Los Puros (II)

El primer teniente médico Jordán Desquirón apenas reprimió su sorpresa ante la revelación, que acaba de hacerle en la enfermería de la Cabaña el comandante Ríos Morejón, de que al día siguiente estallaría un movimiento para derrocar a Batista. El médico no estaba entre los conspiradores, pero como tampoco era batistiano, decidió tragarse el secreto y despidió a su interlocutor no sin recomendarle que no repitiera lo dicho a nadie. Ya fuera de la consulta, Ríos Morejón se topó con el primer teniente Bienvenido Fuentes y volvió con el cuento. Fuentes debía sus grados al 10 de marzo y no guardó la misma reserva. Corrió a encontrarse con el coronel Julio Sánchez Gómez, jefe del Regimiento No. 7, destacado en la Fortaleza. No lo encontró y pasó el soplo al segundo de este, el teniente coronel José de la Campa Méndez, que de inmediato se trasladó a Columbia y transmitió la información al general Cantillo Porras, ayudante general del Ejército. Cantillo, sin perder tiempo, citó a Ríos Morejón al Estado Mayor. Allí lo esperaban oficiales del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) que lo detuvieron y condujeron a la sede de esa dependencia.

En esos momentos, el comandante Borbonet y el segundo teniente Reynaldo Pérez Figueiras estaban en la Escuela de Cadetes de Managua. Borbonet ajustaba con el primer teniente José Ramón Fernández Álvarez, subdirector del centro, los detalles de la misión que se asignó a este cuando al desencadenarse el movimiento, al frente de otros oficiales de la Escuela comprometidos y los cadetes seleccionados, procedería a la detención, en Columbia, del alto mando militar. Esos y otros oficiales probaban además las ametralladoras Thompson que la oficialidad utilizaría en esa acción, a la que los cadetes acudirían con fusiles.

En el SIM, Ríos Morejón hablaba hasta por los codos. Tanto que casi hubo que mandarlo a callar. Expresó de entrada que, engañado, fue arrastrado a incorporarse a un movimiento que perseguía el fin, dijo que le dijeron, de consolidar a Batista en el poder, y que ahora lo denunciaba porque estaba seguro de que se proponía justamente lo contrario. Pronto se sabría de su detención y de cómo embarraba con sus declaraciones a los oficiales que conocía. Se supo porque un oficial del SIM, que estaba entre los conspiradores, se comunicó desde un teléfono público con un oficial de Columbia que formaba parte también del grupo de Los Puros.

Uno de los acuerdos que se tomaron en la residencia de Barquín, en Tarará, el 1ro. de abril, fue que si alguno de los conspiradores era detenido aguantaría los interrogatorios e incluso los maltratos porque los que estaban fuera entonces adelantarían las acciones previstas para la noche del 3-4 siguiente. Ríos Morejón fue detenido el día 2. Barquín refirió que a él lo detuvieron el 3. Había acudido al Hospital Militar a recibir un tratamiento de diatermia, hizo después algunas gestiones, y, al regresar a su casa, le informaron que el coronel Ramón Cruz Vidal lo citaba en el Estado Mayor. Compareció al llamado y Cruz Vidal lo recibió en el vestíbulo.

—Coronel, hay una denuncia contra usted por conspiración y debe acompañarme al SIM, le dijo.

Más tarde, desde su celda, Barquín escuchó la estentórea voz de Borbonet y después la del teniente coronel Varela Castro que también fueron detenidos. Al conocer de las detenciones de esos y otros oficiales, el teniente Pérez Figueiras se presentaría ante su jefe. Le dijo que aunque él no estaba conspirando, se sentía solidario con los conspiradores y que, por tanto, pedía la baja del Ejército. Lo metieron preso.

SACA LOS TANQUES

Cuando Borbonet supo de las detenciones de Ríos Morejón y Barquín quiso, en consonancia con el acuerdo de Tarará, anticipar el movimiento. A las dos o tres de la tarde del día 3 instó a Varela Castro a que actuara. Varela era el jefe del Regimiento Mixto de Tanques que radicaba en Columbia, Regimiento que era en el país la fuerza principal por su capacidad de impacto y movilidad. Varela vaciló y se negó en definitiva a sacar los tanques. Dijo que proceder a esa hora equivalía a cometer una carnicería en el campamento y que lo más conveniente era aguardar la noche, cuando él asumiera como Oficial Superior de Guardia en el campamento.

A todas estas, el general Batista, que estaba en Isla de Pinos, de pesquería, se entera de la conspiración, regresa de inmediato a La Habana y se instala con el alto mando militar en el Estado Mayor de la División de Infantería, donde radicaba la jefatura de Columbia.

Ya con Batista en la Ciudad Militar, Borbonet insiste en precipitar la acción. Insta otra vez a Varela a que saque los tanques, rodee con ellos la jefatura de la División, y obligue al dictador y a los jefes a salir con las manos en alto. Varela volvió a negarse. Era mejor, reiteró, esperar la noche. Pero ya no habría otra oportunidad para los conspiradores.

Borbonet sería detenido en el propio campamento. Tenía en su casa, en Buenavista, documentos comprometedores, incluso un escalafón del Ejército donde había marcado uno por uno los nombres de los 120 conjurados. Pidió permiso entonces para ir a su casa, con la promesa, bajo palabra de honor, de regresar en dos horas para que lo detuvieran. Lo autorizaron y quemó aquellos papeles.

