Historia perdida del Sans Souci (II y final)

Tan desfavorable fue para el cabaré la propaganda que se hizo con motivo del razzle-dazzle —aquel extraño y apenas comprensible juego de ocho dados en el que los incautos creían tener asegurado el triunfo siempre que no dejaran de doblar la apuesta—, que en 1953 su nuevo administrador pensó en cambiar el nombre del establecimiento. «Copahabana» pareció en un primer momento un buen término, pero al final se decidió que el nightclub-casino siguiera llamándose como hasta entonces, pues su nombre era un hito bien consolidado en la vida nocturna habanera y una referencia más allá de los límites de la Isla.

El cambio sería más profundo. De entrada, la clientela debía convencerse de que el establecimiento ofrecía un juego «limpio». Corría el año de 1955 cuando la administración dispuso la ampliación y reconstrucción del lugar. Dos años después concluirían las obras, que contemplaron la remodelación del casino y la instalación de nuevas máquinas tragamonedas —las llamadas «ladronas de un solo brazo»— y la construcción de un salón provisto de techo de cristal para que en noches de lluvia pudiera disfrutarse tranquilamente del espectáculo que de manera habitual se ofrecía a cielo abierto. Mil cien visitantes pudieron sentarse entonces de una vez en las áreas de Sans Souci, que reservó un espacio privado para grandes apostadores quienes, sin límite de horario, jugaban contra ellos mismos y no contra la casa, que recaudaba al final un porcentaje de las ganancias. El Nevada Cocktail Lounge regalaba, en el casino, agradables momentos musicales independientes de los del espectáculo que se brindaba fuera.

Fue en ese bar donde Santo Trafficante cogió delirio con, mi delirio, contó a este cronista, en el año 2001, César Portillo de la Luz, autor del mencionado bolero. El compositor formaba parte de un grupo musical en el que también figuraba Frank Domínguez, que amenizaba la noche en el Nevada. Recordó Portillo en aquella entrevista que, siempre que llegaba al bar, el cabecilla mafioso que ya para entonces controlaba el cabaré-casino, decía a un cantinero al que apodaban el Guajiro, y que después trabajó en El Mandarín, que pidiera al grupo que interpretara Tú, mi delirio para él. Después, en agradecimiento, les hacía llegar por la misma vía una botella de champán o un billete de cien dólares que los músicos se repartían a partes iguales.

El gorrión de París

El consumo mínimo en el cabaré pasó de tres pesos con cincuenta centavos a cinco pesos, sin que fuera necesario abonar cantidad alguna para acceder al casino. Había una cocina de altura en Sans Souci y su carta-menú era de las más completas entre los centros nocturnos. Los espectáculos contaban con la participación de un coro de 14 voces, algo inédito en establecimientos de ese tipo.

Tras su reinauguración, en diciembre de 1957, grandes figuras internacionales alternaron en su pista con los mejores valores locales. Vino, entre otros muchos artistas, Edith Piaf, el llamado gorrión de París. La prensa la presentaba como una grande de Francia, pero los productores del Sans Souci, luego de contratarla, no estaban seguros del todo de cómo la acogería un público que, entre whiskys y caderas en ebullición, apenas tenía otra pretensión que la de pasar el rato y divertirse. Dio la Piaf instrucciones a los luminotécnicos de cómo manejar las luces durante su actuación y rechazó el pedido de que saliera a escena vistiendo un modelo de Patou o de Dior. Lo haría con su sencillo vestido negro de siempre, una ropa que, por su color —decía— resaltaba mejor sus gestos y los movimientos de las manos. Llegó la noche del debut y había de todo entre los espectadores. Desde admiradores legítimos hasta los que auguraban un fracaso rotundo a la cancionera, pasando por los que, sin conocerla, agradecían la posibilidad de poder valorarla de cerca. Fue todo un éxito. Abrió la Piaf con La vida en rosa y, con su voz raída, continuó sus interpretaciones para meterse al público en el bolsillo.

Dos grandes producciones presentadas en la pista de Sans Souci consigna la crónica. Sun Sun Babae, de Rodney, e Iroko Bamba Bamba, de Alberto Alonso, que se tiene como el espectáculo «más grande y costoso» que se presentara en un cabaré habanero. Contó con cien participantes.

En la primera, un grupo de bailarines negros desciende del escenario, seguido por los reflectores, y se acerca a la mesa ocupada por una muchacha rubia que no puede apartar los ojos de los hombres semidesnudos que la rodean y que la atraen y la asustan al mismo tiempo. Terminan ellos levantándola de su asiento y llevándola al escenario, donde la muchacha se embriaga con el sonido de los tambores y los cantos cada vez más fuertes, mientras que el público, hipnotizado y confundido, no sabe bien si aquello forma parte o no del espectáculo.

De pronto, la rubia, enloquecida, se arranca el vestido y cubierta apenas por su ropa interior, mínima y provocativa, comienza a bailar. Sus movimientos se vuelven cada vez más frenéticos y lascivos y los hombres la alzan y pasa ella de unos brazos a otros hasta que, en medio de una música in crescendo, sale de su trance, profiere un grito de turbación y recoge apresuradamente su ropa. Todavía semidesnuda huye del escenario y atraviesa el salón para salir por una puerta trasera.

A esa altura, confirman ya los espectadores que la muchacha rubia —en realidad la bailarina norteamericana Skippy, de Nueva Jersey— no es una clienta más del cabaré, sino que está incluida en el libreto de la producción de Rodney y, sorprendidos en su ingenuidad, ríen discretamente primero y enseguida aplauden a rabiar.

