Morcillas

Cuenta Orlando Quiroga en Nada es imposible, su libro de memorias publicado en 1996, que en cierta ocasión debió escribir un sketch para un programa que dirigía Joaquín M. Condall. Lo interpretarían Armando Bianchi y Rosa Fornés en los papeles de Adán y Eva. En determinado momento de la trama, ella le pide a Adán que le alcance la manzana del pecado que colgaba del árbol, y Armando, que fue uno de los tipos más ocurrentes de la farándula cubana, saliéndose totalmente del guión, le dijo:

—No puedo alcanzártela. Esa manzana pertenece a Acopio.

Eso es lo que en teatro —y también en radio y televisión— se llama una morcilla. Por lo que con esa palabra se alude no solo a la tripa de cerdo rellena de sangre cocida con varios ingredientes ni a esa situación molesta y engorrosa que nos cae encima, sino a los añadidos que, ya en escena, un actor —y a veces hasta el mismo público— hace a lo que escribió otro. Pensé que se trataba de un cubanismo, pero no lo es.

«Meter morcillas se llama en el argot teatral, a intercalar palabras o frases que el autor de la obra no incluyó en el libreto, pero que al actor le pareció oportuno decir durante la representación», expresaba Eduardo Robreño en su libro Y escrito en este papel… (1989). «Morcillar» es una costumbre que se extendió mucho tanto en España como en Cuba y se usa con frecuencia. Es una práctica polémica, con detractores y defensores. Los autores, por lo general, no la toleran. Ese era el caso, digamos, de Serafín Álvarez Quintero, el comediógrafo sevillano que, con su hermano Joaquín, llenó toda una época en el teatro costumbrista español contemporáneo. Son los autores de Amores y amoríos, Las de Caín, Febrerillo el loco y Puebla de las mujeres, entre otras, escritas todas a cuatro manos.

Refiere Robreño que en una ocasión en que subía a las tablas una obra de los Quintero, representada por uno de los mejores conjuntos teatrales de Madrid, un ya famoso galán que formaba parte del grupo solicitó de Serafín la autorización para añadir algo que estimaba adecuado en uno de los parlamentos de la obra que se llevaría a escena.

—Joven, eso que usted pretende no tiene pizca de gracia ni es oportuno ponerlo ahí —respondió el autor de La reja.

—¿Lo cree así? —inquirió, un tanto amoscado, el actor.

—Claro que lo creo así. Tenga en cuenta que si hubiera valido la pena decirlo, mi hermano y yo lo hubiésemos escrito.

Una cosa piensan los autores y otras los actores. Para Candita Quintana, una de las grandes del teatro cubano, sin la morcilla, el vernáculo no hubiera existido. Añadía: «A veces teníamos una obra tan, pero tan mala, que la sacábamos a flote a base de morcilleo».

No pocos autores, sin embargo, contribuyeron a que ya, durante la puesta, se adicionaran a su obra parlamentos y hasta escenas que no figuraban en el original.

El español José Zorrilla se lleva la palma en esto. Sumido en una indigencia eterna, el autor de Don Juan Tenorio vendió dicha obra a un editor por una suma irrisoria. Como cada 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, se representaba la pieza, Zorrilla, que era pobre, pero no bobo, al aproximarse la fecha, corría a ver al editor y le proponía añadirle unas escenas con vistas a la próxima puesta, con lo que se embolsaba algún dinerito.

Zorrilla murió a los 76 años de edad. Algunos especialistas opinan que, de haber vivido más tiempo, con tanto añadidos, se hubieran necesitado dos o tres días para la puesta completa del Don Juan, que en vida de su autor llegó a tener siete actos. Obra, expresa Eduardo Robreño, de «un bohemio sempiterno, que malgastó fama y fortuna, y llegó, en momento de terrible estrechez monetaria, a empeñar la corona de laurel de oro macizo con que el pueblo de Madrid le había obsequiado, y que fue preciso desempeñarla a la hora de su muerte para que le hiciese compañía en el viaje final».

Uno de los grandes morcilleros cubanos fue Sergio Acebal, estrella del teatro Alhambra y, con el tiempo, también de la radio y la televisión. Sus ocurrencias, al igual que las de Leopoldo Fernández —Tres Patines—, otro actor insuperable, son recordadas todavía por la familia teatral cubana.

Aplausos sin aparecer en escena

Fueron varios los actores que se destacaron en su interpretación del negrito en el vernáculo cubano. Son recordadas las interpretaciones de los Pous —tío y sobrino—. También las de los Espígul —padre e hijo—, que inauguraron el estilo del sketch chiflado, algunos de los cuales, como El espiritista, en que el negrito habla chiflando todo el tiempo, quedaron grabados para la historia. El ya aludido Sergio Acebal tiene fama de ser uno de los mejores negritos de todos los tiempos. Enrique Arredondo fue el último negrito.

Alberto Garrido es el gran negrito de la escena cubana, título que solo Acebal le discute. Fruto legítimo del teatro, era hijo de otro negrito al que superó ampliamente. Bailaba con una gracia insuperable. Y no solo rumba.

En el Teatro Martí, los empresarios exigían a los escritores que en sus obras demorasen la salida de Garrido a escena, porque una vez que aparecía se robaba el espectáculo. En una obra que Enrique Núñez Rodríguez escribió para que Garrido la interpretara en el Martí, demoró, como estaba previsto, la salida del actor. No aparecía hasta el tercer cuadro. La obra avanzaba sin él y los espectadores se impacientaban. De pronto, entre cajas, se escuchó la voz de Garrido. Cantaba «Se acabaron los guapos en Yateras». Aquello fue el acabose. Los actores que estaban en escena en ese momento hicieron mutis y aunque no resultaba visible, el público aplaudió a Alberto Garrido durante 15 minutos. Para que la obra pudiera proseguir, el jefe de escena le ordenó que saliera a saludar. Lo aplaudieron entonces durante 18 minutos más.

