El sabio de los caracoles

Un suceso lo retrata de cuerpo entero. De visita en el Museo Británico de Zoología, de Londres, el cubano Carlos de la Torre y Huerta revisa las colecciones con ojos acuciosos e inteligentes, mientras que un empleado del establecimiento lo conduce ante las vitrinas que contienen los ejemplares más curiosos. Todo muy bien hasta que pasan a lo que es la zona más profunda de los conocimientos de don Carlos, la malacología. Como sin vacilar señala los numerosos errores que advierte en la clasificación de algunas de las especies de caracoles en exhibición, el empleado lo deja solo en la sala y con pasos rápidos se dirige al despacho del director de la institución, Edward Smith, a fin de darle cuenta de la osadía del visitante. Smith se dirige entonces a la sala. Quiere conocer al extranjero.

—¿Es usted, por ventura, don Carlos de la Torre, de Cuba? —pregunta Smith.

—Sí, señor. Yo soy Carlos de la Torre. ¿Me conoce usted?

—De referencias, no personalmente. Pero solo al doctor De la Torre reconocemos autoridad y ciencia suficientes para corregir una clasificación en esta especie de caracoles.

Entusiasmado, Smith relacionó al cubano con sus colegas londinenses. De la Torre ofreció ante ellos una infrecuente demostración de clasificación al tacto, con los ojos vendados, de moluscos cubanos.

Quedaron los ingleses de una pieza, y el científico Bendall, asombrado ante la hazaña, rompió la fría contención británica y abrazó y besó en la frente a nuestro compatriota.

Una modestia conmovedora

Recordaban los que lo conocieron que el sabio de los caracoles refería esa anécdota, que confirmaba en circunstancias insólitas su fama y larguísima reputación, con una modestia conmovedora, infantil casi. La coronaba enseguida con una carcajada sorda, que hacía que se movieran suavemente los mechones de su melena blanca y de manera súbita se le llenara de sangre una gran vena de la frente.

Así era Carlos de la Torre. Lo recordaba el poeta Nicolás Guillén en la crónica que dio a conocer con motivo de su deceso:

«Era un hombre de mediana estatura, aunque encorvado por los años. La cabeza poderosa, de frente alta y muy amplia, le derramaba sobre los hombros una melena blanca, flotante, que se movía a impulsos de su charla. Su rostro era en extremo bondadoso, iluminado por una suave luz íntima: la boca, grande e irregular, sonreía comprensivamente, y había en todo él una suerte de gracia pura y de limpieza infantil que seducían de inmediato, como un adolescente que hubiera envejecido por fuera y no por dentro».

Abrumado por la edad y aún postrado en cama por achaques severos, don Carlos conservaba su maravilloso espíritu juvenil y su portentosa lucidez, como si hubiese logrado el secreto de mantener, decía el periodista Enrique de la Osa, el soplo creador de la vida más allá de los límites regulares. Metido en los tules de un mosquitero para evitar los mosquitos que lo torturaban, trabajó hasta el último aliento.

Dijo un día a sus familiares:

—Si no fuera por esto que tengo, les juro que tiraría hasta los cien años. Mi cabeza está organizada de tal modo y se siente tan poderosa que me atrevería a llegar al siglo.

No pudo ser. La enfermedad que lo aquejaba y a la que él, minimizándola y casi con desprecio, llamaba «esto que tengo» le ganó la partida. El temido infarto cardiaco que lo acechaba detuvo su fecunda existencia en la mañana del domingo 19 de febrero de 1950, a tres meses apenas del día en que cumpliría 92 años.

No fueron pocas las instituciones culturales y corporaciones científicas, entre estas la Universidad de La Habana, de la que era Profesor Eméritus, que reclamaron el honor de acoger su cadáver. Cumpliendo el deseo póstumo del sabio maestro, sus deudos se negaron a ello y lo velaron, en ceremonia íntima, en su propia casa.

A lo largo de su vida, Carlos de la Torre y Huerta escribió sobre las polymitas y los manjuaríes y acerca de especies de fósiles cubanos. Legó el resultado de sus investigaciones paleontológicas y de sus excursiones científicas por localidades de la Isla. Ideó un método «fácil» para enseñar a leer y dejó impresas, para los niños cubanos, lecciones de Geografía y Lenguaje.

Su extensa obra comprende pues, trabajos de geología, paleontología, zoología, arqueología e historia, aunque su mayor aporte lo realizó en el conocimiento de la fauna fósil cubana, en especial la malacología, en la que llegó a alcanzar una prodigiosa erudición.

«Águila caudal», le llamó Felipe Poey, su maestro. Su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana fue contestado por el mismo Poey, que tenía ya 90 años de edad y moriría dos años más tarde. Carlos de la Torre tenía 31.

«Joven atleta, joven soldado de la ciencia, yo, humilde veterano, te saludo y de ti me despido. Sea tu vida larga; sean tus días prósperos. Brilla como el astro que nos ilumina. Calienta con tus rayos mi tumba fría», dijo Poey en elogio de su discípulo, y añadió: «El doctor De la Torre se ha labrado a sí mismo una corona en la que el coro de los naturalistas escribirá su nombre».