La noticia de que algo extraño ocurría en Columbia llegó a la Escuela de Cadetes como un rumor. De manera confusa se hablaba de las detenciones en la Ciudad Militar. El primer teniente Fernández Álvarez con la intención de esclarecer lo que ocurría, si en verdad ocurría algo, decidió no esperar más y a bordo de su automóvil, un Ford azul, modelo 1954, se fue a su casa en la calle Novena, en el reparto Almendares. Había allí tranquilidad absoluta. Quiso cerciorarse y, como el teléfono le pareció peligroso, siguió rumbo a la Ciudad Militar. Cerca del obelisco avistó a un viejo soldado conocido. Fingiendo un encuentro casual, le preguntó adónde se dirigía y el aforado respondió que en Columbia habían ordenado el acuartelamiento de la tropa, añadió que se hablaba de varios oficiales detenidos y mencionó en específico los nombres de Borbonet y Barquín entre los arrestados.

EN LA ESCUELA DE CADETES

Fernández puso en movimiento otra vez su automóvil. Recogió a dos o tres oficiales que vivían en los alrededores de Columbia y que estaban también en la conspiración y les participó lo que sabía. Les dijo que era en la Escuela de Cadetes donde debían esperar el reflujo de los sucesos porque, pese a las detenciones, el movimiento podría desencadenarse de todas maneras e incluso anticiparse.

Tomó la Calzada de Boyeros para llegar a Managua por Santiago de las Vegas. Más allá del Hospital de Dementes de Mazorra, antes de entrar al pueblecito de Boyeros, en la misma carretera, yendo desde La Habana hacia el aeropuerto, a la derecha, detuvo el Ford en una de las casas de la zona poblada. Allí vivía el segundo teniente Ángel Sánchez Mosquera, su compañero en el Departamento Docente de la Escuela de Cadetes, donde se desempeñaba además como profesor de Táctica. También conspiraba. Fue el primer expediente de su curso y se le asumía como un oficial honrado y leal, sin compromiso alguno con el 10 de marzo. Cambiaría mucho con el tiempo y en los días de la lucha en la Sierra Maestra, ya como teniente coronel, Che Guevara lo calificó como «el más valiente, asesino y ladrón» de todos los jefes militares que tenía Batista.

Sánchez Mosquera, sin camisa y cubierto solo con el pantalón del pijama, salió a recibir a Fernández. Este conocía a su esposa y a los suyos y los tenía como personas decentes y a Sánchez Mosquera, en particular, como un hombre pulcro. Le contó lo que pasaba y le pidió que llevara para la Escuela a todos los oficiales comprometidos que lograra reunir. Alrededor de 18 oficiales conspiraban, junto a Fernández, en la Escuela de Cadetes.

4 de abril: 6:00 a.m.

Todo era normal aquella medianoche en Managua. Hasta ese momento las noticias sobre la conspiración no se habían filtrado fuera del ámbito militar y, al parecer, los detenidos, en sus declaraciones, no involucraban a la Escuela. En la habitación que ocupaba como subdirector del centro, el primer teniente José Ramón Fernández pensaba en la posibilidad de que lo mataran. Pensaba asimismo en la posibilidad de que lo detuvieran. Esa tarde había tenido tiempo suficiente para buscar asilo en una embajada. Hubiera podido hacerlo de haberlo querido, pero rechazó esa alternativa. Quizá no pasara nada... Y todavía quedaba la posibilidad de que no abortara el movimiento. Con esos pensamientos se fue a la cama. Era ya el 4 de abril de 1956.

A las seis de la mañana tocaron rudamente a la puerta de su habitación. Eran el director de la Escuela, el entonces comandante Pedro Foyo, y el primer teniente José de Jesús Castaño, del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC) que venía a detenerlo con instrucciones de conducirlo al SIM. Registró la habitación, ocupó las armas personales del detenido y dos granadas que encontró en el escaparate. Nadie más fue arrestado en la Escuela, pese al alto número de oficiales que allí conspiraban.

Ya en el SIM lo interrogaron el teniente coronel Antonio Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar, y el coronel Orlando Eleno Piedra Negueruela, jefe del Buró de Investigaciones de la Policía Nacional. Fernández dijo no saber nada de la conspiración ni conocer a nadie. Asumió esa actitud porque lo importante era salvar en lo posible lo que quedaba del movimiento, que no todos los conjurados fueran detenidos. No le ocuparon nada comprometedor. Ningún documento lo incriminaba. Podían echarle en cara la prueba de las ametralladoras, pero él tenía autoridad para hacerlo y las granadas que le requisaron carecían de importancia.

Muy inquisitivo, pero profesional, apacible y diplomático, se mostró Blanco Rico en el interrogatorio. Lo acribilló a preguntas durante una hora. Sentado a su lado, aguardaba Orlando Piedra. Cuando le tocó el turno de preguntar, dijo a Fernández que varios de los oficiales detenidos se habían declarado culpables y que lo hiciera él también porque ellos lo involucraban en sus declaraciones.

Fernández se mantuvo en sus 13: No sé nada, no conozco a nadie, no sé de lo que usted me habla... Piedra Negueruela pareció perder la paciencia y dijo al detenido que se vería obligado a recurrir a otros métodos para refrescarle la memoria y hacerlo hablar.

—Bueno, utilice los métodos que usted quiera —dijo a su vez Fernández.

(Continuará)

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