El yerno cubano de Juárez

Dos patrias tuvo el poeta Pedro Santacilia. Cuba, donde nació y a cuya independencia consagró buena parte de sus energías y desvelos, y México, cuando ese país vio amenazada su soberanía por la intervención napoleónica y el imperio de Maximiliano. Se puso entonces al lado de Benito Juárez, a quien había conocido en sus días de emigrado en Nueva Orleans. Llegaría a ser un estrecho colaborador del político mexicano y terminaría casándose con su hija primogénita. Juárez le confió la protección de su esposa en los días más difíciles de la guerra.

Deportado

Pedro Antonio Santacilia y Palacios nació en Santiago de Cuba, el 24 de junio de 1826, una época en que se hacían sentir en la Isla los primeros intentos libertarios. Se formaban sociedades secretas y crecían las logias masónicas. No eran pocos los españoles radicados en las Antillas que anhelaban la erradicación del régimen que imponía España a sus colonias. Fue la suya una familia acomodada. Su padre, teniente de granaderos del ejército español, era hijo de catalán y cubana; la madre había nacido en la isla de Santo Domingo. El niño, escribe Salvador Bueno, se educa junto a figuras prominentes de la ciudad y se distingue en los estudios al punto de que no son pocos los que le auguran un futuro brillante y le aseguran un sitio en el campo de las letras.

Llegó así el año de 1836. La sublevación de La Granja obligó a la reina María Cristina a restablecer la Constitución liberal de 1812. La Isla entonces quedó dividida en dos partes. En la porción occidental, asentado en la capital de la colonia, continuó en el mando el autoritario y despótico Miguel Tacón, que enarbolaba el viejo orden. En la parte oriental, con asiento en Santiago, el general Manuel Lorenzo, gobernador del territorio, reconocía el nuevo estatus español.

Dice el historiador Eduardo Torres Cuevas:

«Era el general Manuel Lorenzo un líder progresista en la Península. Al conocer la implantación de la Constitución de 1812 hizo, con toda solemnidad, su proclamación en todo el distrito a su mando. Lorenzo ya se había ganado las simpatías del grupo de santiagueros reformistas… por las libertades dadas a la prensa oriental. Sus concepciones, diferentes a las de Tacón, habían creado ya serios problemas entre ambos. El Capitán General destituyó a Lorenzo, pero este montó la artillería en los fuertes, armó a las milicias orientales y ordenó el estado de defensa del departamento. Tacón decretó el bloqueo del puerto de Santiago por dos navíos de guerra —la corbeta Cautivo y el bergantín Cubano— y ordenó el avance de las tropas. El 18 de diciembre (1836) la guarnición se negó a obedecer las órdenes de Lorenzo. La milicia no mostró interés en sostener al jefe de la plaza, por lo que al general no le quedó más remedio que entregar el mando al coronel Fortún y partir, con los más comprometidos, hacia Jamaica».

Acompañaba a Lorenzo el teniente Santacilia, su edecán, seguido por toda la familia que no demora en trasladarse a España, donde Pedro hace el bachillerato.

En 1845 regresan a Santiago los Santacilia. Poemas y artículos del joven Pedro, ya con 19 años de edad, llaman la atención en círculos intelectuales de la capital de la colonia. En 1846, en Santiago, aparece un libro colectivo que recoge varios trabajos suyos, Ensayos literarios.

Buscaban los criollos nuevos horizontes y las autoridades españolas seguían, paso a paso, sus movimientos. Queda al descubierto la conspiración de La Mina de la Rosa Cubana. Fracasan otras conspiraciones en el resto del país. Es ejecutado el patriota Joaquín de Agüero y la misma suerte corren Isidoro Armenteros y sus compañeros…

Crecen los sentimientos contra el régimen colonial. Las autoridades españolas sospechan de Pedro Santacilia y lo detienen. Lo remiten a La Habana y en el Castillo del Príncipe aguarda la deportación. El 25 de enero de 1852 sale para España. No volvería jamás a Cuba.

Solo y errante

Por Sevilla, Málaga, Córdoba y Granada se mueve el proscripto hasta que logra huir a Gibraltar. Ya en Nueva York entra en contacto con grupos de emigrados cubanos. Escribe en los periódicos que alientan la independencia y ofrece un ciclo de conferencias sobre la historia de Cuba que no demorará en recoger en sus libros. En 1856 aparece El arpa del proscripto, el único poemario que dio a la luz. Dos años más tarde aparece en Nueva York el volumen que lleva por título El laúd del desterrado. Ejemplares de ese libro circulan clandestinamente en la Isla y enardecen el sentimiento patriótico. Agrupa poemas de José María Heredia, Leopoldo Turla, Miguel Teurbe Tolón, Pedro A. Castellón, José A. Quintero y Juan Clemente Zenea. De Pedro Santacilia incluye su poema A España, que en opinión de la crítica «resulta una de las poesías más recias incluidas en esa colección admirable». Otra obra suya es Hatuey, poema de largo aliento que tuvo siempre en alta estima. No llegó a nosotros. El poeta perdió el manuscrito en su huida a Gibraltar y jamás reconstruyó su texto.

