En tres y dos

Decía Eladio Secades, que fue un excepcional escritor de estampas costumbristas y también un extraordinario cronista deportivo, que en los albores del siglo XX la práctica de los deportes era reducida en Cuba y la prensa periódica le concedía muy escasa importancia. Se publicaban solo columnas sueltas sobre las temporadas de jai alai en el entonces joven Palacio de los Gritos, de Concordia y Lucena, en La Habana, y acerca del campeonato de béisbol, que los periodistas llamaban «pelota americana», el cual se llevaba a cabo en el Almendares Park, de Carlos III.

Los ídolos de entonces eran, en el béisbol, José de la Caridad Méndez —que hizo célebre el sobrenombre de el Diamante Negro—, y Luis Macala en la pelota vasca. Méndez fue, junto a Adolfo Luque, el más grande serpentinero que dio Cuba antes de 1959. Don Luis Macala —como invariablemente le llamaba la prensa de la época— fue el pelotari más popular en el ciclo del deporte vasco que se inició en nuestro país en 1901 y se cerró diez años después.

Durante esa década Macala gozó de una simpatía enorme y ningún otro jugador pudo, en lo suyo, comparársele. Su nombre, que se mencionaba en todas partes, calzó frases callejeras; hubo corbatas, zapatos y sombreros «a lo Macala» y la expresión «¡Aire, Macala!», repetida tantas veces en el frontón de Concordia y Lucena, llegó a los rincones más remotos de la Isla y se convirtió en dicharacho que iba de boca en boca. Algunos fabricantes tomaron la frase como eslogan para sus productos y —escribe Secades— «la firma de Macala andaba de aquí para allá y de arriba abajo como una pesadilla muy grata». Manera de rendir tributo a un jugador que con sus saques de dos paredes levantaba a la concurrencia. Un público en el que no faltaban los que se encaramaban en las butacas y arrojaban centenes como forma de premiar, dice Secades, «el brío, el arte y la desenvoltura escénica de aquel príncipe vasco de la chistera».

Luque alcanzó una posición prominente en la pelota cubana y se mantuvo durante 20 años en las Grandes Ligas de EE.UU. En 1923 fue champion pitcher en la Liga Nacional norteamericana: se anotó 27 triunfos en defensa de la bandera del Cincinnati. Luque era blanco. A José de la Caridad Méndez el color de la piel le cerró la entrada a las Ligas Mayores.

En 1908 Méndez estuvo a punto de anotarse un desafío sin hit ni carrera frente al Cincinnati, de visita en la capital cubana. El bateador Miller Huggins le conectó un imparable en el noveno episodio. Pero en aquel año de 1908, que fue el más sensacional de su carrera, lanzó 45 innings sin permitir anotaciones y figuró en 14 juegos y no perdió ninguno.

El ideal del no hit no run, malogrado por el dramático batazo de Huggins en 1908, lo hizo realidad José de la Caridad Méndez en 1913, también en La Habana, pero esa vez frente al Birmingham. Despachó a todos los bateadores y no permitió que ningún corredor llegara a la almohadilla intermedia. Se dice que el mentor de un equipo norteamericano, al verlo jugar, exclamó: «Qué lástima que este negro no se pueda pintar de blanco».

Repare el lector en el tufo racista de la frase. Como ya se dijo, José de la Caridad Méndez, el Diamante Negro, no llegó a Grandes Ligas. Aquí, en su patria, murió en el olvido y en la miseria. La tuberculosis terminó pasándole la cuenta en 1928, a los 41 años de edad.

