Tres figuras de ayer

Sobre la calle llamada Carlitos Aguirre inquiere el doctor Rafael Nodarse, médico del hospital Calixto García y profesor de su Facultad de Ciencias Médicas. Dice que en sus recorridos habituales por la zona ha «tropezado con esa callecita casi virtual, enclavada en la esquina donde coincide con San Rafael, a un costado de la Universidad», y pide que contemos algo sobre ella. «¿Por qué el nombre tan pequeñín como la calle misma?», pregunta.

Carlitos Aguirre Sánchez es de esas personas a las que toca una muerte que no es la suya. Como se lee en el pedestal de la estatua que se le erigió en el parque que lleva su nombre, fue «tempranamente arrancado de la vida por inconcebible tragedia cuando era ejemplo a la juventud y la mente vigorosa y fuerte voluntad eran presagios de indescriptible grandeza». Una muerte absurda que hace que lo recordemos. La familia encargó al escultor italiano Nicolini esa imagen de bulto y la emplazó en el parque que hizo construir a un costado del estadio de la Universidad, donde la calle deja de ser Ronda para llamarse Carlitos Aguirre.

Su padre fue Charles Aguirre, coronel del Ejército Libertador. Cesada la guerra contra España fue capitán del puerto de La Habana, y más tarde, entre 1911 y 1912, jefe de la Policía en la capital de la Isla. Un incidente desafortunado lo llevó a la cárcel en mayo de 1916; causó lesiones con arma de fuego a Generoso Canal. Lo condenaron a tres años de privación de libertad. Un indulto lo benefició en noviembre de 1918.

La madre, Fredesvinda, era hermana de María Luisa, la esposa de Orestes Ferrara, el avieso político italiano avecindado en La Habana, también coronel de nuestras gestas independentistas. Su residencia, que acoge hoy al Museo Napoleónico, colindaba por la parte trasera con Villa Carlitos, morada de los Aguirre, en San Rafael y Ronda, convertida desde hace años en una casa de vecindad muy deteriorada por el tiempo y el abandono. Siempre que Ferrara estaba en Cuba —fue embajador en EE.UU. y canciller en tiempos de Machado— atravesaba el patio, junto con María Luisa, para almorzar con los Aguirre. Allí, mientras almorzaba, supo del atentado que costó la vida, en 1932, a Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado e íntimo de Machado. Allí almorzó —macarrones napolitanos— el 12 de agosto de 1933, cuando ya la dictadura machadista se había desplomado. De casa de los Aguirre salió hacia el puerto a fin de tomar el hidroavión que lo conduciría al exilio. De pura casualidad los estudiantes que lo perseguían no pudieron atraparlo.

En una vívida crónica sobre la muerte de Carlitos, que el amigo y colega Luis Sexto publicó hace años en estas mismas páginas y que compiló luego en su libro El camino siempre va a alguna parte (2008), del que conservo un ejemplar con una generosa dedicatoria del autor, se dice que nació en 1901, y que en 1919 matriculó la carrera de Derecho para graduarse de abogado el 6 de julio de 1923. Luis, que revisó su expediente universitario, asegura que la generalidad de las asignaturas muestra el cuño de sobresaliente, con premios. Escribe el cronista: «Su expediente confirma que Carlitos Aguirre era una promesa en lo intelectual y lo moral. Uno de sus profesores definió su vida como el breve esfuerzo de una mente electa».

Ya para entonces Carlitos había publicado un libro, Sensaciones de viaje, fruto de un periplo turístico por varios países europeos, y había tenido la temeridad de cruzar en avión el Canal de la Mancha en una época en que la aviación estaba aún en pañales. Con relación a ese vuelo confiesa, dice Luis, que no sintió miedo porque «era fatalista y sabía que su muerte estaba prescrita, con día, mes y año en un tiempo inexorable».

Dos meses después de su graduación, Carlitos Aguirre era cadáver. Sus éxitos estudiantiles fueron premiados con un viaje a Europa. Su cuerpo embalsamado llegó a Cuba por mar el 4 de octubre. Lo velaron en el Aula Magna de la Universidad.

¿Qué sucedió? Dejemos que Luis Sexto nos lo cuente:

«El día de su muerte presenciaba una corrida de toros en Bayona. El matador ejecutaba sus últimas figuras, fintas, pases; la bestia resoplaba, parecía querer abrir un hueco con las patas para tal vez huir de aquello que no comprendía. La cólera le aliviaba el agotamiento. El matador se acercaba con la espada.

«La señorita que lo acompañaba, norteamericana de origen, le dijo a Carlitos: “El sol me molesta”.

«El matador midió la distancia; caminó luego como en puntillas. Carlitos se levantó y cedió su asiento a la señorita Straus. El matador clavó la espada allí donde la vida del toro estaba inerme, vulnerable. El animal bufó, sacudió la testuz. El arma se desprendió como un proyectil…

«La espada terminó su vuelo en el pecho de Carlitos».

Nicanor del campo

Un lector cuyo nombre, lamentablemente, no anoté, luego de confesarse seguidor asiduo de esta página, se interesa por saber por qué el lugar donde vive, perteneciente al municipio de Playa, se denomina Nicanor del Campo.

No es mucho lo que conoce el escribidor acerca de ese personaje. En todo caso, no más de lo que sobre él refirió una de sus nietas, Emilia «Lili» del Campo, a las escritoras francesas Marjorie Moore y Adrienne Hunter cuando acometían su libro sobre varias señoras de la alta burguesía cubana que decidieron permanecer en Cuba después de 1959. El libro, publicado por la editorial de Ciencias Sociales en 2003, se titula Siete mujeres y la Revolución Cubana y aparte del de Emilia del Campo recoge los testimonios de Laura Gómez Tarafa «Chinie», Celia Ponce de León «Cuqui», Gloria González, Margot del Pozo, Natalia Bolívar y Conchita Freire de Andrade. Un descendiente de Nicanor del Campo, de igual nombre,  presta servicios como especialista en Medicina Interna en el hospital clínico-quirúrgico Joaquín Albarrán, de La Habana.