Durante las décadas iniciales del siglo XX, el negro, el gallego y la mulata fueron, como personajes, punto fijo en el teatro vernáculo. Su larga permanencia en la escena demuestra la franca y cordial acogida que les dispensó el público. Esos tres tipos encontraron brillantes actores y actrices que los interpretaran y que llegaron a ser verdaderos ídolos del público capitalino y del resto del país.

Pese a la acogida que tuvieron, su presencia continuada mereció la reprobación de autores sin público y críticos sofisticados, afirman especialistas. De los tres fue el negro el más atacado y se lanzaron campañas publicitarias para su total exclusión del vernáculo. Decían sus detractores que el negro era discriminado en la escena.

A juicio de muchos, nunca fue así. Por el contrario. El negrito, un actor blanco con la cara tiznada, era un personaje bueno y simpático, «vivo», que no tardaba en descubrir las interioridades de un suceso y poner en claro la verdad. En ocasiones era desenfadado y refistolero. O filosofón y catedrático. O ingenuo y bobalicón. Pero nunca apareció como el malo de la obra y mucho menos como un tipo deleznable.

El gallego era por lo general víctima de las trastadas del negrito y no faltaban obras en las que este le birlara a la mulata con la que el gallego noviaba. Todo eso con la complacencia del público español que asistía al teatro, el cual reía los sucedidos de la escena pensando tal vez para sus adentros que en más de una ocasión esas mismas cosas le habían ocurrido. Los diálogos del tío y el sobrino, graciosos y ocurrentes, eran fiel reflejo de las cosas que a diario sucedían en las trastiendas de las bodegas.

Al igual que el negrito, el gallego tuvo intérpretes sobresalientes. Mencionemos a Regino López y su hermano Pirolo, Federico Piñero, Adolfo Otero, Américo Castellanos, Idalberto Delgado, Juan Carlos Romero. Entre los sobrinos, Andrés Rubio y Manolín Álvarez.

La mulata de rompe y rasga completa la trilogía de los personajes preferidos del vernáculo. Eran, por lo general, mujeres de cuna humilde. Desamparadas en su infancia y adolescencia y que ya en su juventud se convertían en verdaderas fieras con tal de defender su honra. Les sobraban los admiradores, entre ellos los de la clase pudiente, y entre bromas y chanzas se hacían respetar. Como decía Luz Gil, «Me respetan porque tengo la saya bien amarrada». Debía ser muy completa la actriz que interpretase a la mulata, pues debía cantar y bailar muy bien.

A Luz Gil, pese a su origen mexicano, algunos autores la conceptúan como la mulata más completa en el género. Otras fueron Blanca Vázquez, Conchita Llauradó, Mimí Cal y la excepcional Candita Quintana, primerísima figura del vernáculo por más de 40 años. Todas ellas sin olvidarnos de Aurora Basnuevo, la incomparable «mulatísima».

Cómicos de la legua

La anécdota, contada por Robreño, no tiene desperdicio.

El actor Roberto Gutiérrez, más conocido por «Bolito» interpretaba lo mismo al negrito que al gallego. No tenía teatro fijo ni pertenecía a un grupo en específico. Era lo que se llama un cómico de la legua. Todos los años, al aproximarse el inicio de la zafra azucarera, formaba, con otros actores, un «bululú» y salía de gira por la Isla hasta donde pudiera. No se quedaba solo en las capitales de provincia y ciudades más importantes, sino que, mientras duraba la molienda, trataba de llegar al último rincón del país. Por lo general, el éxito le sonreía, tanto en lo económico como en lo artístico. Representaba obras sin grandes complicaciones, llenas de situaciones y chistes un tanto manidos, pero dichos con gracia. Una rumbita, encabezada por el mismo «Bolito», ponía fin al espectáculo.

En una de esas giras, la Semana Santa sorprendió al elenco en una localidad camagüeyana de sobra conocida por su recogimiento en esa fecha. ¿Qué hacer? Imposible resultaba presentar entonces al negrito con sus desplantes y ocurrencias, ni a la mulata con su vocabulario y movimientos nada santos. Tampoco «Bolito» podía permanecer cruzado de brazos durante esos días ni proponerse una posterior función de beneficio, colocando las entradas entre el comercio de la localidad. Era un pueblo pequeño, con un solo comercio y esa única tienda mixta no le compraría todos los boletos.

Ni tardo ni perezoso, «Bolito» resolvió la cuestión. Nada de una obra cubana ligera, sino un dramón de fines del siglo XIX, Los siete dolores. Poco se prestaba aquel grupo para escenificar la pasión y la muerte de Jesús, y mucho menos «Bolito», rechoncho y de corta estatura, para encarnar al Redentor. Pero eso fue lo menos significativo. Lo grave resultó que el actor, ya en la cruz, dichas las célebres siete palabras y con la cabeza inclinada sobre el hombro derecho, recordó que no había anunciado las funciones próximas y, sin pensarlo dos veces, dijo con voz vibrante:

—No olviden que mañana hay matiné a las cuatro y función de despedida por la noche.

El público, que era escaso, tomó el anuncio como una irreverencia, y, a buen arreglo, salió «Bolito» de aquel poblado sin función de despedida porque, decía después aquel cómico de la legua:

—Si me quedo, me crucifican de verdad.

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