Otros hombres de la mafia

En páginas precedentes, al abordar el tema de la mafia en Cuba, este escribidor aludió, en lo esencial, a las figuras de Meyer Lansky y Santo Trafficante. El primero era el capo de los capos en la Isla, el número uno, gracias a sus relaciones con el Gobierno cubano, en los círculos del juego de azar en La Habana. Lansky tenía metido en el bolsillo al dictador Fulgencio Batista. Trafficante no llegaba a tanto, pero era, después de Lansky, el más poderoso.

No eran, por supuesto, los únicos. Enrique Cirules, en su libro El imperio de La Habana, que mereció premio Casa de las Américas, menciona asimismo a Amadeo Barletta y a Amletto Battisti Lora como cabecillas de sus propias familias. Barletta había nacido en Calabria, sur de Italia, en 1896, y tres años antes nacía Battisti, en El Salto, Uruguay. Barletta llegó a La Habana en 1939. Battisti, en 1936. En una escala que, en orden descendente, va del 1 al 5, Guillermo Jiménez, en su libro Los propietarios de Cuba; 1958, otorga a ambos sujetos la categoría 2.

Palmeras junto al Almendares

En torno a Lansky y a Trafficante se movían hampones de mayor o menor cuantía, todos norteamericanos. Solían reunirse, generalmente una vez por semana, los jueves o los viernes por la tarde, en el domicilio de Joe Stassi, residencia rodeada de una vegetación tropical exuberante en la sinuosa carretera que corre paralela al río Almendares. Stassi presidía aquellos encuentros, a los que no asistían Barletta ni Battisti, y que centraban sus discusiones sobre la situación en Cuba, la marcha de los negocios en Estados Unidos y la forma en que pudieran repercutir en las operaciones en la Isla.

En la biblioteca o en la terraza de la casa, tomaban asiento Meyer Lansky y, a veces, su hermano Jake, y Santo Trafficante. También los hermanos Dino y Eddy Cellini, nativos de Ohio y hombres de toda la confianza de Lansky. Ambos dirigían la escuela de crupieres que este organizara en el hotel Riviera, y Dino además, era socio de Jake en el casino del hotel Nacional. Norman Rothman, del casino del cabaret Sans Souci, era asimismo de los habituales en las reuniones con Stassi, y lo era además Wilbur Clark, director general del Hotel Nacional de Cuba. Era el hombre que había llevado adelante, en Las Vegas, la construcción del famoso hotel-casino Desert Inn, financiado en parte por Lansky y sus socios de Cleveland; todo un maestro en la promoción de establecimientos de ese tipo.

Otras figuras acudían a aquellos encuentros. Entre ellas, Thomas McGinty, alias Blackjack, antiguo contrabandista de licores y propietario de uno de los tugurios más célebres de Cleveland, socio de Lansky y copropietario de la concesión del juego en el Nacional. También Charles Tourine, conocido en La Habana como Charles White, ex propietario de un club en New Jersey y vinculado al casino del hotel Capri. Fue el hombre que en las primeras horas del día de año nuevo de 1959 localizó a Lansky en el hotel Plaza y le informó de la fuga de Batista.

En casa de Stassi se reunían además Nicholas di Costanzo, corpulento y de casi dos metros de estatura, carácter imprevisible y violento que, en el Capri, buscó líos con casi todo el mundo. Eddie Levinson, de la llamada mafia judía, amigo de Lansky y gerente del casino del hotel Riviera. Joe Silesi, alias Joe Rivers, llamado para dirigir los casinos del hotel Deauville y del Havana Hilton, cuando ambos todavía se hallaban en construcción. Amigo de Trafficante, llegaría a ser uno de los rostros más visibles de la mafia en La Habana. Acudía además William Bischoff, alias Lefty Clark, del casino del Sans Souci, que lo mismo trabajaba para Trafficante que para Lansky.

