Cincuenta años de enero

Los periódicos no salían ese día —era el primero del año— y las emisoras de radio y televisión guardaban un inquietante silencio, solo roto por vagos flashes que aludían a «trascendentales acontecimientos», pero desde horas antes la noticia, como un rumor confuso, corría de puerta en puerta. Nadie sabía de dónde procedía, ninguno tenía detalles precisos, pero todos estaban convencidos de que el ansiado momento había llegado.

Pese a la censura de prensa se sabía que el ejército de la tiranía se desmoronaba a pasos agigantados, que el Comandante Camilo Cienfuegos operaba en el norte de la región central, que la ciudad de Santa Clara era asediada por Che Guevara y que las columnas de Fidel, Raúl y Almeida se aprestaban para poner sitio a Santiago de Cuba; y de todos era conocido que la represión, que alcanzaba en las ciudades un ribete dantesco, lejos de paralizarla, acrecentaba la rebeldía e inflamaba el patriotismo. La Habana y las urbes del interior del país eran ciudades muertas: el pueblo cumplía la consigna de las «O 3 C» que llegaba desde la Sierra Maestra. «O 3 C», es decir, cero compras, cero cine, cero cena.

A espaldas de la ciudadanía, que empezaba a sentir en los labios el sabor de su victoria, se tejía la traición en la Ciudad Militar de Columbia, baluarte principal de la dictadura. A fin de escamotearle el triunfo a la Revolución, se constituiría allí, en contubernio con el dictador en fuga, una junta de aforados y civiles que no tardaría en asfixiarse en su propia atmósfera mientras la calle se llenaba, poco a poco, de calor popular.

¡Esto se acabó!

A las diez de la noche del 31 de diciembre el mayor general Eulogio Amado Cantillo y Porras, jefe de la Zona de Operaciones antiguerrilleras, se reunió con el dictador Fulgencio Batista y lo instó a tomar una decisión rápida.

En Columbia esperaron el año nuevo, junto al dictador, los jerarcas del batistato. Algunos habían sido citados con premura por los ayudantes militares; otros decidieron darse una vuelta y cogerle el pulso a la situación. Para muchos resultaba un mal indicio que Batista, el día 29, hubiera mandado rumbo a Estados Unidos a dos de sus hijos más pequeños, pero otros se consolaban al saber que tenía preparada su agenda correspondiente al 2 de enero y que guatacas y conmilitones habían recibido sus cheques con fecha del siguiente día 6. Muchos aseguraban que Batista daría su batalla definitiva y acaso postrera en La Habana y la inquietud entre sus íntimos crecía por momentos. El ambiente no estaba para fiestas, y los continuos apartes entre el dictador y Cantillo, que evidenciaban perfecto entendimiento entre ambos, acrecentaban la tensión.

A las 12, con una copa de champán en la mano, Batista deseó a todos un feliz año nuevo. Treinta minutos después, sin embargo, Cantillo, en connivencia con el dictador, procedió a cumplir el papel que le había asignado y, rodeado de los más altos jefes militares, le pidió la renuncia. Le dijo:

«Señor Presidente: Los jefes y oficiales del Ejército, en aras del restablecimiento de la paz que tanto necesita el país, apelamos a su patriotismo y a su amor al pueblo, y solicitamos que usted renuncie a su cargo».

Salía a pedir de boca el primer acto de la comedia. Batista mataba dos pájaros de un tiro. No abandonaba el poder y salía del país derrotado por el Ejército Rebelde, sino defenestrado por sus propios cuadros militares. Y dejaba la puerta abierta para que el Ejército, ya sin sus viejos generales y con un mando renovado, pudiera sobrevivir como institución.