«Sabio sin canas»

Carlos de la Torre hizo sus primeros estudios en el colegio La Empresa, de Matanzas, su ciudad natal. En 1874 obtuvo el título de Bachiller en Artes en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y en ese mismo año ingresó en el curso preparatorio de Medicina, en la universidad habanera, que concluyó con notas de sobresaliente. Fue por entonces que, en contacto con Poey, catedrático de Zoología y Mineralogía de la casa de altos estudios, realizó sus primeras incursiones en lo que sería su profesión definitiva y su pasión, la malacología.

Corre el año de 1880 y gana, por oposición, las plazas de ayudante de las cátedras de Física y Química en el Instituto de La Habana, y la de conservador en el Museo de Historia Natural. Al año siguiente es ya licenciado en Ciencias. Las notas de sobresaliente obtenidas durante la carrera le dan la posibilidad de hacer el doctorado en Ciencias Naturales en la Universidad Central de Madrid. Trabaja como profesor en Puerto Rico y, de nuevo en La Habana, obtiene por concurso en la Universidad la cátedra de Anatomía comparada. «Sabio sin canas», le llama la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió. Contrae matrimonio con la que habría de ser su mujer de toda la vida, Blanca Rosa Pie Yarini.

En 1895, Marta Abreu lo lleva a París como preceptor de su hijo Pedro. Sus simpatías por la independencia de Cuba y sus estrechos contactos con la emigración revolucionaria cubana en Francia, hicieron que el tenebroso capitán general Valeriano Weyler lo sacara de su cátedra. Visita en Francia e Inglaterra importantes centros científicos y mantiene contactos con relevantes figuras de la ciencia. Es ya 1897 y debe viajar a Nueva York con un mensaje que Marta Abreu envía a Tomás Estrada Palma, delegado del Partido Revolucionario Cubano. De ahí, a México.

Regresa a Cuba en los días de la intervención militar norteamericana. La Universidad lo exalta a la cátedra que honró su maestro Poey. Participa en la reorganización educacional, colabora en la preparación de las primeras promociones magisteriales y en la redacción de los primeros textos de la enseñanza cubana. Entra en la política. Lo eligen concejal y lo promueven luego, por sustitución reglamentaria, a la alcaldía habanera. Como alcalde encabeza una sonada manifestación en contra de la Enmienda Platt y es uno de los oradores de la marcha. Ocupa luego un escaño en la Cámara de Representantes y preside dicho cuerpo en 1905.

Partidario de la reforma

Don Carlos, sin embargo, no tenía alma de político; le faltaba maldad. Basta un hecho para demostrarlo. Interesados en aprobar un proyecto de ley al que De la Torre se oponía, el avieso Orestes Ferrara y el aventajado Carlos Mendieta lo invitaron al café Fornos. Ya en ese establecimiento, lo llevaron a un reservado. Al sabio no le pareció extraño el repentino interés de ambos políticos por la malacología. El caso es que la conversación giró en torno a los caracoles y se prolongó durante horas. Cuando don Carlos regresó al hemiciclo ya todo estaba hecho. En ausencia del rector cameral, su vice había dado curso al turbio asunto.

«Quizá decepcionado, acaso atraído por su genuina vocación, las ciencias naturales, una vez terminado su mandato se reintegró a la vida profesional y a sus investigaciones y descubrimientos. Causaba impresión en los congresos científicos internacionales a los que concurría, y las más calificadas corporaciones del mundo se disputaban el honor de contarlo entre sus integrantes», escribió Enrique de la Osa en la nota que dedicó al sabio a su muerte.

Da a conocer el resultado de sus investigaciones en Europa y América. De universidades extranjeras recaban sus orientaciones y no son pocos los naturalistas de otras latitudes que se interesan por conocer sus investigaciones sobre la fauna y la malacología del Caribe. En 1920 es llevado al decanato de la Facultad de Ciencias de la Universidad habanera, y al año siguiente lo designan rector de la casa de altos estudios. Son tiempos difíciles. Se inicia la reforma universitaria orientada por Julio Antonio Mella, y don Carlos actúa con agudo sentido de la realidad y el momento. Es un partidario decidido de la reforma, dice a los estudiantes. Y añade a renglón seguido: «El inconveniente radica en el claustro universitario; hay muchos profesores que no comparten mi opinión».

Accede Machado al poder. Se oponen los estudiantes a la prórroga de poderes y don Carlos está al lado de sus alumnos. Una foto lo capta durante una visita a los miembros del Directorio Estudiantil Universitario presos en el Castillo del Príncipe. Se destacan en el grupo, en torno al rector, Raúl Roa, Carlos Prío, Aureliano Sánchez Arango y Pablo de la Torriente Brau.

Emigró después a Estados Unidos y presidió la junta que en ese país conformaron representantes de diversos sectores políticos y cívicos. Regresó a la caída de la dictadura machadista y volvió al Alma Máter imbuido de un espíritu de renovación. Presidió, bajo el Gobierno de Mendieta, el Consejo de Estado, pero inconforme con determinados actos no demoró en renunciar a dicho cargo.

Muchos fueron los honores que se le tributaron durante los años finales de su vida. Los agradecía sin cesar de trabajar, de sol a sol, envuelto en los tules de su mosquitero.

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