Tiene el cabaré en su elenco a bailarinas del calibre de Sonia Calero y otra que se hace llamar Cara Melo, a quien la crítica define como la danza hecha mujer y que personifica como pocas —se dice también— el espíritu de Sans Souci. En ella tienen puestos los ojos productores de Broadway.

El Chori no tuvo suerte en Sans Souci y no fue culpable de ello la gerencia del lugar. El famoso percusionista se presentaba en cabarés de mala muerte de la Playa de Marianao, en la Quinta Avenida, frente al Coney Island, cuando lo contrataron para que actuara en Sans Souci junto a Miguelito Valdés. Cuenta el narrador Leonardo Padura que además de la paga respetable, el centro nocturno garantizaba al artista la ropa adecuada, una habitación en el hotel Plaza y un auto con chofer. Pero aquel hechizo duró poco. Chori no era miembro de la Asociación de Músicos y eso lo invalidaba para actuar en lugares de aquella categoría. Si no obedecía, le aplicaban la Ley de Estaca. Es decir, lo apaleaban al final de las funciones. Y Chori volvió a la Playa, a su vieja existencia pacífica de rones baratos y noches de música despreocupada.

Sans Souci parecía no escatimar recursos en el empeño de írsele por arriba a Tropicana y al cabaré Montmartre, del Vedado. Solo que, como afirmó el maestro Portillo de la Luz en la entrevista aludida, «cuando Sans Souci comenzó a despegar en grande, ya el prestigio de Tropicana estaba consolidado».

Además de Edith Piaf, en la temporada 1957-1958 desfilaron por su pista Denis Darcel, Ilona Massey y Cab Calloway, Dorothy Dandridge, Joanne Gilbert y Tony Martin, entre otras figuras del mundo del espectáculo norteamericano y europeo. Y para la temporada siguiente pensaba la gerencia del cabaré contratar a Marlene Dietrich, Liberace y Susan Hayward como animadores de sus noches.

Por otra parte, el cabaré ofreció a Rocky Marciano, campeón mundial de boxeo de los pesos completos que se había retirado invicto, 350 000 dólares si aceptaba enfrentarse, en la propia instalación, al Niño Valdés, su antiguo retador cubano. Pero Marciano no aceptó la propuesta. El hecho podría dar pie a una sabrosa crónica. Sucedió que, durante un entrenamiento, el Niño, con intención o sin ella, propinó un puñetazo al campeón del mundo que lo envió a la lona. De más está decir que hasta ahí llegó el cubano como esparring del campeón, pero se convirtió en su retador. Marciano nunca le dio la pelea.

La última noche

El año de 1957 fue bueno para Santo Trafficante. El 12 de marzo pidió permiso de residencia permanente en Cuba a fin de vigilar de cerca sus intereses en La Habana. A esa altura, además de Sans Souci, controlaba una agencia de contratación de artistas y, se asegura, llegaría a ser propietario o tendría intereses mayoritarios en el hotel Deauville, un edificio de 140 habitaciones situado en la esquina de Galiano y Malecón, y era completamente suya la concesión del juego en esa instalación. Controlaba asimismo el hotel Comodoro, con su casino, y tenía una participación en la concesión del juego en Tropicana. Sus intereses se extendían también —se dice—, al casino del hotel Capri.

Frank Ragano, que fue abogado de Trafficante durante la estancia del gánster en Cuba, y después, dijo en un libro que publicó tras la muerte de su jefe y en el que reveló no pocos de sus peores delitos, que una noche Trafficante lo hizo pasar a través de uno de los servicios sanitarios para caballeros de Sans Souci a una habitación que permanecía cerrada con llave. La pared del fondo estaba llena de cajas de seguridad. En esas cajas, explicó Trafficante a su abogado, cubanos ricos guardaban cocaína para consumo propio.

Llegó así el 31 de diciembre de 1958. El último día de ese año no parecía que sería distinto a los demás, pese a que el Ejército Rebelde tendía un cerco elástico en torno a la ciudad de Santiago de Cuba, y Santa Clara estaba a punto de caer en manos de la guerrilla, mientras que la dictadura de Batista ahogaba a La Habana en un mar de sangre.

Esa noche actuaban en el Sans Souci el cuarteto D’Aida y se presentaba Sabor y souvenir de Haití, producción del coreógrafo Víctor Álvarez, con Martha Jean-Claude, Míriam Barrera, Nancy Álvarez y los bailarines Ana Gloria y Ferrán.

Había concluido ya el show cuando Meyer Lansky llegó a la instalación. Se enteró en el hotel Plaza de la huida de Batista y al igual que lo había hecho ya en otros casinos, recomendó a Trafficante que recogiera todo el dinero y cerrara el local. Trafficante sacó el dinero, pero demoró en cerrar el establecimiento. A la vuelta de pocas horas el casino de Sans Souci, invadido por el pueblo, estaba destrozado.

¿También destrozó la multitud el cabaré? Viejos trabajadores gastronómicos contaron a este escribidor que en la madrugada del 1ro. de enero grupos airados quisieron penetrar en Tropicana y que los empleados del lugar lo impidieron, lo que no sucedió en Sans Souci, que quedó totalmente destruido, por lo que también el cabaré, y no solo el casino, cerró sus puertas a partir de entonces. Sin embargo, la prensa inserta los anuncios de los espectáculos que allí se exhibieron en los dos meses iniciales de 1959. Tangolandia, en enero, con Rolando Laserie, Nancy Álvarez y Ana Gloria, y Sabor, en febrero, también con Nancy Álvarez. ¿Se presentaron allí esos espectáculos o se trata de anuncios pagados de antemano y que no respondían ya a la realidad? Otro punto oscuro en la historia de este famoso centro nocturno habanero.

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