Dos campeonatos

En 1919 se construyó el segundo Almendares Park. Por entonces lo que iba siendo ya el deporte nacional estaba relegado por el tremendo auge del balompié. Eran tiempos en que se imponía jugar pelota en la mañana a fin de dejar el campo libre para los futbolistas, que disfrutaban del horario preferente de la tarde. Cuando la pelota pudo al fin arrebatarle al fútbol sus horas de privilegio, se registró un lleno de asombro en el Almendares Park, y también un incidente gravísimo, el primero que se inscribe en la crónica deportiva. El de la protesta de los miles de aficionados que, al quedar sin asientos, se amotinaron y arremetieron contra las tribunas, destruyendo parte de estas. Un tumulto que no pudo contener la policía montada con su «plan de machete». Ocurrió en los días iniciales de diciembre de 1923.

Cierra el segundo Almendares Park. Una nueva etapa de la pelota cubana se abrirá en 1929 con la inauguración del estadio de la cervecería La Tropical. Parecía que el nuevo campo deportivo tenía capacidad suficiente para albergar a toda la fanaticada, pero crece tanto el gusto de los cubanos por la pelota en los años iniciales de la década de los 40 que se hizo imprescindible la construcción de un parque más amplio y moderno, ajustado a las necesidades del progreso y con espacio adecuado para el estacionamiento de vehículos. Durante el último campeonato que se llevó a cabo en La Tropical ocurrió lo que sucedió antes en el Almendares Park: quedaban, en los partidos decisivos, miles de espectadores sin asiento.

Fue así que se invirtieron más de dos millones de pesos en la construcción del Gran Stadium del Cerro. La obra, con proyecto del arquitecto Max Borges, se construyó entre mayo y octubre de 1946, y podía alojar a unos 35 000 espectadores. Al inaugurarse, el 26 de octubre de dicho año, solo lo superaban en capacidad cinco instalaciones norteamericanas: el Yankee Stadium (75 000 personas), el de Detroit (58 000); el Polo Grounds, de Nueva York (56 000); el Wrigley Field, de Chicago (50 000), y el Fenway Park, de Boston (40 000). El estadio del Cerro, rebautizado ya en la Revolución como Estadio Latinoamericano, se amplió de manera considerable a inicios de los 70, con vistas al Campeonato Mundial de 1971.

Con la apertura del Gran Stadium ocurrió algo interesante. Hubo, al mismo tiempo, dos campeonatos de pelota. El de los leales al convenio con los magnates norteamericanos, que se celebraba en el Cerro, y el de los rebeldes, que se refugiaban en La Tropical y que contaba con el refuerzo de ases de las Ligas Mayores que desertaron y llegaron a México atraídos por el dinero de los hermanos Pasquet. Entre ellos, el «Monstruo», como lo apodaban, Max Lanier.

En 1946-47 la Liga Cubana pudo disfrutar todavía de la participación de aquellos desertores famosos, pues no se habían firmado los convenios de reciprocidad con el béisbol organizado. El ya mencionado Lanier dio esa temporada el triunfo al club Almendares, conducido por Luque, frente al Habana, de Miguel Ángel González, que parecía invencible. Fue —cuenta lo crónica y aseguran quienes lo presenciaron— un partido dramático. La reñida batalla entre los dos equipos aumentó en grado superlativo la afición por el deporte nacional. Los ánimos se exacerbaron, más de un fanático fue incapaz de controlarse y se dio rienda suelta a la pasión. Los incidentes se sucedieron y los juzgados correccionales y de instrucción tuvieron que ventilar no pocos casos provocados por discusiones beisboleras. La sangre llegó al río en más de una ocasión. Un fanático del Almendares dijo a otro del equipo rival: «Te acompaño en tus sentimientos» y fue atacado a cuchilladas por el irascible habanista. Y alguien más, confiado en la victoria segura de las huestes rojas, apostó al pecho, sin tener un centavo en fondo, a favor del Habana y no encontró otro camino que el del suicidio para escapar de aquellos a los que debía dinero.

