Volvemos al Capri

A fines del pasado mes de diciembre reabrió sus puertas el hotel Capri, una obra que «se destacó en su momento por la decidida modernidad de su diseño». El establecimiento de unas 220 habitaciones está emplazado en una zona de privilegio, y junto a los hoteles Habana Riviera y Habana Hilton —hoy Habana Libre— conforman, dicen los especialistas, «la trilogía más destacada de construcciones hoteleras del Movimiento Moderno realizadas en La Habana».

El imaginario habanero se teje y se desteje en torno a esta instalación dotada de camas redondas en sus suites, un fabuloso bar Azul y una pequeña y agradable piscina en su piso 18. Una edificación que concede igual jerarquía a sus dos fachadas laterales. Fue un hotel frecuentado por la mafia norteamericana hasta 1959 y a él alude Mario Puzo en su novela El Padrino.

Un anfitrión llamado Raft

El actor estadounidense George Raft, que pasó su carrera cinematográfica encarnando a matones y gángsteres al lado de astros como Jimmy Cagney y Humphrey Bogart, fue su jefe de relaciones públicas y anfitrión de su casino de juegos. Se identificó tan estrechamente con los papeles de hampón que le tocó interpretar, que el FBI llegó a abrirle un expediente por considerarlo un «socio conocido» de la mafia. Era, afirma un historiador, el símbolo perfecto de la mafia de La Habana. Poco tenía que hacer en el Capri excepto estar allí y ser visto. Le pagaban para que fuese George Raft.

Ranft —su apellido original, que luego transformaría— nació y creció en un barrio neoyorquino conocido como La cocina del infierno (Hell’s Kitchen), célebre por su tasa alta de delincuencia. Fue el mayor de diez hermanos y huyó de su casa en cuanto pudo, a fin de salirse de la miseria en que vivía y del rígido catolicismo de sus padres y se unió a una pandilla juvenil. En plena Ley Seca encontró empleo como actor y bailarín en Broadway mientras se dedicaba al contrabando de licores. Es así que conoce a una estrella como Mae West y también a Charles Lucky Luciano, otra estrella en lo suyo.

Cuando llega a Hollywood, en los años 30, su conocimiento de la vida del hampa por dentro lo ayudó a triunfar. En películas como Chantaje, Robé un millón y Loan Shark, entre otras, «perfeccionó su imagen de hampón duro y elegante. Vestía con gran estilo, mostraba gran seguridad en sí mismo y tenía mucho éxito con las mujeres».

Entonces no se concebía un espectáculo de cabaré sin un «cuadro» español. En la noche del 31 de diciembre de 1958, Raft presentó al público que asistía al casino del Capri al cuerpo de danza del bailarín español José Greco, la cantante norteamericana Arlena Fontana y los por entonces muy gustados Chavales de España. Ya en la madrugada del día 1ro., Raft estuvo en el casino hasta que le pareció que los festejos de Año Nuevo no durarían mucho más y, en su suite, se disponía a pasarla en grande con una muchacha que acababa de ganar el título de Miss Cuba en un certamen de belleza que antecedía al concurso internacional de Miss Universo. Su inspiración se vio cortada por una llamada telefónica. Desde la recepción le comunicaban que el dictador Fulgencio Batista había huido del país.

Saltó de la cama, se vistió como pudo y tomó el ascensor. La confusión se había adueñado del vestíbulo del hotel y del casino. Los empleados no sabían qué hacer y algunos altos jerarcas del batistato, que se habían demorado ante las mesas de juego, corrían, sin ningún embozo, como viajeros a los que se les va el tren. Nadie parecía dispuesto a poner orden en aquel caos. Desde la calle llegaban estruendos de vidrios rotos y vivas a la revolución triunfante. Disparaba la policía y los soplones trataban de ponerse a buen recaudo. Un grupo numeroso de hombres y mujeres penetró en el casino y empezó a destrozar el mobiliario y las máquinas. En aquel momento Raft se percató de que no había allí nadie que mandara, salvo él tal vez, pues era a él a quien sus compañeros preguntaban qué hacer. Trepó a una mesa, pero nadie le prestó atención hasta que la muchacha que comandaba el grupo lo reconoció, intercambió con él unas palabras en inglés e impuso silencio. El actor pidió tranquilidad. No recordó nunca con exactitud cuáles fueron sus palabras, pero tuvieron un efecto mágico sobre el grupo que, sin ocasionar más disturbios, terminó retirándose del local.

Planes ambiciosos

A fines de los años 40 la capacidad hotelera cubana era de poco más de 5 800 habitaciones. De ellas, 4 000 estaban en la capital. En una provincia como Matanzas, incluida Varadero, se registraban solo 504 habitaciones.

Muchas de esas edificaciones eran inadecuadas y obsoletas, como se reconoce en un Decreto Presidencial de mayo de 1948. La construcción de nuevas instalaciones se mantenía prácticamente estancada pese a que el número de turistas pasó de 114 885, en 1946, a 188 519 en 1951. Ese incremento provocaba opiniones encontradas. Mientras que las autoridades se ufanaban por el alza de los visitantes y los ingresos, los hoteleros lamentaban la falta de acción oficial frente a la competencia caribeña. En realidad, el turista venía a La Habana por una o dos noches y con el presupuesto agotado como una extensión de su estancia en la Florida. Su visita entonces, más que un negocio para los hoteles, lo era para las compañías de aviación. Según cálculos, el visitante pasaba en la capital dos días y seis en Varadero.

Después de 1952 Cuba se abrió más al turismo. Hasta 1958 se construyeron aquí 2 867 nuevas habitaciones hoteleras, cifra que llegó a 3 152 con la remodelación y ampliación de hoteles ya existentes. En 1959 el Directorio Hotelero consignaba 125 hoteles y tres moteles de carretera con una capacidad total de 7 728 habitaciones.

