia Cáceres, suplemento En Red, 20 de febrero).

«Concuerdo en que muchas personas no saben de Ubre Blanca, algunos jóvenes y otros ya no tanto. Me satisface mucho ver que aún se recuerda lo que significó para Cuba en aquel momento. Este reportaje es también un reconocimiento al veterinario que con tanto esmero se dedicó y se dedica a su trabajo, que no se reduce a los años 80 con Ubre Blanca, pues se trata del trabajo de una vida. El «Dr. de las bolitas», como muchos le decían por la forma en que firma, no es solo para mí el mejor veterinario del mundo: también es el mejor padre». (Ana Hernández Licourt)

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