La aceptación de la Liga Cubana en la organización de los circuitos de Norteamérica dio inicio a los dos campeonatos. El público cubano vio la actitud de los rebeldes con enorme simpatía y la inauguración del torneo independiente fue todo un éxito de público. Dice Eladio Secades que fue de tal magnitud la muchedumbre que se congregó en el viejo parque de La Tropical que parecía que no podría jugarse a la pelota porque había más espectadores en el terreno que en las gradas. Puntualiza el autor de Estampas de la época: «Pero la empresa adoleció de numerosos defectos y de egoísmos numerosos en su parte administrativa y vino el estallido y en consecuencia la victoria de los elementos leales al béisbol organizado».

Restablecida la paz, hubo un solo campeonato, en el parque del Cerro y se procedió a la creación de la Confederación del Caribe con la participación de Venezuela, Puerto Rico y Panamá, que decidieron seguir el camino emprendido por Cuba.

Ni en la pelota

La primera edición de la Serie del Caribe, en 1949, tuvo a La Habana por escenario. En esta, el equipo Almendares, conducido por Fermín Guerra, resultó invicto al ganar los seis juegos previstos. Cuba volvió a quedar invicta en 1952, en Panamá. El equipo Habana, dirigido por Miguel Ángel González, representó en esa ocasión los colores patrios. Sobresalieron a lo largo de la celebración de ese evento los cubanos Edmundo Amorós y Pedro Formental, como champions bate; Agapito Mayor y Camilo Pascual, como champions pitchers, y Orestes Miñoso, como líder impulsador, entre otros muchos.

Expresa el profesor Félix Julio Alfonso: «A finales de la década de los 50, el béisbol cubano contaba con una larga tradición competitiva y era reconocido y respetado a nivel continental por la calidad de sus equipos y jugadores. En el área latinoamericana los peloteros cubanos eran sensación en México, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, las otras grandes potencias de la región. Pero el juego de pelota en Cuba era más que campeonatos, series y estadísticas. Constituía algo mucho más importante y trascendente en la vida de millones de cubanos, pues había devenido parte esencial de la cultura nacional de raíz popular, como la música, el baile, la transculturación religiosa y también las rebeldías populares. Sus narrativas y discursos habían entroncado con los del surgimiento y consolidación de la nacionalidad cubana, y eso lo había vuelto inseparable de la identidad cultural y convertido en uno de sus símbolos más preciados».

El 4 de diciembre de 1955 un hecho inusitado tuvo lugar en el Stadium del Cerro mientras transcurría el tercer inning de un juego entre Habana y Almendares, los eternos rivales. Estudiantes universitarios, que portaban una tela en la que reclamaban la libertad de sus compañeros presos, se lanzaron al terreno y fueron reprimidos bárbaramente por la policía. El público, a gritos, calificaba a los represores de «salvajes» y «esbirros» y clamaba porque cesara la paliza. La transmisión del juego por TV propició que el suceso fuese presenciado en todo el país.

En 1959, el 24 de julio, hubo en el Cerro un partido simbólico entre el equipo de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y el equipo del Ejército Rebelde (Barbudos) en el que figuraban el Comandante en Jefe Fidel Castro y el Comandante Camilo Cienfuegos. De ese encuentro quedó la frase ingeniosa del Héroe de Yaguajay: «Yo no estoy contra Fidel ni en la pelota».

Las agresiones norteamericanas contra la naciente Revolución se hicieron sentir también en el campo del deporte. En el mismo año 1959, EE.UU. privó a Cuba de la franquicia de los Cuban Sugar Kings, equipo de la categoría Triple A de la Liga Internacional. Washington procuró eliminar cualquier tipo de intercambio deportivo con La Habana y prohibió que jugadores estadounidenses participaran en los campeonatos cubanos y que jugaran en Cuba como miembros de otros equipos. El último campeonato profesional se celebró aquí desde el 15 de noviembre de 1960 hasta el 15 de febrero del año siguiente. Comenzaban, en 1962, las Series Nacionales, esa vez con cuatro equipos: Occidentales, Habana, Azucareros y Orientales.

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