Lo que no dije de la Catedral

¿Sabía usted que el periódico «del domingo» se ideó en la Plaza de la Catedral cuando el periódico La Discusión se instaló en el que fue el palacio de los condes de Casa Bayona? ¿Que fue en ese diario donde se utilizó por primera vez en Cuba el linotipo que posibilitó que los periódicos se «compusieran» en menos tiempo y pudieran aumentar el número de sus páginas?

¿Sabía que el 20 de enero de 1804 la caja fuerte de la Real Tesorería, instalada en el palacio del marqués de Arcos, también en la Plaza de la Catedral, fue violentada por la guardia encargada de su custodia que sustrajo el dinero que había en ella, lo que situó al Tesorero de la Real Hacienda en la disyuntiva de reponer de su peculio lo robado o ir preso?

Otro escándalo tendría lugar en esta casa cuando Sebastián Calvo de la Puerta y O’Farrill raptó, con el consentimiento de la joven, a la hija del Tesorero Real ante la negativa de este de dársela en matrimonio.

En la casa de la esquina del Callejón del Chorro, donde puede verse la tarja conmemorativa de la construcción de la Zanja Real, se instalaron, alrededor de 1840, los baños públicos de Guiliasti, los primeros en su clase que existieron en La Habana; aprovechaban el antiguo desagüe de la Zanja. No sería hasta las décadas finales del siglo XIX cuando los principales hoteles y casas de huéspedes empezaron a incluir lo que entonces se llamaba «el lujo del baño». Los establecimientos que carecían de ese servicio se limitaban a indicar a sus clientes dónde podían bañarse por un precio que giraba en torno a los 30 centavos.

Ya que se aludió a la Zanja, digamos de paso que fue la obra ingeniera más importante del siglo XVI. Su fuente se buscó en el río Almendares y las aguas se hicieron descender suavemente, por gravedad, hasta lo que sería la Plaza de la Catedral, la cota más baja de la villa. La vieja lápida consigna la construcción del primer acueducto habanero. Dice: «Esta agua la trajo el maese de campo Juan de Tejada en el año de 1592».

Lo que hace llamativa esa casa sin portales y menos palacial que sus vecinas, es su mala sombra. Como ya dijo el escribidor en la página correspondiente a la semana anterior, dos de sus propietarios fueron a parar, en diferentes momentos, a la cárcel y murieron en ella sin que su fortuna y enorme prestigio social los salvara. En 1740, Antonio Palacín y Gatica, teniente gobernador y auditor de guerra —el segundo al mando en la defensa de La Habana— que creó además una cátedra de leyes en la universidad habanera. Pues bien, este sujeto, en compañía de Gabriel Beltrán de Santa Cruz, otro vecino principal de la ciudad, presentó una denuncia contra el capitán general Francisco Güemes de Horcasitas, conde de Revillagigedo, y, procesado por el gobernador interino, fue a dar con sus huesos al sombrío castillo-presidio de San Juan de Ulúa, en México, donde murió.

En 1751 la casa fue adquirida por el coronel Sebastián Peñalver y Calvo de la Puerta, regidor, teniente de alguacil mayor y alcalde de La Habana en diferentes ocasiones. Se destacó en la defensa de la ciudad cuando el ataque británico de 1762, pero una vez que los ingleses abandonaron la villa al año siguiente, las autoridades españolas lo acusaron de colaboración con el enemigo y fue recluido en Ceuta, de donde no volvió.

Dijimos la semana pasada que el Palacio de Lombillo tiene dos fachadas. Una mira a la Plaza de la Catedral, y la otra, a Empedrado. El 27 de septiembre de 1932, el doctor Ricardo Dolz, abogado con bufete y residencia en ese inmueble, salvó milagrosamente la vida porque, avisado a tiempo, logró huir por una de las puertas mientras los porristas entraban por la otra. Eran los días del Gobierno despótico de Gerardo Machado y el dictador quiso vengar a Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado y máxima figura del Partido Liberal, muerto en un atentado, con el asesinato de varios opositores. ¿Cómo se enteró Dolz de lo que sucedería?

Al desaparecer el periódico La Discusión, se mantuvo en el edificio que ocupaba un museo periodístico que oportunamente pasó a la Asociación de Reporteros, en la calle Zulueta, al lado del cuartel de bomberos, cuando la casa de La Discusión fue adquirida por la ronera Arechabala. En ese inmueble de la calle Zulueta funcionó además, a partir de los años 40, el Colegio Nacional de Periodistas, entidades que desaparecieron poco después del triunfo de la Revolución. Surgía entonces la Unión de Periodistas de Cuba que se instaló en la mansión que fuera del senador liberal (y machadista) Agustín García Osuna, amplia y confortable como casa de vivienda, pero poco práctica para su nueva función. Se dejaba atrás un edificio, construido expresamente por y para el sector, dotado de salas de reunión, biblioteca, restaurante, bar, barbería, sala de esgrima, gimnasio… todo lo que la sede de la UPEC no tiene. No quiere el escribidor pronunciarse sobre la conveniencia del cambio; quiere solo hacer una pregunta. ¿Dónde fueron a parar las piezas que conformaron el museo de la prensa?

La más hermosa

Tiempo hubo en que los periódicos se «paraban» a mano. Un operario hábil y experto —el tipógrafo— unía aceleradamente una letra con otra en obligada familia, al igual que hacen los albañiles con los ladrillos, hasta formar la galerada. Entonces los periodistas entregaban a la redacción sus trabajos escritos a mano, a veces con caligrafía infernal, y las primeras páginas se reservaban para anuncios comerciales y de navegación y hasta para esquelas mortuorias.