Aparece anastasia

A Stassi se le suponía neutral. Una especie de intermediario entre Lansky y el resto del grupo, en específico, entre el judío neoyorquino del Lower East Side y Trafficante, pero Stassi respondía bajo cuerda a los intereses de Lansky. Se conocían desde niños y estrecharon vínculos en los tiempos de la Ley seca, cuando Stassi se destacó en el contrabando de licores a las órdenes de Longy Zwillman, un hampón que formaba parte de la pandilla de Lucky Luciano. Es por entonces (1928) que Stassi viene por primera vez a Cuba. Aunque con el tiempo se desplazó hacia la vertiente comercial del crimen organizado, fue un temido sicario, participante en los crímenes más sonados de la mafia.

Albert Anastasia —en realidad, Umberto Anastasio— era una preocupación creciente para Lansky. El jefe del Murder Inc. —brazo ejecutor de la mafia— estaba insatisfecho con el reparto del botín de La Habana; creía o estaba seguro de no recibir lo que le correspondía, y no ocultaba su descontento. Encabezaba la lista de los mafiosos que podían crear problemas al cabecilla judío, lo que en cierta forma inquietaba a los hampones principales que se reunían en la casa de Stassi. A todos, menos a Trafficante.

En mayo de 1957, Anastasia viajó a Italia en secreto y se entrevistó con Luciano. La creación de lo que se ha llamado el imperio de La Habana había sido idea de Luciano, pero él, por decisión del Gobierno norteamericano, vivía confinado en su país natal, enterándose por terceros del esplendor del emporio lejano. Lansky, su antiguo subordinado, no le tributaba ya el respeto que le debía y cada vez lo marginaba más de los proyectos y, en lo esencial, de las ganancias. Anastasia conocía a Luciano desde 1931 y había asistido a todas las cumbres de la mafia, incluida la de La Habana, en 1946, por lo que se consideraba uno de los fundadores de la organización. Se supone que Luciano lo envenenó contra Lansky y lo azuzó para que insistiera en su reclamo.

Eso hizo en cuanto regresó a Nueva York. A pedido suyo, se reunió allí con los jefes de la mafia en Cuba y les dijo que todo el mundo se hacía rico en La Habana, menos él. Cuando le respondieron que recibía la tajada del hipódromo Oriental Park, de Marianao, Anastasia adujo que la pasta verdadera salía de los casinos y que él no la veía pasar. El Havana Hilton —hoy Habana Libre— es tuyo, repuso Lansky entonces y selló la partida de mano maestra. Había neutralizado al temible Anastasia sin violencia.

Meses después Trafficante, con el nombre de B. Hill, que utilizaba con frecuencia, voló a Nueva York para encontrarse con Anastasia. En la reunión participarían, entre otros, el ya mencionado Joe Rivers y el cubano Roberto, «Chiri», Mendoza, contratista de la obra del Hilton y socio del presidente Batista. Chiri tenía muchas posibilidades de obtener en subarriendo el casino del hotel. La conversación giró en torno a la concesión del mencionado casino. Había que pagar por ella, a la Hilton, un millón de dólares y, pasar, por debajo del tapete, otros dos millones a Batista.

Trafficante esperaba que Anastasia aportara parte del dinero. Hueso viejo, Anastasia se percató de las verdaderas intenciones del bolitero de Tampa. Quería dejar a un lado a Meyer Lansky.

Lo que Trafficante y Anastasia desconocían era que Joe Stassi, bajo el nombre de Joe Rogers, estaba también en Nueva York. Había hecho el viaje porque su viejo amigo Meyer solicitó sus servicios profesionales, y con él llegaba a la gran ciudad el brazo largo de la mafia de La Habana. Albert Anastasia no quedaría vivo para contar la historia. En la mañana del 25 de octubre de 1957 entró a cortarse el cabello y en aquella barbería lo acribillaron a balazos. Joe Stassi se había apartado del trabajo sucio, pero seguía siendo un asesino.

El enlace cubano

Roberto Fernández Miranda, el cuñadísimo de Batista, era enlace entre Lansky y el dictador.

