Hagámoslos felices, ¡pero bien!

Me niego a darles la razón a aquellos que, presos siempre de la nostalgia, aseguran que «todo tiempo pasado fue mejor». Sin embargo, a veces pienso que en lo concerniente a nuestros hijos, el horizonte de ayer me parecía más luminoso. Quizá porque ahora algunos han decidido tomar por atajos que les propicien a sus vástagos una rápida, pero efímera felicidad —escudándose en que «ellos no tienen por qué pasar por lo mismo que yo»—, en lugar de enseñarlos a atravesar ese largo camino que es la vida.

Extraño es el hogar cubano donde no se cumpla la máxima martiana de que «nada hay más importante que un niño». Sobre todo si lo vemos desde lo económico. Una reconocida artista lo aseguraba convencida y ejemplificaba: en el ámbito doméstico, si hay un único pedacito de pollo, ese es para el pequeño. «Lo mejor siempre es para él, aunque el resto no coma», decía.

Y no es que eso esté mal, pero me preocupa que estemos hipotecando el futuro de nuestros hijos, que los deformemos y no los preparemos para el mañana, como si nosotros fuéramos a ser eternos. No hace mucho, mientras caminaba por esta Habana, encontré a una mujer arrodillada acordonándole los zapatos a su hijo (bastante crecidito, por cierto), mientras este jugaba indolente sin notar el enorme esfuerzo que hacía su madre.

Dirán que eran otros tiempos, pero también yo me desvivía por lucir un pitusa, como entonces podían muy pocos. Pero mi anhelo era secreto, a pesar de que (perdónenme la autosuficiencia) era un estudiante y un hijo modelo. Mas no se me ocurría ni siquiera insinuárselo a mi madre, que se quitaba sus escasos metros de «láster» para hacernos a mi hermano y a mí unos pantalones, pero quien, bajo ningún concepto, dejaba de exigirnos el cumplimiento cabal de nuestras responsabilidades. Gracias a eso, estoy convencido, somos hoy mejores seres humanos.

Por ello me alarma la manera como, si bien ahora hay quienes no quieren que su muchacho sea menos que el resto y lo llenan de pitusas, pulóveres de marca, tenis supercaros, mp3, mp4, mp1 000..., al mismo tiempo se desentienden del propósito de edificarle su espiritualidad.

Ahora el vecinito de apenas cuatro años solo quiere ser un Power Ranger, y está todo el tiempo lanzando rayos que matan, y en sus juegos impetuosos habla de dar muerte con la misma naturalidad con que pide su merienda. Sin embargo, no es su culpa. Es que para controlarlo no existe una niñera más eficiente que el DVD, el cual reproduce hasta recalentarse Las chicas superpoderosas (también la tele), con esos ojos que sueltan llamaradas por la furia; Pokemon...

Peores son esos videojuegos funestos que —está comprobado— crean adicción y ofrecen el ambiente ideal para aprender violencia, porque eso es lo que recompensan. Es muy curioso que cuando el niño es pequeño sus padres no salen de las escuelas —en la secundaria les dicen: ahora arréglatelas como puedas, como si ya hubiesen pasado lo más difícil— averiguando qué comieron e hicieron, y luego ni se percatan de que en muchas ocasiones están expuestos reiteradamente a la violencia virtual, esa que «no se experimenta físicamente, pero que puede tener un efecto psicosocial duradero en el individuo y le puede llegar a través de la televisión, de la música, las películas, los videos, juegos de computadora...», según los especialistas.

Después se quejan cuando sus hijos son agresivos de las más diversas maneras. Pero... ¿se ocupan de si miran los programas diseñados para ellos? ¿Estan dispuestos a cambiar los espacios televisivos para adultos cuando ellos están presentes? ¿Limitan el tiempo que están expuestos a juegos virtuales? ¿Están bien informados sobre el contenido de los medios a los que los exponemos? ¿Saben, incluso, hasta qué música escuchan? No olvidemos que la gente joven pasa casi más tiempo usando aparatos electrónicos, que socializando.

No sé. Quizá yo parezca demasiado apocalíptico. Pero no puedo dejar pasar la fecha que se avecina: el Día Internacional de la Infancia. Y me gustaría que mi sobrinita, en vez de bailar con movimientos grotescos y pélvicos (que aplaudimos porque «esa niña está acabando» y ella lo repite pues, aunque no entiende ni lo que imita, algo le dice que lo que hace es simpático), cante, como le toca, Vinagrito o Dame la mano y danzaremos. Me parece genial que hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que los niños sean felices. Pero ¡hagámoslo bien!

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