De inmediato, Batista tomó la palabra y dijo que altos representantes de la Iglesia, el azúcar y otros sectores de la economía le habían hecho la misma petición. Se redactó el documento de renuncia. Lo firmó con sus iniciales. Como el vicepresidente había renunciado para aspirar a la alcaldía de La Habana, lo suscribió también Anselmo Alliegro, sustituto constitucional en su carácter de presidente del Senado. Firmaron asimismo los generales Francisco Tabernilla Dolz, jefe del Estado Mayor Conjunto; Pedro Rodríguez Ávila, jefe del Ejército; Roberto Fernández Miranda, jefe del Departamento Militar de la Cabaña, y Francisco (Silito) Tabernilla Palmero, jefe del regimiento de tanques y secretario privado de Batista; el contraalmirante Rodríguez Calderón, jefe de la Marina de Guerra; Pilar García y García, jefe de la Policía Nacional, y los también generales Luis Robaina Piedra, consuegro del dictador, y Juan Rojas. Como Alliegro saldría también del país, correspondería la Presidencia al magistrado más antiguo del Tribunal Supremo, Carlos de la Torre. Como este no estuvo en disposición de aceptar, la sustitución recayó en el magistrado Carlos M. Piedra y Piedra.

A esa hora solo quedaban en Columbia los colaboradores más allegados y algunos esbirros. La mayoría de los invitados, pretextando otros compromisos, se había marchado y, unos más que otros, demorarían en enterarse del acontecimiento.

Pasadas la una de la mañana automóviles de la Policía Nacional recogían en sus casas a jefes militares y policiacos. Una caravana de 30 vehículos arribaba al aeropuerto militar y unas cien personas descendían de ellos ansiosas y preocupadas. Ninguna sabía con certeza por qué estaba allí y, aunque parezca absurdo y hasta ingenuo, algunos llegaron a pensar que sostendrían una entrevista con Fidel Castro para ponerse de acuerdo y arreglar las cosas. El coronel Orlando Piedra, jefe del Buró de Investigaciones y a cargo de aquella operación, los sacó a todos de cualquier suposición o error cuando de manera tajante gritó: «¡Señores, esto se acabó!».

Ya a esa hora los edecanes militares del dictador, los ayudantes de guardia y el secretario Silito habían comunicado lo ocurrido a ministros, parlamentarios y otras figuras civiles del régimen. La cagazón fue de argolla entre los batistianos. Unos cien de ellos, incluidos militares y policías, estaban incluidos por Batista en la lista de los que lo acompañarían en la fuga. El resto, los más, quedaban abandonados a su suerte.

Llegó Batista al aeropuerto militar. Vestía de casimir oscuro y lucía sereno en medio de la tensión de sus acompañantes. Antes de subir al avión hizo un nuevo aparte con el general Cantillo que reafirmaba el perfecto acuerdo que existía entre el mandatario «defenestrado» y el militar «golpista». «No olvides mis instrucciones...», insistió ya a punto de abordar el aparato.

Cantillo, como jefe de las Fuerzas Armadas, se comunicó con el embajador norteamericano y lo impuso de las últimas noticias. Decretó el alto el fuego y de inmediato, aunque sin éxito, procedió a constituir una junta cívico-militar que encabezaría el doctor Piedra. Su gestión al frente del Ejército resultó efímera. Se deshizo como una pompa de jabón cuando la sala de gobierno del Tribunal Supremo, por decisión de 16 sobre cinco, se negó a tomarle juramento a Piedra como presidente provisional y reconoció el derecho que asistía al magistrado jubilado Manuel Urrutia Lleó, designado por la Sierra Maestra para ocupar dicho cargo en virtud de que «una revolución es fuente de derecho y engendra un nuevo derecho». En la noche del mismo 1ro. de enero, el coronel Ramón M. Barquín y López, cabecilla de una conspiración antibatistiana develada en 1956, salía de la cárcel y llegaba al campamento de Columbia.

—Asumo el mando de las Fuerzas Armadas —dijo a Cantillo.

—Bueno, Barquín, si eso es así, qué le vamos a hacer.

