Bola: cien años

Hoy se cumplen cien años justos del nacimiento de Bola de Nieve. Hace poco —25 de abril— asimismo se cumplió el centenario del natalicio del caricaturista Juan David. Por esas cosas de la vida, o de la muerte, tienen lugar también en este año aniversarios cerrados de sus decesos. David murió en La Habana el 8 de agosto de 1981, hace 30 años, y Bola, en México, el 2 de octubre de 1971, hace ahora cuatro décadas. A los dos los conocí y traté —más al caricaturista que al intérprete y compositor—. Y a los dos los entrevisté. Tengo el triste privilegio de que David me concediera su última entrevista. Tan postrera que el artista no llegó a verla publicada. Un sábado de mañana revisaba yo en la redacción de la revista Unión, que la publicaría, las pruebas de la entrevista en cuestión, cuando el poeta Nicolás Guillén anunció la triste nueva del fallecimiento del artista. A Bola lo entrevisté meses antes de su fallecimiento; no creo que fuera la última entrevista que concedió.

Aunque uno siempre se rebela o se niega a aceptar la posibilidad de la muerte de los que quiere, el deceso de Juan David era ya para entonces más o menos esperado. Tuvo la alegría de participar en el homenaje nacional que se le tributó por sus 70 años y viajó después a Bulgaria. Regresó herido de muerte. La falta de aire se le hacía angustiosa y mientras los médicos lo achacaban a un recrudecimiento de su dolencia cardiaca, se descubrió el mal inevitable: un cáncer de pulmón que lo mató en pocas semanas. Había fumado como un loco y el cigarrillo terminó pasándole la cuenta.

La muerte de Bola de Nieve resultó, en cambio, sorpresiva. Que se supiera, al menos, no estaba enfermo. Eran los tiempos en los que, a causa del aislamiento político que padecía Cuba, para viajar desde La Habana a cualquier país latinoamericano, había que volar primero a México. Bola recibiría un homenaje en Perú y debía abordar en la capital azteca el avión hacia Lima. Visitar a México lo entusiasmaba siempre; era el escenario de sus primeros éxitos y allí, como usualmente lo hacía, se alojó en la casa de su amigo, el ingeniero Luis Medina. Se había retirado ya a la habitación que en aquella casa se le destinaba cuando la muerte le pidió una cita irrecusable. Finalizaba la «alegría terrestre» de Bola de Nieve; se silenciaba su «corazón sonoro». Dormía y se quedó dormido para siempre.

«Yo quiero que me entierren en Guanabacoa», dijo en cierta ocasión a la prensa. Sus restos se trajeron a Cuba y el pueblo los acompañó hasta el pequeño cementerio de su villa natal. «Con la melodía de su más popular canción de cuna —escribió Miguel Barnet—, el féretro descendió a la tierra cubana, pero quedó en el aire aquel timbre seco, aquella ronquera ancestral, aquel canto antiguo». Porque Bola de Nieve, lo dijo él mismo muchas veces, tenía voz de persona.

Con relación a esto, me dijo en la entrevista aludida: «Escojo por placer las canciones que interpreto. Cuando me gusta una canción la estudio hasta averiguar todos sus rincones que pueda tener en su letra y en su música. Muy de tarde en tarde lanzo una canción, y cuando lo hago ya es mía para siempre.

«Cuando la canción que yo canto me gusta más en otra voz, la saco de mi repertorio, que no es tan amplio. Tengo esa pretensión, un poquito petulante.

«Siempre he dicho que yo no canto, sino que expreso lo que las canciones, pregones o poemas musicalizados tienen dentro. Cultivo la expresión más que la impresión. No me interesa impresionar. Lo que me interesa es tocar la sensibilidad del que escucha».

Diría Nicolás Guillén al despedirlo junto a la tumba recién cerrada:

«Bola quedará en la historia y en lo más poético, en la leyenda, allí donde la historia sea impotente para explicárnoslo».

No busca, encuentra

Fue Inés, la madre de un niño gordo llamado Ignacio Jacinto Villa Fernández y al que todo el mundo conocería con el sobrenombre de Bola de Nieve, la que lo embulló para que matriculara teoría y solfeo con el maestro Gerardo Guanche y piano en el conservatorio Matéu, de Guanabacoa. Con Mamaquica, la abuela, y Domingo, el padre, la casa de Bola era, escribe Barnet, un modelo de cubanía; una casa aureolada por la figura ya legendaria de Inés Fernández, la alegre bailadora de rumba, cuentera maravillosa, amiga de músicos, escritores y pintores, anfitriona ejemplar de fiestas que terminaban siempre en una rumba de cajón, que empezaba en la cocina y se deslizaba por el patio atravesando las 11 habitaciones del inmueble. Es la madre la que inculca a Ignacio Jacinto la pasión por la música, mientras que de su padre, cocinero, hereda el gusto por la cocina cubana.

Pero aquel niño debe ayudar al sostenimiento de la casa. Para hacerlo reparte cantinas de comida a domicilio y es ahí cuando los muchachos del barrio empiezan a apodarle Bola de Nieve, lo que enfurece a Ignacio Jacinto. El mismo nombrete con el que, no sin maldad, la cantante Rita Montaner, también guanabacoense, lo lanzará al mundo desde un escenario mexicano, en 1933.

