Maestros (I) - Lecturas

Maestros (I)

A las autoridades coloniales en Cuba parece haberles preocupado más la enseñanza superior que la instrucción primaria. No de otra forma se explica que en 1728 la Isla, con unos 150 000 habitantes, contara ya con una Universidad, Real y Pontificia, por más señas, «para el estudio de las Ciencias y sus Facultades», y debiera esperar cincuenta años para que pudiera empezar a hablarse de una enseñanza primaria organizada. En 1793 había en La Habana una sola escuela, atendida por sacerdotes de Belén, a la que concurrían unos 600 niños pobres que aprendían en ella lo que entonces se llamaba las primeras letras.

Hubo, desde luego, empeños anteriores aislados. En 1607 se funda en La Habana el Seminario Tridentino, que sufragaba el vecindario. Se asocia a la creación de ese centro docente el nombre de fray Juan de las Cabezas Altamirano, aquel Obispo de Cuba que fue secuestrado por el corsario francés Gilberto Girón, hecho que dio pie al poema titulado Espejo de paciencia, escrito por Silvestre de Balboa; el primer testimonio de la literatura cubana que llega a nosotros y que cumple ahora 400 años. Tuvo el Tridentino mejor fortuna que la iniciativa adoptada por el Cabildo habanero de asignar cien ducados de retribución a un profesor de gramática para que enseñara latín a niños y vecinos de la villa, propósito del que hubo de desistir porque no llegó a contar con la aprobación del rey. La enseñanza de la gramática quedó entonces en manos de sacerdotes agustinos que, con subvención del Cabildo, la impartían en su convento.

Fuera de la Scholatría de la catedral de Santiago de Cuba, que funcionó probablemente desde 1523, no parece que se fundaran otros centros de enseñanza durante el siglo XVI, pues no hay constancia de que llegará a cumplir sus propósitos «un plantel fijo para las misiones de la Florida» que se estableció en el terreno que ocuparía el hospital de San Juan de Dios y cuya conducción se encomendó a los jesuitas.

Francisco de Parada, vecino principal de la villa de Santiago que falleció en mayo de 1571, dispuso que su cuantiosa fortuna se invirtiera en la construcción de una iglesia o parroquia en Bayamo. Según el testamento de Parada, oficiarían allí tres capellanes. Dos de ellos, con su sueldo de 312 pesos cada uno, quedarían obligados «a decir cada día misa por mí, por mis padres y abuelos». El otro, con 300 pesos, sería preceptor de Gramática. Se desconoce cuándo comenzó a funcionar esa escuela, pero puede decirse que ya en el siglo XVII los dominicos, que abrieron un convento en Bayamo, se hicieron cargo del legado y mantuvieron los estudios públicos instituidos por Parada hasta que, extinguido el convento, los bienes pasaron a la Real Hacienda.

En 1689, el obispo Diego Evelino de Compostela creó el colegio de San Ambrosio, con doce becas para varones que seguirían la carrera eclesiástica. Poco después inauguraba, con igual número de becas, un colegio para niñas. La iniciativa de Compostela fructificó en el interior de la Isla. Santa Clara fue la primera villa cubana que tuvo escuela en el mismo momento de su fundación (1690) y años después el presbítero Conyedo estimuló la enseñanza primaria con la creación de una escuela gratuita en la misma localidad y otra en San Juan de los Remedios.

Los amigos del país

Hito significativo en la instrucción primaria es la constitución de la Sociedad Económica de Amigos del País. Se creó en La Habana en 1793, aunque ya desde 1787 existía en Santiago una agrupación de idéntico nombre y similares propósitos que contaba con el apoyo de Juan Bautista Vaillant, gobernador de esa provincia. Impulsó Luis de las Casas, máxima autoridad de la Isla, el establecimiento de la Sociedad en la capital y la primera preocupación fue la de mejorar las condiciones de la enseñanza en Cuba, pese a la oposición del obispo Trespalacios que miraba con recelo cualquier iniciativa de Las Casas. Cesó este en su cargo en 1796 y Trespalacios falleció en 1799. Su sucesor, el obispo Juan José Díaz de Espada y Landa, prestaría cálido apoyo a la obra emprendida por la Sociedad a favor de la enseñanza y aceptaría su papel rector. Reformó el seminario de San Carlos y el colegio de San Francisco y creó las primeras cátedras de Matemáticas y de Derecho Civil. Más tarde, en 1816, cuando Alejandro Ramírez, superintendente de Hacienda, asumió la dirección de los Amigos del País pudieron hacerse realidad proyectos largamente acariciados, como la apertura de la Academia de Dibujo y Pintura, que en su honor lleva el nombre de San Alejandro, y de una Escuela de Química y también la creación del Jardín Botánico y del Museo Anatómico.

Cifras

No todo podía resolverlo una entidad privada como lo era la Sociedad Económica, la más antigua de las organizaciones no gubernamentales que existen en Cuba. En 1817 el primer censo escolar realizado en la Isla puso de manifiesto cifras aterradoras: en las 120 escuelas que había en todo el país estudiaban unos 5 500 niños, de los cuales mil eran negros, lo que equivalía al uno por ciento de la población total de entonces. Nada hizo el gobierno colonial para mejorar la situación, y la corona española no pareció preocuparse por el asunto hasta que en 1843 puso en vigor la ley de instrucción pública para las islas de Cuba y Puerto Rico.

