Mi amigo Juan

Fue la nuestra una amistad extraña. Conversamos durante horas por teléfono e intercambiamos cientos de correos, pero nunca llegamos a conocernos personalmente pese a lo fácil que hubiese resultado hacerlo. No pocas veces programé una visita a su casa, en la entrada de Miramar, y por lo menos una vez él se mostró dispuesto a venir a la mía, en la entrada de Arroyo Naranjo. Ninguno de esos intentos se materializó y ya no será posible porque don Juan de las Cuevas Toraya murió a fines de la semana pasada.

Llama la atención que la prensa no se hiciera eco del suceso. Porque Juan de las Cuevas fue y seguirá siendo uno de los imprescindibles. Lo corrobora su monumental 500 años de construcciones en Cuba, un libro de casi 600 páginas en gran formato. Como si no bastara, ahí están otros títulos suyos como Cien años del cemento en Cuba y los más recientes Las siete maravillas de la ingeniería civil cubana y Cuba: la memoria en imágenes, que fue el último que llegó a publicar. Una obra que, en conjunto, satisface la necesidad de información de ingenieros, arquitectos y constructores y llena la curiosidad del lector común; libros que amplían el conocimiento de nuestra historia y serán punto de referencia para todos los que se propongan seguir esas investigaciones. Una obra rigurosa y amena a la vez, porque su autor fue asimismo maestro en el arte de la comunicación.

Nuestra relación creció en torno al trabajo. Lo procuré, por primera vez, hace ya no pocos años, en busca de una precisión sobre la barriada del Vedado y me dijo cosas que desde entonces repetí muchas veces, como aquello de que la avenida 23 se llamó en sus comienzos (1862) Paseo de Medina, por el contratista que suministraba la piedra para las construcciones del Gobierno español y que es el responsable de los huecos que todavía se aprecian en la calle F entre 19 y 21 y en 21 esquina a G; un sujeto que vivía frente a lo que sería el cine Riviera, por lo que dio nombre a la calle. Me contó además que la loma de Aróstegui cerraba la calle G, la llamada Avenida de los Presidentes, a la altura del Castillo del Príncipe, y que fue Carlos Miguel de Céspedes, el ministro de Obras Públicas del dictador Gerardo Machado, quien seccionó esa elevación para posibilitar el paso de vehículos y peatones. Como un tema lo llevaba a otro, Juan añadió en aquella oportunidad que al final de G, más o menos donde, con el tiempo, quedaría emplazado el monumento al mayor general Calixto García, pensaba Carlos Miguel erigir un monumento a Machado. Quiso la suerte que no lo acometiera.

De las Cuevas era un conversador infatigable y ameno, presto siempre a colaborar con quien le solicitara alguna información. A veces la solicitaba. En el último correo electrónico suyo que recibí me pedía que colaborara con una estudiante universitaria que llevaba a cabo una investigación sobre el Bosque de La Habana.

A veces, justo es decirlo, no nos poníamos de acuerdo, como cuando discutimos sobre esa zona del antiguo municipio de Marianao que se conoce como La Verbena. Para él, dio nombre al lugar el quiosco situado en 41 y la calle Ramón Mendoza, por su nombre antiguo, y que se demolió en 1955. Para mí, por una sala de fiestas donde, antes de 1910, acudía a bailar el célebre Alberto Yarini.

Ya no se sabe bien qué fue La Verbena, si un salón de baile, un cabaret, una sala de cine, un bar, una cafetería… Tampoco importa demasiado precisarlo a estas alturas porque ese nombre quedó grabado en la memoria colectiva y sigue siendo punto de referencia en el panorama urbano habanero. Aunque hace mucho que no existe, seguimos oyendo hablar de gente que vive cerca de ese lugar o que cambiará de ómnibus en La Verbena.

Viaje imaginario

¿Ingeniero? ¿Arquitecto? Ni lo uno ni lo otro. Este hombre que nació en 1933 y llegaría a ser Doctor en Ciencias Técnicas, hizo estudios de Economía. Quizá de su abuelo, el destacado arquitecto José Toraya —Lonja del Comercio y edificio del primer Banco Nacional, en Obispo esquina a Cuba, entre otros proyectos— viniera a nuestro amigo el amor por las construcciones. No hay que olvidar, sin embargo, que en Camagüey, en abril de 1959, comenzó a trabajar en el Ministerio de Obras Públicas como jefe del Departamento de Costo y Progreso, y que desde 1960, tanto en Camagüey como en Las Villas, se desempeñó de manera permanente en el giro de los materiales de construcción, en cuyo Ministerio fue director de Operaciones, director Técnico y jefe de Control de Producción, luego de una etapa en la que le tocó desempeñar la dirección de la Empresa Nacional de Mármoles y de la de Asbesto Cemento.

Tantas responsabilidades no mataron en De las Cuevas la pasión del investigador. El funcionario no se perdió entre informes y reuniones, cronogramas y balances. Fue miembro de la Sociedad Cubana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, de la Academia de Ciencias y de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros Civiles. Su paso por el Ministerio de la Construcción, donde se desempeñó como asesor, le permitió salvar el importante archivo iconográfico de ese organismo, que sin su esfuerzo tal vez se hubiera perdido para siempre.

