Callejero

Una sonada reyerta ocurrió una tarde de 1895 en la bodega propiedad de Blanco y Alonso, sita en la calle Lamparilla esquina a Bernaza. Una batalla en la que el cubano Lico Lores se batió a botellazos con dos tenientes del Ejército español y el dependiente del establecimiento, enamorados los cuatro de una muchacha de la vecindad que presenciaba la pelea desde el balcón de su casa.

Al finalizar la trifulca, Lores, convencido independentista, encontró refugio en la casa del catalán Tomás Juliá, un integrista rabioso, y dos días después se fue a la manigua. La muchacha en cuestión se casó más tarde con uno de aquellos tenientes ascendido ya a capitán y que con los años llegó al generalato. El humilde dependiente se suicidó. No pudo soportar ver a la mujer amada en brazos de otro.

Prado y Trocadero

Dos residencias fastuosas se alzan en Prado esquina a Trocadero, sobre la acera de la izquierda, según se avanza desde Neptuno hacia el mar.

La primera, que todavía a comienzos del siglo XX se consideraba la más lujosa de La Habana, fue construida por una dama francesa de apellido Scull y adquirida, luego de haberla vivido ella con su familia, por Felipe Romero, Conde de Casa Romero, casado con la mayor de las hijas del Conde de Fernandina, de quien se dice que es la habanera más bella de todas las épocas.

Cruzando Trocadero aparece la casa que fuera del mayor general José Miguel Gómez. Antes, en ese mismo sitio, se alzó la casa de Marta Abreu, que el caudillo liberal demolió para construir la suya.

Las dos casas contiguas a esa fueron también propiedad de Marta; no así, como se insiste en afirmar, la de Prado y Refugio, sobre la misma acera. Esta otra gran mansión la edificó Frank Steinhart, un norteamericano que arribó a Cuba como sargento y que con el tiempo llegó a ser cónsul general de su país en la Isla y un acaudalado hombre de negocios, dueño de la empresa de los tranvías.

A fines del siglo XIX hubo en ese espacio una vivienda que se singularizaba de manera notable del resto de los edificios de la barriada. Era una casa cuyo piso estaba unos dos metros más bajo que el nivel del Paseo del Prado, por lo que desde la calle se veían, sobresaliendo de la edificación, los árboles frutales y de sombra que la familia que la habitaba tenía en su patio.

Esa casa se demolió y allí a su gusto construyó Steinhart la suya. Años después del triunfo de la Revolución todavía la vivía su hija. Quedó sola con un cocinero chino. No se hablaban, ni siquiera se veían. Ella, inválida, ocupaba el piso superior y no podía bajar. Él, también inválido, quedó limitado a la planta baja y no podía subir. Los que los visitaron entonces recuerdan el ambiente surrealista de la casa, donde parecía que el tiempo se había detenido, y a la hija de Steinhart, muy pálida, en su cama antigua, en una habitación cerrada, donde cortinas de terciopelo impedían el paso de la luz.

Arcos de Triunfo

Si oye hablar de arcos de triunfo en La Habana, dé la afirmación por cierta. Los hubo desde la Colonia hasta 1952, cuando, en ocasión del cincuentenario de la instauración de la República, se erigió uno en el Paseo del Prado, entre el Parque Central y el hotel Telégrafo.

Ese es el último del que se tiene testimonio gráfico. Del otro lado del Parque Central, en la pequeña plazoleta situada entre la Manzana de Gómez y la que ocupó después el Centro Asturiano (actual Museo Nacional), hubo otro en 1909, dedicado a José Miguel Gómez, que accedía a la presidencia del país, con lo que se recuperaba la soberanía de la nación.

Para saludar la llegada al poder de Estrada Palma, nuestro primer presidente, hubo sendos arcos de triunfo en el Barrio Chino y en la calle O’Reilly, frente a la estación de trenes de Villanueva y en otros lugares de la ciudad que ya no son posibles de identificar en las fotos. Con uno de estos se rindió homenaje al dictador Gerardo Machado en Cienfuegos, cuando acudió a esa ciudad, y se le execró con otro tras su caída. Otros se le dedicaron en Santa Clara, su ciudad natal. Entre los que se recuerdan, resultan muy curiosos los que se emplazaron en la Carretera Central. Entre esos uno, en el límite entre La Habana y Matanzas, para desear buen viaje a los que transitaban la vía. Hubo también otro consagrado al sanguinario Valeriano Weyler, en Monte y Águila…

Los arcos de triunfo son un invento griego que los romanos expandieron por el mundo. Cayeron en desuso en la Edad Media y Napoleón los retomó bajo su reinado. Se erigían para saludar a una persona o celebrar determinados acontecimientos y tenían un carácter efímero. La primera constancia gráfica que se tiene de uno de estos en la Isla data de 1878, en Santiago de Cuba. Se dedicó al capitán general Arsenio Martínez Campos, que había conseguido la paz del Zanjón.

Calzada Y D

Se le llama comúnmente el parque Villalón, y se le ha denominado asimismo parque de Neptuno y de La Fuente, pero el espacio enmarcado entre las calles C y D, Quinta y Calzada, en el Vedado, se llama en verdad parque Gonzalo de Quesada.