El linotipo, que es una máquina de componer provista de matrices y que funde las letras por líneas completas hasta formar un solo bloque, se introdujo en Cuba —en el periódico La Discusión— en 1899 y se impuso no sin resistencia, entre otros motivos, porque eliminaba al tipógrafo, que era el alma del periódico clásico. No tardaron en descubrirse sus ventajas: los diarios podían aumentar su paginación, se componían en menos tiempo y admitían una mayor cantidad de textos.

Con el linotipo se instauró el uso de la máquina de escribir, y, por acuerdo del gremio de linotipistas, se decidió que estos no trabajarían originales que no llegasen a sus manos escritos a máquina y a dos espacios.

Manuel Márquez Sterling —último romántico— fue el único periodista que se negó a utilizar la máquina de escribir. Siguió haciendo sus artículos a mano hasta 1934, cuando murió.

Surgió también allí el periódico «del domingo».

En los albores del siglo XX existía en Cuba el criterio, generalizado entre los directores de publicaciones, que los periódicos dominicales no funcionaban. De hecho, los diarios más importantes de la época —La Discusión y La Lucha— no aparecían los domingos, y los que lo hacían, aunque a veces daban cabida a folletines, en poco se diferenciaban en su edición dominical de las del resto de la semana. Pero Manuel María Coronado, director de La Discusión, tenía una idea opuesta. Pensaba que un periódico elaborado especialmente para ser leído en la calma del domingo, con temas variados y materiales extensos y bien escritos e ilustraciones en colores, sería todo un éxito, y puso a su gente a trabajar. Su idea marcó un paso de progreso en la prensa nacional y fue pronto imitada por otras publicaciones. Llega hasta hoy.

Vayamos ahora hasta la casa del marqués de Arcos.

En 1781, Ignacio de Peñalver y Cárdenas, tesorero general de la Real Hacienda y del Ejército, se opuso a la solicitud de matrimonio de Sebastián Calvo de la Puerta y O’Farrill con su hija María Luisa, considerada como la mujer más hermosa de la ciudad.

Sebastián decidió raptarla y llevarla en depósito a otro lugar. Así, la marquesa de Jústiz y su hija María Josefa, cuñada esta del pretendiente, planearon y ejecutaron la audaz acción en la iglesia de San Francisco, contando con la complicidad de la novia, que fue conducida a la residencia de las Jústiz.

El escandaloso enfrentamiento del Tesorero Real contra la Marquesa, cada uno con el poder de sus títulos y la inviolabilidad de sus espacios privados, dio motivo a la intervención del Capitán General, que confió la custodia de la joven al convento de Santa Teresa hasta que se logró llevar a cabo el matrimonio sin consentimiento del padre, poco antes de que el contrayente partiera hacia Luisiana en una campaña militar.

Entrado el siglo XIX, el hijo de Ignacio Peñalver y de Cárdenas, marqués de Arcos, fue nombrado tesorero de la Real Hacienda, quedando instalada la Real Tesorería, como era costumbre en la época, en la propia residencia de su responsable.

En la noche del 20 de enero de 1804, la guardia encargada de la custodia de la caja fuerte del Real Tesoro la violentó y sustrajo los 150 000 pesos que se guardaban en ella.

Existía en la Cuba de entonces una disposición que establecía que el funcionario público al que se le sustrajesen caudales a su cargo, tenía dos alternativas: los reponía de inmediato de su propio peculio, aunque no fuese responsable de la pérdida, o iba preso.

El gobernador general, marqués de Someruelos, enterado del hecho vandálico y sin saber si el Tesorero podía reponer el dinero, envió un recado a Peñalver. Le ofrecía un préstamo en efectivo a fin de que repusiese lo robado.

El marqués de Arcos expresó su agradecimiento al emisario del Gobernador General y al rehusar el ofrecimiento le mostró las 9 500 onzas de oro sacadas de su bolsillo  con las que había ya cubierto el desfalco.

Casa de dos puertas

Casa de dos puertas, mala es de guardar, dice el refrán. Pero esas dos puertas fueron la salvación de Ricardo Dolz.

El abogado Carlos Manuel de la Cruz detuvo su automóvil y compró el Heraldo de Cuba, diario que servía de vocero al régimen de Machado. En la primera página se daba cuenta de la muerte del senador Vázquez Bello. Se decía además que a manos de desconocidos habían muerto los oposicionistas  Dolz, el representante a la Cámara Miguel Ángel Aguiar, los hermanos Gonzalo, Guillermo y Leopoldo Freire de Andrade y el propio Carlos Manuel de la Cruz, Este comprendió de golpe que no había error en la redacción de la noticia. Ya en su bufete, en la calle O’Reilly, llamó por teléfono a Dolz, que por el mismo periódico acababa de enterarse de su muerte. De la Cruz salió por el fondo del edificio y no paró hasta la Embajada uruguaya, sita en el departamento 245 de la Manzana de Gómez, mientras Dolz hallaba refugio en la Embajada de Brasil, en 17 y A, en el Vedado.

Pudieron escabullirse a tiempo los abogados Pedro Cue y Juan Marinello, y Mayito García Menocal, hijo del expresidente, que debía ser eliminado «para escarmiento de su padre». A Aguiar los porristas lo fulminaban en la puerta de su domicilio, en 19 esquina a B, en el Vedado. Poco antes llegaron a la casa de B número 13 casi esquina a Calzada. Preguntaron por Gonzalo Freire de Andrade que era  el que llevaban en la lista porque de los tres hermanos, era el único comprometido con la oposición. Pero ya en el interior de la residencia los asesinos no pudieron identificarlo y extremando su celo, los ultimaron a los tres.

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