Con esas y otras imágenes que fue acopiando, dio De las Cuevas a conocer su libro Cuba, para guardar la memoria. Un conjunto de 258 fotografías de 139 localidades del país que permitían un viaje imaginario a lo largo de la geografía de Cuba y también de su historia.

Al final del libro, publicado por la Junta de Andalucía y la Oficina del Historiador de La Habana, el autor presentaba, bajo el título de Breve reseña de las ciudades y los pueblos del álbum, un comentario a las imágenes con antecedentes históricos de cada localidad.

«La importancia que concedí a aquel trabajo hizo que duplicara esfuerzos y hurgara en libros, revistas y viejos álbumes, gracias a lo cual pude reunir material para otro paseo virtual, que a muchos les traerá recuerdos, a veces nostalgia, a otros asombro y en ocasiones incredulidad ante la vista de lugares que no imaginábamos así, o de pasajes de una historia conocidos en papeles, pero que nunca se nos muestran tal como fueron y casi nos hacen testigos presenciales de hechos ocurridos hace más de un siglo», dijo Juan de las Cuevas.

El fruto de ese esfuerzo es el ya mencionado libro que se titula Cuba: la memoria en imágenes, conformado por 336 fotografías de 116 poblaciones de cuyo establecimiento y desarrollo incluye el autor aspectos curiosos o poco conocidos como la fundación de Guane, a fines del siglo XVI, mucho antes de que naciera Pinar del Río, y la fundación por aborígenes, y no por españoles, de Jiguaní, hace más de tres siglos.

Hay fotos impactantes en esa memoria, como la del acto oficial del inicio del derribo de las murallas, el 8 de agosto de 1863. La de la plaza de toros, de Carlos III e Infanta (1890). La de los equipos de riego de calles tirados por bueyes (1899). La del necrocomio y la antigua enfermería del presidio, demolidos en 1926 para la construcción de la Avenida de las Misiones. Las de teatros como Alhambra, Campoamor, Fausto, Carral, Olimpic y Payret, tomadas todas entre 1924 y 1928. Y otras que captan momentos memorables del acontecer habanero, como la de la calle Mercaderes vista después del incendio de la ferretería de Isasi, el 17 de mayo de 1890, y la de la llegada a Cuba del célebre aviador norteamericano Charles A. Lindbergh a bordo de su avión Espíritu de San Luis.

Muchísimas fotos de sitios del interior de la Isla se recogen en este volumen de casi 450 páginas. Imposible mencionarlas todas. Pero no quiere el escribidor obviar algunas, como la de las Minas de Matahambre, Pinar del Río, en 1919. La vista aérea, captada en 1955, del Instituto Cívico Militar de Ceiba del Agua, en Artemisa. La del anuncio, en 1929, de los famosos panqués de Jamaica, en la provincia de Mayabeque. La estación de ferrocarriles de Jovellanos, en 1924. El parque y la iglesia de Ranchuelo, en 1928, y la de la Escuela Normal para Maestros Primarios, de Santa Clara, captada en 1923… De mucha cuenta son varias de las fotos que ilustran las construcciones en Santiago de Cuba. No quiere el escribidor dejar de mencionar las del parque Céspedes y el ayuntamiento, con un solo piso en esta imagen de 1901; la del antiguo hotel Venus, y la del hospital militar Príncipe Alfonso que, en días de la primera ocupación, luce en su fachada la bandera norteamericana. Muy bellos son los edificios que daban albergue a la Escuela Modelo, después Escuela Normal, el Club Náutico, el Club de Patines y el teatro Vista Alegre, todos en Santiago.

Documentado inventario

Como escribe la ingeniera María Cleofás Buajasán, directora de Investigación y Desarrollo de la Oficina del Historiador de La Habana, con relación a Cuba: la memoria en imágenes, hay que agradecer a Juan de las Cuevas y a su esposa, la licenciada Florinda Loret de Mola Ramos, que colaboró en la confección del libro, que contemos con este documentado inventario, resultado de casi una década de esmerado trabajo de catalogación, clasificación y digitalización del vasto fondo de negativos de cristal y celuloide que conformaron el archivo del Ministerio de la Construcción de la República —antes, Ministerio de Obras Públicas— y que hoy atesora, en su carácter de bien patrimonial, la Oficina del Historiador con el claro mandato de restaurarlo y conservarlo.

Precisa la ingeniera Buajasán:

«El valor mayor de Cuba: la memoria en imágenes radica en su contribución manifiesta a la preservación de la memoria histórica de nuestro país, y constituye un material de obligada consulta para los estudiosos del patrimonio cultural cubano».

Lo mismo puede decirse acerca de toda la obra del hombre que acaba de morir. Esta página de Lectura contó siempre con su colaboración. A su fineza, a su fervor humanístico, a su señorío, a la sobriedad de su muerte vaya el homenaje de este escribidor que anota el tránsito de Juan de la Cuevas Toraya y lo transmuta en perdurable compañía.

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