Uno de los últimos actos ejecutivos de Batista antes de abandonar la presidencia de la República el 10 de octubre de 1944, fue el de conceder, por el Servicio Militar de Reserva, el grado de capitán a Fernández Miranda. Uno de los primeros actos ejecutivos de Grau, al asumir la primera magistratura en la fecha señalada fue el de dejar sin efecto aquel ascenso y licenciar al beneficiado. Con el cuartelazo del 10 de marzo, Batista reinsertó en el Ejército a su cuñado, esta vez con el grado de coronel. Lo nombraría además Director General de Deportes. Con el tiempo, sin perder ese cargo, Fernández Miranda sería ascendido a general de brigada y designado jefe del regimiento número 7, Máximo Gómez, con sede en la fortaleza de La Cabaña.

Al margen de esas ocupaciones, el cuñado cumplía otras tareas. Recogía semana tras semana los diez mil pesos que Martín Fox, propietario del cabaré Tropicana, pagaba a Batista por la «protección» del casino. Tenía además el control del muy lucrativo negocio de las máquinas traganíqueles o tragaperras. Estaban instaladas en las casas de juego, pero también en bares, prostíbulos, cafés y cabarés y hasta en algunas bodegas. Se importaban de Chicago y aquí Fernández Miranda las alquilaba. Los beneficios eran cuantiosos y la mafia los dividía, mitad por mitad, con el cuñadísimo que, por decisión de Batista, se beneficiaba también con la recaudación de los parquímetros.

Un hombre de mussolini

Amadeo Barletta era propietario del periódico El Mundo y del canal 2 de la TV nacional y representaba y distribuía los vehículos de la General Motors. Quince de sus empresas estaban valoradas en 40 millones de pesos, equivalentes a dólares, y se hallaban bajo el control de la Santo Domingo Motors Company, radicada en Ciudad Trujillo, República Dominicana, y cuyos propietarios eran desconocidos incluso para el Banco Nacional, que en vano trató de averiguarlo.

Guillermo Jiménez afirma en su libro aludido que capitales italianos enmascarados estaban detrás de la Santo Domingo Motors Company, y expresa que se decía que Barletta «era representante de la mafia italiana para los negocios de fachada legal en Cuba, pero no se ha encontrado nada que lo ratifique». Fue hombre de confianza de Benito Mussolini y representante del fascismo italiano en el área del Caribe. En los días de la Segunda Guerra Mundial se le expulsó de la Isla. Regresó a Cuba finalizada la contienda bélica. Borrón y cuenta nueva. Todo le fue perdonado. Reasumió la representación de la General Motors para la venta de automóviles marcas Cadillac, Chevrolet y Oldsmobile y construyó, en 1949, el edificio de 11 plantas y forma triangular de la esquina de 23 e Infanta, —sede hoy del Ministerio del Comercio Exterior— que, junto con Radio Centro, en 23 entre L y M, dio origen a La Rampa habanera. Antes, había pedido licencia para la construcción del edificio de la Terminal de Ómnibus, inaugurada en 1951 y que llegó a administrar. Sus múltiples empresas tapaban sus negocios de tráfico de drogas y piedras preciosas.

Amletto Battisti era el propietario del hotel Sevilla y, al igual que Barletta, tenía su propio banco. En sociedad con Batista, mantenía una lotería particular con bonos numerados entre el uno y el 999. Sus intereses se extendían a la prostitución y a las drogas. Todas las semanas recibía en el Sevilla nuevas prostitutas, muchachas escogidas que alquilaba a precio de oro como damas de compañía. También semanalmente recibía envíos de cocaína que, en pomos o en tubos, se vendía entre 15 y 50 dólares el gramo, según la disponibilidad de la mercancía. Fue representante a la Cámara entre 1954 y 1958.

Mucho más pudiera el escribidor decir acerca de estos personajes. Pero se acabó el espacio. ¡Chirrín!

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