Es en esos años cuando se construyen los hoteles Rosita de Hornedo —actual Sierra Maestra— (julio, 1955), St John’s (marzo, 1957), Capri (noviembre, 1957), Riviera (diciembre, 1957), Hilton (marzo, 1958) y Deauville (julio, 1958) y se remodelan Nacional, Comodoro y Plaza. El Internacional de Varadero se inaugura en 1950. Se construyen asimismo el Copacabana y el Chateau Miramar, entre otros.

De todos ellos, solo hubo capital foráneo en las edificaciones del Internacional, Riviera y Deauville. Los otros se construyeron con capital cubano, aunque su administración se cediera después a entidades norteamericanas. La construcción del Hilton (24 millones de pesos) fue costeada con el dinero de la Caja del Retiro Gastronómico y sucesivos créditos del Estado cubano, en tanto que de los 12 millones de dólares que se invirtieron en el Riviera, el Estado aportó la mitad y la suma restante se cubrió con bonos que adquirieron inversionistas cubanos y norteamericanos.

En algunas de esas instalaciones, como Capri, el casino era más importante que el alojamiento, y en todas, la sala de juego era la parte más lucrativa. Por el alquiler de esos salones se pagaban unos 25 000 dólares anuales en hoteles como Riviera, Capri y Nacional, sin contar que el casino sufragaba por lo general el espectáculo y las orquestas del cabaré.

Los planes eran más ambiciosos. Comprendían los hoteles Montecarlo (657 habitaciones) en Santa Fe y Habana-Fontainebleau, en el Vedado, con 550. Otro hotel, de 500 habitaciones, se edificaría donde ahora está la heladería Coppelia, y uno más, con 600, en las áreas del parque deportivo José Martí. Los proyectos comprendían construcciones hoteleras en Soroa y Trinidad. Se construyó el hotel Colony, en Isla de Pinos, inaugurado el 31 de diciembre de 1958, y el hotel Isla del Sur, en Cayo Largo.

Entonces el turismo seguía concentrándose en La Habana y en muy menor medida en Varadero e Isla de Pinos. La capital disponía de más de 50 hoteles —cuatro de ellos, de lujo— con 4 900 habitaciones y 9 800 capacidades. En la Playa Azul no pasaban de 700 las habitaciones e Isla de Pinos podía acomodar a lo sumo a unos 200 visitantes. Unos 223 000 turistas extranjeros vacacionaron en Cuba en 1956. Otros 272 000 lo hicieron en el 57 y al año siguiente la cifra descendió a 212 000. La mayoría de ellos, por supuesto, eran norteamericanos.

Serenata mulata

La construcción del hotel Capri, en la esquina de 21 y N, en el Vedado, a una cuadra de la mítica Rampa habanera, requirió de una inversión de 5,5 millones de pesos. Fue obra de la compañía constructora de Jaime Canavés, catalán llegado a Cuba en 1913 y que además tenía acciones en Industrias de Hormigón Cubano S. A. e Industrias Siporex. Sus hijos estaban asociados en el negocio de la constructora y uno de ellos, José Canavés, fue el arquitecto del Capri. Para concluir el edificio, la Hotelera de La Habana, compañía que se constituyó para acometer la obra, debió pedir un préstamo por 800 000 pesos, y quedó con una deuda de 600 000 pesos con el Trust Company of Cuba y con otra, de 400 000, con el Banco Financiero.

En definitiva, Canavés arrendaría el edificio del hotel Capri, para que lo operara, a la compañía Hotelera Sheppard, propietaria además de los hoteles Ponce de León y Leamington, en Miami. Fue un contrato por 210 000 pesos anuales a partir del 1ro. de diciembre de 1957. El desempeño resultó tan eficiente que seis meses después el Banco Financiero otorgaba a Julius Sheppard, presidente de la Hotelera, un préstamo por 210 000 pesos a fin de consolidar adeudos.

Triunfa la Revolución. El espíritu de los nuevos tiempos se evidencia también en los shows del cabaré del hotel. En marzo de 1959, el mexicano Pedro Vargas —el Tenor de las Américas, como se le llamaba— alterna con intérpretes del patio en la producción Capricho cubano. En mayo del propio año, presenta un espectáculo que adopta el título de Consuma productos cubanos, que es el de la campaña nacionalista del momento. En septiembre, la presentación de Pimienta y sal marca el debut de Freddy, una mestiza de 300 libras de peso que venía del servicio doméstico y que tenía una voz de contralto insondable. Por su figura, es la antivedette por excelencia, carece del garbo y la afectación de las divas de la noche y tampoco es una mujer sensual, quizá lo contrario, que con su presencia en un lugar tan exclusivo como el Capri evidencia —dice la musicógrafa colombiana Adriana Orejuela— «un síntoma inequívoco de que las concepciones estéticas estaban cambiando o, por lo menos, otras formas comenzaban a cobrar valor y a abrirse camino». Volverá con Ajiaco a la francesa, en marzo del 60, y en noviembre de ese año estará en el Show de estrellas con Olga Guillot y otros intérpretes. En Serenata mulata, en enero del 61, debuta Juana Bacallao en el Capri para compartir la escena con la Guillot hasta que Celeste Mendoza reemplaza a esa última. La caperucita se divierte se mantuvo dos años en cartelera. Otro espectáculo, L’Abana, con concepción y guión del narrador Lisandro Otero, trató de demostrar que hay formas funcionales en la cultura que, sin grandes pretensiones estéticas, pueden ser muy importantes en la confrontación de tendencias en la vida cotidiana. Obra controvertida sin duda, en un medio como el cabaré, pero que enganchó al público.

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