Ya para entonces Bola ha recorrido la áspera escuela de la vida. Lo que se dice estudiar, estudió poco piano. No estudiaba, aprendía; no buscaba, encontraba. El trabajo lo ayudó a llenar los vacíos de su formación. Supo hacerse de un repertorio adecuado al timbre áspero de su voz, y de María Cervantes, su mayor y verdadera influencia, dicen especialistas, tomó elementos rítmicos y la forma de acompañarse al piano. Animó películas silentes en el cine Carral, de Guanabacoa, y no demoró en ser contratado como pianista de la orquesta de Gilberto Valdés, que se presentaba en el cabaret La Verbena. Trabajó con la soprano Zoila Gálvez y respaldó a Rita por primera vez en el Roof Garden del Hotel Sevilla. Ella interpretaría allí El manisero, de Moisés Simons, y Siboney, de Ernesto Lecuona.

«La ayuda que le brindó Ernesto Lecuona fue decisiva en la carrera de Bola —afirma Miguel Barnet—. Fue el autor de Siboney quien lo trajo de México y lo impulsó para que actuara para el gran público en Cuba. Bola… se encontraba dudoso de enfrentarse al público de su país. Lecuona lo convenció, seguro como estaba de que Bola era posesión y dominio de su arte».

Monseñor

Elogios recogió muchos a lo largo de su vida artística. El chileno Pablo Neruda dijo que el cubano se había casado con la música y vivía con ella en una intimidad llena de pianos y cascabeles. El poeta mexicano Efraín Huerta, luego de llamarlo el artista más gracioso y generoso del mundo, decía que el piano, para Bola, era otro yo, una especie de prolongación, y el español Andrés Segovia expresó que escucharlo era asistir al nacimiento conjunto de la palabra y la música. Los aplausos y enaltecimientos se repiten y multiplican desde Jacinto Benavente hasta Carlos Varela, que escribe en una de sus melodías: «Y cuando cierran el Monseñor / dicen que pasa algo raro / por las paredes se oye una voz / y tocan solas las teclas del piano».

Carpentier afirmaba: «Bola de Nieve nos pone a todos de acuerdo, evidentemente». Palabras ciertas, pero exageraba, se le iba la mano cuando añadía que tenía, por encima de eso, «el talento necesario para ponerse de acuerdo con todos los públicos del mundo…». Porque razón tenía Esther Borja al afirmar que «con Bola de Nieve el público se comportaba en los extremos opuestos: o lo amaba entrañablemente o no lo soportaba».

No de otra forma se explica el anuncio que se dio a conocer en la prensa habanera de 1935 y en el que se echaba a volar la falsa noticia de que Bola no demoraría en aparecer en el escenario pornográfico del teatro Shanghai. Decía: «El empresario del Shanghai se ha interesado vivamente por el “solicitado” actor, cantante, imitador y disseur esperando verlo actuar dentro de breves días en el elegante teatro de la calle Zanja. ¡Felicidades, Bola!».

Esos extremos opuestos de admiración y rechazo trajeron lamentables consecuencias en su quehacer discográfico. Solo grabó 93 piezas en casi 40 años de trabajo, afirma el musicógrafo Gaspar Marrero.

Viajó intensamente a partir de 1933. Actuó en EE.UU. con Pedro Vargas y Rita Montaner y, ya en La Habana, tocó con Lecuona a dos pianos en los teatros Campoamor y Principal de la Comedia. En 1936 está en Argentina con Esther Borja y Ernestina Lecuona y participa en el filme Adiós, Buenos Aires. Hace giras por Chile y Perú y vuelve a arrasar en la capital argentina. Con Conchita Piquer, en España, en 1947. Viaja nuevamente a EE.UU. y canta junto a Paul Robeson y Lena Horne y también junto a Libertad Lamarque. Se presenta en un concierto de música cubana que se ofrece en el Carnegie Hall de Nueva York y la crítica lo compara con Chevalier y Nat King Cole. Ese día, 21 de noviembre de 1948, recibe la emoción más grande de su vida cuando el público que colmó el Carnegie Hall para verlo le tributó una ovación cerrada sin haber cantado y lo hizo salir nueve veces a escena luego de haberlo hecho.

Mantiene el Gran show de Bola de Nieve en CMQ Radio y hace TV. Está en el cabaret Montmartre junto a Rita Montaner y Sonia Calero. Viaja intensamente por Francia, Dinamarca e Italia. En 1956, luego de actuar en el Salón de las Américas de la Unión Panamericana de Washington, la prensa norteamericana lo califica como un maestro de la canción cubana. Triunfa la Revolución y se presenta en escenarios de Checoslovaquia, Unión Soviética y China y forma parte de la delegación cubana a la expo internacional de Montreal, Canadá, en 1967.

Aquí en La Habana, su espacio preferido es el restaurante Monseñor, de 21 y O, en el Vedado. Pero hace recitales frecuentes en el Museo Napoleónico y, siempre a las 12 de la noche, se presenta en conciertos en el Auditórium Amadeo Roldán, donde, creo recordar, dirige una vez una Orquesta Sinfónica del Chachachá, creada para la ocasión, o se hace acompañar por esta.

Escribió piezas como Arroyito de mi casa, ¡Ay, amor!, Mamá Perfecta, No dejes que te olvide… Nunca, sin embargo, se consideró un compositor. El misterio de su arte, dice Barnet, reside en que cada canción que él escogía estaba relacionada con un capítulo de su vida. Nadie como él para expresar el sentimiento amoroso en la canción. Nadie como él para recrear hasta lo más simple y vulgar. Arroyito de mi casa fue escrito al murmullo de un arroyo pestilente que pasaba por el fondo de su vivienda, en la calle División, y que para él tenía evocaciones poéticas.

A un periodista, que le pidió que se definiera, le dijo que era «un negro en flor». Y a otro se le presentó «como un hombre triste que siempre está alegre». A mí, cuando lo entrevisté en 1970, me dijo que le había dado por creerse un neoclásico de la canción popular. De cualquier forma, un personaje singular, universal dentro de su genuina cubanía, cubano dentro de su universalidad.

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