Pasada la primera mitad del siglo XIX la educación en Cuba presentaba el siguiente cuadro: funcionaban 378 escuelas y asistían a ellas unos 13 000 niños, mientras que el gasto de la instrucción pública era de unos 43 000 pesos. En 1860 se aseguraba la existencia de 285 escuelas municipales y 179 privadas, con una matrícula total de algo más de 17 500 educandos. De estos, 10 000 cursaban estudios en escuelas públicas y los municipios invertían 180 000 pesos en dichos centros. Unas 613 escuelas públicas (35 000 alumnos) y otras 788 privadas (15 000 estudiantes) se registraban en el país al cesar la dominación española, y el presupuesto oficial para la educación primaria era de algo más de 730 000 pesos.

La universidad

Fue el obispo Jerónimo Valdés quien gestionó la erección de la Universidad de La Habana, llamada, ya en la República, la Universidad Nacional, pues fue la única que existió en Cuba hasta que en la década de 1940 entró en funciones la Universidad de Oriente, en Santiago. Más tarde se inauguraría, en Las Villas, la Universidad Central.

Valdés, en 1722, había creado en Santiago el seminario de San Basilio el Magno, destinado a varones con vocación sacerdotal. Antes, el papa Inocencio XIII, por bula dictada el 12 de septiembre de 1721, disponía la fundación de la Universidad de La Habana, decisión ratificada al año siguiente por el Consejo de Indias y confirmada por Real Decreto de 23 de septiembre de 1728. El obispo, que tanto celo puso en el éxito de la empresa, no pudo asistir, viejo y enfermo como estaba, a la inauguración del centro, y fallecía poco después, a los 83 años de edad, en 1729. La casa de estudios llevaría su nombre: Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo.

A la Orden de los Predicadores, asentada en Cuba desde 1515, se confió la dirección de la Universidad. El centro de altos estudios quedó instalado en el edificio del convento que ocupaba la manzana comprendida entre las calles de Mercaderes, O’Reilly —llamada entonces Honda o del Sumidero—, San Ignacio —entonces de la Ciénaga— y Obispo. Local puesto bajo la advocación de San Juan de Letrán, pero que el pueblo siempre llamó de Santo Domingo por ser este el fundador de los Predicadores o dominicos. Se dice que allí vivió un fraile muy virtuoso que luego sería canonizado con el nombre de San Luis Beltrán, cuya oración todavía rezan algunos para conjurar el llamado mal de ojo en los niños.

De ese convento no queda ni memoria. Los Predicadores vendieron a particulares, en 1917, la vieja edificación y se trasladaron para el Vedado, donde construyeron la hermosísima iglesia de San Juan de Letrán, templo de tres naves y estilo gótico, y un nuevo convento en la esquina de 19 y H. Se construyó entonces, por la parte de Mercaderes, un edificio nuevo, que armonizaba, sin embargo, con la fachada trasera del palacio de los Capitanes Generales. Esa edificación, así como lo que quedaba de la iglesia y el convento, fueron arrasados definitivamente en la década de 1950. Se quería el espacio para una nueva construcción que daría cabida a la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de la República y cuya azotea se destinaría a una terminal de helicópteros que nunca llegó a funcionar. Allí estuvieron, en los años iniciales de la Revolución, el Ministerio de Hacienda y luego el Ministerio de Educación, hasta que, bajo el cuidado de la Oficina del Historiador, se dotó a los exteriores del edificio de una apariencia más acorde con su entorno y se destinaron sus salones al Colegio Mayor de San Jerónimo, especializado en el tema de la restauración y conservación de monumentos y en todo lo que concierne al manejo de La Habana Vieja, como recuerdo a la vieja universidad, tan unida a la historia de la urbe y a la cultura cubana.

Imagen

Lucía el convento una torre de varios cuerpos y una cúpula no muy amplia y recubierta de losetas rojas. La entrada principal era por la calle O’Reilly. Por Mercaderes había otra entrada, más hermosa que la anterior y donde aparecían, talladas en piedra, las imágenes de Santo Domingo, Santo Tomás de Aquino y Pedro Mártir. La iglesia exhibía altares barrocos suntuosos y techo de madera tallada. La arquitectura del convento era sencilla y severa.

Los dominicos o predicadores se instalaron en la manzana aludida en 1578, cuando lograron erigir la estructura de lo que sería su primera iglesia y su primer convento en La Habana. El edificio, que era de madera y techo de guano, debió ser reconstruido en 1587 y casi dos siglos después sería objeto de una amplia remodelación. Por cierto, al ser demolido, ya en el siglo XX, se encontraron en una pared los restos del ingeniero y arquitecto Cristóbal de Roda, autor del primer plano que se conoce de La Habana y que data de 1602. Los dominicos trasladaron entonces los restos a su nuevo templo y la lápida de la sepultura pasó al Museo Nacional. Nada sabe este escribidor del destino de los restos de los primeros condes de Casa Bayona —José Bayona Chacón y su esposa— principales protectores de los dominicos en el siglo XVIII y que también fueron inhumados en ese lugar.

En 1841 el gobierno español incautó los bienes temporales de las comunidades religiosas y perdieron los dominicos casi todo el convento, donde se instaló el Cuerpo de Ingenieros del Ejército. Al año siguiente la Universidad, ya laicizada, cambió su nombre por el de Real Universidad Literaria. En 1863, en la parte del edificio que da sobre Obispo y San Ignacio, se estableció el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y estuvo allí hasta que se construyó el hermoso edificio de Monserrate, Zulueta, San José y Teniente Rey.

¿Qué carreras se cursaban en aquella Universidad? ¿Cómo era en ella la enseñanza? Hablaremos sobre eso el domingo próximo.

(Fuentes: Textos de Emilio Roig, Félix Lizaso, Henríquez Ureña y Otero Masdeu)

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