El personaje en cuestión fue el fundador del reparto Almendares. Dice su nieta en la entrevista aludida: «Su nombre es bien conocido en La Habana porque hay un barrio que se llama igual. Ese no es su nombre oficial, pero la gente estaba acostumbrada a asociar el barrio con él y lo llamaba de esa manera. El nombre oficial es el que mi propio abuelo le dio: Reparto Almendares».

Precisa Emilia del Campo que su abuelo vino a Cuba como funcionario de la administración colonial y que, aunque no peleó contra los mambises, fue teniente del cuerpo de Voluntarios. Prosperó aquí, se casó con una cubana, su abuela, y permaneció en la Isla una vez que Cuba alcanzó su independencia.

Fue propietario de una fábrica de tejas. Con las ganancias que le producía compró la finca que una vez urbanizada fue el reparto Almendares. Poseía además una granja lechera, llamada El Mayor, dotada de un sistema de ordeño mecanizado y de equipos para la pasteurización y homogenización de la leche. Tenía en este giro un competidor fuerte, la Ward Company, un gran negocio lechero norteamericano, establecido en Cuba, que hacía helados y otros productos lácteos y era mucho mayor que las lecherías cubanas.

Comenta Emilia que su abuelo llegó a ser multimillonario. Tenía el orgullo de ser el mayor contribuyente del municipio de Marianao; esto es, el que más contribuciones e impuestos pagaba en ese territorio. Gran parte de su fortuna se volatizó cuando el desplome de la bolsa de valores de Nueva York, el 13 de octubre de 1929, dio inicio a la Gran Depresión. Nicanor del Campo perdió o se vio obligado a deshacerse de muchas de sus propiedades. Con el tiempo logró rehacer parte de su fortuna, pero ya nada fue como antes. Había dejado de ser el mayor contribuyente de Marianao. Falleció en 1941.

Carlos Manuel de Céspedes

Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, hijo del Padre de la Patria, fue uno de los tres presidentes de la República que vio la luz fuera de Cuba. Nació en Nueva York, el 12 de agosto de 1871, luego de que su madre lograra salir de la Isla. Su padre no llegó a conocerlo. Por él se interesa el lector Jorge López, de Madruga.

Estudió en EE.UU. y en Francia, y graduado ya de bachiller hizo un viaje por Alemania, Italia e Inglaterra. Poco después de iniciada la Guerra de Independencia llega a Cuba en la expedición del vapor Laurada, que desembarca cerca de Baracoa. Alcanzó el grado de coronel y fue delegado a la Asamblea Constituyente de La Yaya. Concluida la contienda, se opuso en la Asamblea del Cerro a la destitución de Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador.

Se graduó de abogado en 1901. En ese mismo año resultó electo Representante a la Cámara, cargo en que se reeligió en 1905. La guerrita de agosto de 1906 contra el presidente Estrada Palma hace que se aparte de la vida pública. El presidente José Miguel Gómez lo designa embajador en Roma y es enviado especial de la República a los funerales del rey Jorge, de Grecia. En 1913 es embajador en Buenos Aires y más tarde en Washington, donde coordina los trabajos encaminados a la construcción del bello edificio que daría albergue a la Embajada de Cuba, actual Oficina de Intereses.

El presidente Zayas le confía la Secretaría de Estado (Relaciones Exteriores) y es Ministro interino de Hacienda y, más tarde, de Guerra. En noviembre de 1924 representa a la República en los actos de toma de posesión de Plutarco Elías Calles como presidente de México, y el 20 de mayo de 1925, el presidente Machado lo ratifica en la cartera de Estado. En 1926, desde París, envía su renuncia a esa cartera y acepta la embajada en Francia. Con posterioridad se le traslada a Inglaterra con igual rango, y, también como embajador, vuelve a Francia, hasta que se le designa en México. No llega a tomar posesión. El 20 de mayo de 1933 Machado lo declara en disponibilidad.

Cuando, a la caída de Machado, los militares se niegan a aceptar al general Alberto Herrera como sustituto del dictador en fuga, el Embajador norteamericano impone a Céspedes en la presidencia de la República. Toma posesión el 12 de agosto de 1933, el día en que cumplía 62 años de edad. Dura 23 días en el cargo. Lo derroca, el 4 de septiembre, un movimiento de clases y soldados que encabeza un sargento llamado Batista. Se niega a secundar a los oficiales amotinados en el Hotel Nacional que quieren verlo entre ellos. Dice: «Por mí no se derramará sangre cubana ni habrá intervención extranjera».

El presidente Mendieta lo designa embajador en España. Representa a Cuba en la Asamblea Extraordinaria de la Sociedad de Naciones. Al frente del Partido Centrista quiere aspirar a la Presidencia, pero la falta de calor popular lo empuja a desistir. En junio renuncia a su cargo en España, pero siempre con categoría de embajador, se le designa asesor técnico de la Secretaría de Estado y juez del Tribunal de Arbitraje. Murió en La Habana, el 27 de marzo de 1934. Fue académico de la Historia. Escribió una biografía de su padre y otra de su tío, el polémico general Manuel de Quesada, entre otros libros, y dejó inédita una obra en la que relató su paso fugaz por la Presidencia.

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