En Nueva Orleans conoce al patriota cubano Domingo Goicuría, dueño de una gruesa fortuna, que lo invita a que, en calidad de socio, se sume a su empresa comercial. Es también en esa ciudad donde hace amistad con Benito Juárez. Cuando Juárez regresa a México, tiene en Santacilia un amigo fiel. Juárez recurrirá a él y a Goicuría en no pocos momentos. Armas y otros pertrechos de guerra le envían los cubanos cuando Juárez, ya Presidente de México, no logra obtenerlos en otros sitios.

Goicuría alcanzó el grado de Mayor General en el Ejército Libertador. El presidente Céspedes le confía una delicada misión ante el Gobierno mexicano y cuando se disponía a salir de Cuba para cumplirla, es apresado por los españoles y condenado a muerte. Lo ejecutaron en garrote vil. Dijo antes: «Muere un hombre, pero nace un pueblo».

Viaja Santacilia a México. Es el secretario de la Presidencia de la República. Cuando ocurre la invasión francesa y la instauración del imperio de Maximiliano, el santiaguero prosigue al lado de su amigo mexicano. Juntos en las verdes y en las maduras. En 1863 el poeta Santacilia contrae matrimonio con Manuela, hija del Presidente.

Arrecia la lucha contra la ocupación francesa y mientras Juárez, incansable, se mueve por Saltillo, Monterrey, Chihuahua y Paso del Norte, Santacilia realiza toda clase de gestiones a fin de conseguir ayuda para la campaña que extinguirá a Maximiliano y su imperio. En enero de 1865, desde Chihuahua, Juárez le escribe a Nueva York. Le cuenta sobre la muerte de su hijo Pepe. «Dispense usted los borrones, escribe el Presidente, porque mi cabeza está perdida». Todas las cartas del prócer al cubano están dirigidas a «Mi querido hijo Santa». Al lado de Santacilia están Margarita, la esposa del Presidente, y el resto de la familia.

Diplomático de Cuba en armas

El 15 de julio de 1867, Juárez entra en la Ciudad de México y el reinado espurio se desmorona. Una nueva etapa se abre para el país. Santacilia será una figura destacada del movimiento cultural y político de la nación. Hace periodismo y es redactor de El Heraldo, comparte con el mexicano Guillermo Prieto la dirección del Diario Oficial y está en la Redacción de El Nuevo Mundo. Publica algunos textos de ficción y da a conocer su estudio El movimiento literario en México, que es muy apreciado. En siete ocasiones es electo diputado al Congreso de la nación.

No se olvida sin embargo de su tierra natal y acepta jubiloso el nombramiento de «agente diplomático» que, tras el 10 de octubre de 1868, le hace la República de Cuba en Armas. Quiere conseguir que Juárez reconozca la beligerancia de los cubanos. El 3 de abril de 1869 Juárez firma un decreto que permite que barcos con bandera cubana sean recibidos en puertos mexicanos. Santacilia presenta entonces al Congreso una propuesta de ley que apoya el decreto de Juárez. Así, México es el primer país que reconoce la independencia de Cuba.

Benito Juárez fallece en 1872 y Pedro Santacilia permanece en México. Sigue desde allá la guerra por la independencia de su patria. Cuando ocurre el Pacto del Zajón (1878), que establece la paz sin independencia entre Cuba y España, sabe que más temprano que tarde la lucha empezará de nuevo.

Así es, en efecto. Cuando estalla la revolución el 24 de febrero de 1895, Santacilia pone toda su influencia al servicio de la causa cubana. El 20 de mayo de 1902 se instaura la República de Cuba. Abre sus puertas el primer consulado de Cuba en México y Pedro Santacilia es la primera persona que acude a esa oficina para hacer constar su condición de cubano y su deseo de ser tenido como ciudadano de su país natal.

El poeta

Asombra en Pedro Santacilia el caudal de su poesía patriótica. La crítica distingue dos maneras en su quehacer poético. Una combativa, más externa, y otra íntima, más pura. Su poesía es elegante, discreta, aunque puede volverse enfática en algunas odas. Su romance Amor y deber revela, dice José Lezama Lima, en su Antología de la poesía cubana, un conocimiento de la tradición española no muy frecuente en su época.

Santacilia fue un enemigo caracterizado del despotismo español. Así se revela tanto en sus Lecciones sobre historia de Cuba que en su poema A España, sin embargo evidencia en su poesía un conocimiento profundo de las posibilidades del romance.

Apunta Lezama Lima:

«Esa actitud culmina, por modo excepcional, en José Martí: combate una España colonial, las manifestaciones externas de una política viciada, pero al mismo tiempo se acerca a las raíces de una tradición limpia y popular. Ese acercamiento estudioso a la poesía le da a Santacilia una corrección, cierta mesura observable sobre todo en sus poesías de arte menor, sencillas, las más alejadas del treno enfático de la oda».

Falleció en México, el 2 de marzo de 1910.

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