A comienzos de siglo se pensó construir allí un mercado de productos agropecuarios. A esa iniciativa se opuso el ingeniero José Ramón Villalón Sánchez, teniente coronel del Ejército Libertador, que tenía una casa de veraneo en la calle Quinta, frente a lo que debía ser el mercado. Sería él quien lanzaría la idea de construir el parque. Siendo secretario (ministro) de Obras Pública del presidente Mario García Menocal solicitó que le elaboraran un diseño para acometerlo, consiguió el presupuesto necesario y pidió que cada uno de los vecinos donara un árbol para resembrarlo en el lugar.

La solicitud fue bien acogida en la comunidad y cuando la obra estuvo terminada, Villalón hizo traer la estatua de Neptuno que Tacón había donado a La Habana muchísimos años atrás y que dormía el sueño del olvido en los sótanos de un antiguo convento. Colocaron la estatua en una fuente. Gonzalo de Quesada murió en 1915. Fue entonces que de manera oficial se dio al parque el nombre del cercano colaborador de José Martí. Tres años más tarde, el mismo Villalón asumía la construcción del monumento que allí se erigió al patriota.

Emblemáticos

El edificio Radio Centro, actual ICRT, en M y 21, en el Vedado, fue en 1947, cuando quedó concluido, motivo de admiración para los habaneros, que pudieron apreciar en esa obra de los arquitectos Junco, Gastón y Domínguez, el primer conjunto (cine, comercios, oficinas, restaurantes, estudios de radio… todo en un solo inmueble) realizado en la ciudad con el vocabulario de la arquitectura moderna, notable no solo por su escala, sino al vínculo que logró establecer con el sistema vial existente.

Otro edificio emblemático de la zona es el Focsa. Con sus 39 niveles desde el cimiento a la torre y 10 000 metros cuadrados de superficie. Su construcción comenzó en febrero de 1954 y se concluyó en junio de 1956. Lo que equivale a decir que entre la colocación de la primera piedra del edificio y el último brochazo que se dio a sus paredes transcurrieron 28 meses. Mide 121 metros sobre el nivel de la calle y tiene forma de Y. En el momento de su inauguración fue el inmueble de hormigón más alto del mundo, superado solo por el edificio Marinelli, de Sao Paulo, en Brasil, con sus 144 metros de altura.

No le faltaron detractores. Se dijo, cuando aún no se había construido, que sus vibraciones y oscilaciones podrían ser dañinas para la salud humana, y que su estructura de hormigón lo haría antieconómico a partir del piso 18. Ni lo uno ni lo otro. Las investigaciones demostraron que en caso de que lo azotaran vientos de 240 kilómetros por hora, el movimiento de su parte superior no resultaría significativo para la salud ni para el inmueble mismo. Y en cuanto a los costos, el ahorro fue del cinco por ciento en los pisos bajos y del 18 por ciento en los altos. Hoy se le sigue criticando. Opinan algunos que rompe con el contexto urbano del Vedado e induce a caprichosas turbulencias.

Se construyó en los terrenos que ocupaba el club Cubanaleco, de los empleados de la Compañía Cubana de Electricidad, por los que, en 1952, se pagaron 700 000 pesos. La cisterna del edificio es la antigua alberca de ese centro recreativo. Fue concebido para que vivieran y laboraran en sus áreas unas 5 000 personas. En su concepción se superó el concepto aislacionista de las grandes mansiones de los años 20, que eludía la trama urbana como ámbito de vida. Se trata de una unidad vecinal que pasó a ser el primer exponente habanero de una ciudad dentro de la ciudad, de una isla habitada y autosuficiente, equipada con todos los servicios sociales. Se calcula que su inversión total fue de diez millones de pesos.

Hay, dicen los especialistas, siete maravillas en la ingeniería civil cubana: el Acueducto de Albear; el Túnel de la Bahía, y el Sifón del alcantarillado bajo la propia ensenada capitalina. Conforman también ese grupo maravilloso el Puente de Bacunayagua, entre las provincias de La Habana y Matanzas, la Carretera Central y el Viaducto de La Farola, que cortó en dos el intrincado macizo montañoso de Sagua-Baracoa. La séptima maravilla es el edificio Focsa.

Terminal de helicópteros

A mediados de los años 50, en una burda maniobra especulativa, se demolió el viejo convento de Santo Domingo, de enorme valor histórico, para construir un edificio de oficinas donde también funcionaría la terminal de helicópteros de La Habana. Las protestas de Emilio Roig, entonces historiador de la ciudad, y de otros intelectuales e instituciones de la época, no lograron impedir aquella arbitrariedad. En ese sitio, toda la manzana que enmarcan las calles de Obispo y O’Reilly, San Ignacio y Mercaderes, mantuvo abiertas sus puertas la Universidad de La Habana desde su fundación, en 1728, hasta su traslado a la loma de Aróstegui, su emplazamiento actual, a comienzos del siglo XX.

Otras entidades ya le habían echado el ojo a aquella manzana. El Banco Nacional de Cuba quiso edificar su sede en ese terreno y con ese fin lo adquirió en 1951 por 323 956 pesos. Lo traspasó a Terminal de Helicópteros S.A., que acometería un edificio con todas las de la ley, con una inversión de más de dos millones de pesos, pero que desentonaba en su contexto.

La terminal, hasta donde sé, no funcionó. El edificio mismo estaba inconcluso al triunfar la Revolución y el presidente de la sociedad, Vladimir M. Kresin, murió el 18 de enero del mismo año de 1959. El Gobierno Revolucionario destinó el inmueble a Ministerio de Hacienda y luego se instaló allí el Ministerio de Educación hasta que la Oficina del Historiador de la Ciudad logró recuperarlo.

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