Adiós a un annus horribilis

Si 2011 fue calificado como un «año horrible» por no pocos analistas internacionales, el 2012 parece presentarse con iguales credenciales, al menos si se juzgan las noticias que llegaban justo a su comienzo desde Estados Unidos, listo ya para el primer round o asalto de la contienda electoral, aunque en ese tema la sangre no llega al río por donde navegan demócratas y republicanos en busca de la silla presidencial de la Casa Blanca.

El martes, las predicciones daban como ganador entre los precandidatos republicanos en el caucus de Iowa, al multimillonario mormón y ex gobernador de Massachussets, Mitt Romney; pero aún falta mucho camino hasta que el 27 de agosto la Convención Republicana defina al candidato, nominación a la que también aspiran el texano Ron Paul; Rick Santorum, quien por cierto acaba de declarar: «Yo bombardearé a Irán»; el ultraderechista Newt Gingrich; y quienes les siguen a cierta distancia: Rick Perry; Michele Bachmann y Jon Huntsman.

Solo el 6 de noviembre se sabrá si «el elegido» logrará derrotar al actual presidente Barack Obama, cuyo camino para la reelección está preñado de problemas, casi todos circunscritos a la economía macro y a la que le sacude y reseca los bolsillos al estadounidense común. El desempleo sigue siendo elevado y el Producto Interno Bruto apenas creció en el año que dejó atrás.

Pero las noticias terribles venían desde otros ángulos de la sociedad.

Por ejemplo, la policía del estado de Washington encontró el cadáver de Benjamín Colton Barnes, un veterano de guerra de Iraq que mató el lunes a tiros a Margaret Anderson, una guardia forestal en el Parque Nacional Mount Rainier. Como miles más de sus compañeros de armas, el joven de 24 años sufría de estrés postraumático desde su regreso del campo de batalla y era además sospechoso de tirotear a otras cuatro personas durante una fiesta de fin de año.

Benjamín Colton Barnes ha vivido más de un annus horribilis y dejó su huella en otro más.

En esa violencia regenerativa, también la policía de Nueva York arrestó el primer día del año a Reggie Allen cuando, ametralladora y pistola en mano, intentaba entrar al Metro de la ciudad en la populosa estación de Times Square. En el cuello, un tatuaje: «Yo contra el mundo»…

Si este «lobo solitario» fue detenido a tiempo de quién sabe qué posible matanza, otros lograron en parte su cometido, al menos el de atemorizar y mantener la islamofobia, en un país que desde la explosión de las Torres Gemelas se ha dedicado a una cruzada que huele más a petróleo y otros recursos valiosos: al menos cuatro ataques con cocteles molotov fueron cometidos en el distrito Queens, el mayor de la ciudad de Nueva York, contra centros musulmanes y un templo hindú.

El enlace con el 2011 fue semejante en carga violenta. Por ejemplo, el sábado, el FBI arrestó en el aeropuerto de Texas a un hombre que llevaba explosivos en su valija y dijo ser militar en activo.

Y en los barrios West Hollywood y Hollywood, de Los Ángeles, la policía detuvo a un sospechoso para interrogarlo sobre 47 incendios que desde hace casi una semana estremecen a esa ciudad californiana, aunque se desconoce si son obra de un solo individuo o si tiene imitadores o cómplices. Lo que parece un guión de película de extrema violencia, similar a las que se hacen en la industria cinematográfica local, ha sido descrito como «terrorismo doméstico».

Ni hablemos de las guerras que se preparan. En ese caso, apretar el gatillo y dar con la muerte está legalizado.

El 2012 pudiera decirse que llega «armado y peligroso» para ser candidato también al título nefasto de annus horribilis.

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