Inmediatamente se reunieron en privado. Cantillo le refirió el fracaso de la designación de Piedra y le hizo un resumen de la situación militar. Las guerrillas, puntualizó, avanzan desde Las Villas hacia La Habana y no hay hombres para contenerlas. Añadió: «Te entrego aquí y ahora el mando de las Fuerzas Armadas y de Cuba, y me voy para mi casa». Barquín ripostó:

—No, Cantillo. Eso sería cargar yo con la derrota que te corresponde a ti. Tenías que haber derrotado a la odiada dictadura a nombre del pueblo, o haber derrotado a los rebeldes a nombre de la dictadura, pero no hiciste lo uno ni lo otro. No creo que estés consciente del triste papel que estamos jugando, cual presenciar el entierro del Ejército que tanto hemos querido.

Porque ahí radicaba el meollo de la cuestión, el pollo del arroz con pollo. Salvar al Ejército como institución, alargarle la vida, darle alguna consistencia a aquellas tropas desarticuladas y desmoralizadas y a partir de ahí entrar en negociaciones con la Revolución triunfante. Ese fue el papel que quisieron asumir Cantillo, primero, y luego Barquín, que invitaría a Urrutia a visitar Columbia cuando quisiera, pero que no estaba dispuesto a aceptar los mandos rebeldes.

Barquín y Cantillo cursaron juntos, durante tres años, la Escuela de Cadetes de Managua. «Mi viejo e ingrato compañero», llamó Barquín a Cantillo. Este diría después que Barquín le ofreció un avión para que saliera de Cuba y que él dijo que prefería «compartir la suerte de sus hombres». Barquín, hasta el fin sus días —murió con casi 95 años en 2007— negó haberle hecho tal ofrecimiento. Cantillo fue detenido el 2 de enero, en su casa de la Ciudad Militar, por el primer teniente José Ramón Fernández, también recién salido de la cárcel. Pidió verlo y al notar que el tiempo pasaba sin que acudiera a su llamado, lo buscó en el interior de la residencia. Lo encontró en su habitación. Cantillo acababa de salir de la ducha y lucía unos calzoncillos de patas larguísimas. Se conocían desde hacía mucho. El entonces capitán Cantillo era el director de la Escuela de Cadetes cuando Fernández hizo allí sus estudios.

—Caramba, Fernández, cuánto tiempo sin verte...

—Porque no quería. Bien sabía usted donde yo estaba —respondió Fernández y sin darle tiempo a más, añadió:

—Vístase, General, que está preso.

Huelga general

Los militantes del Movimiento 26 de Julio, que hasta horas antes ocultaron su filiación celosamente, salían ya a la calle con sus brazaletes y sus armas; repicaron las campanas en las iglesias, y ventanas y balcones exhibieron la bandera cubana y la enseña rojinegra del 26. En una hilera interminable desfilaban ante las cámaras de la televisión madres que clamaban por sus hijos desaparecidos, muchachas que portaban retratos de sus hermanos adolescentes asesinados, hombres destruidos por la tortura y el encierro que referían una historia espeluznante y acusaban públicamente a sus verdugos.

Desde Palma Soriano, el Comandante en Jefe Fidel Castro, a través de las ondas de Radio Rebelde, expresó su determinación de no aceptar el alto el fuego decretado en Columbia, negó reconocimiento a la junta cívico-militar —tampoco reconocería al coronel Barquín— y llamaba al pueblo a la huelga general revolucionaria. Horas después, ya en Santiago de Cuba, decía a los miles de santiagueros congregados frente al palacio municipal: «Si hay golpe militar de espaldas al pueblo, nuestra Revolución seguirá adelante. Esta vez no se frustrará la Revolución. Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad a su término».

Las columnas de Camilo y Che entraron en La Habana. La huelga revolucionaria fue una realidad y frustró el intento de los militares de controlar el poder. El 8 de enero la capital tributaba a Fidel un recibimiento apoteósico.

La noche vieja de 1958, a las 12, muchos cubanos tiraron a la calle el tradicional cubo de agua para que el año que se iba arrastrase consigo lo malo... El año se había llevado al dictador Fulgencio Batista y, junto con él y su camarilla, a todo un régimen social. Por primera vez en la historia la frase «Año nuevo, vida nueva» era real para los cubanos.

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