Itinerario habanero

Un pedazo del mural de Amelia Peláez, emplazado en la fachada de lo que todavía era conocido como hotel Habana Hilton —se denominaría Habana Libre a partir del 11 de junio de 1960— cayó sobre el área de la piscina e hirió de muerte a dos clientes que tomaban el sol en los alrededores de la alberca. Zita Coalla, una afamada bailarina del elenco del cabaré Tropicana, y su prometido, quedaron sepultados bajo cascotes de concreto seco y filosos cristales de cerámica que les provocaron cortaduras con abundante pérdida de sangre. Esa misma tarde fallecían en el hospital Calixto García. Era el Viernes Santo de 1960. Los vientos de cuaresma, se informó entonces, habían aflojado el extremo derecho del mural.

La obra empezó a emplazarse en enero de 1959 y, dicen, se fue colocando de izquierda a derecha, esto es desde la avenida 23 a la calle 25. Fue como armar un rompecabezas. Los cuadros de vidrio se sacaban de sus huacales en el mismo orden en que fueron empacados y se fijaban a la pared cementada previamente; teselas de color azul cielo, aseguraba la crítica, sobre las cuales, entre una variada gama de tonalidades celestes, podían verse ondulados trazos en blanco y negro que remedaban figuras geométricas o semejaban frutas o abanicos.

En algunos textos se da a esta obra el nombre de Naturaleza muerta. En otros, Las frutas. Los operarios que participaron en su montaje le llamaron, simplemente, el «mural de Amelia», una de las obras que enriquecieron la decoración del establecimiento hotelero. Mide 670 metros cuadrados. Siguiendo el boceto de la artista, el mural fue confeccionado en México y su elaboración y montaje estuvieron a cargo del italiano Luis Schodeller. Costó 300 000 dólares.

Otros plásticos, asimismo, dejaron allí su huella. También el mural de René Portocarrero, en el bar Las Antillas, conocido comúnmente como Las Cañitas, tiene dos nombres: Las Antillas e Historia de las Antillas, que parece ser el real. Muy cerca, en el mismo piso, un óleo de Wifredo Lam colgaba a la entrada del casino de juegos. El área de la piscina lucía un mural del caricaturista Juan David. Otro mural, de Cundo Bermúdez, se mostraba en la pared que mira hacia la esquina de 23 y M.

Obras de Mariano Rodríguez, Mario Carreño y Marta Arjona; Florencio Gelabert, Mirtha Cerra y Hugo Consuegra, Servando Cabrera Moreno y Arístides Fernández, entre otros artistas, completaban el catálogo, pues ejecutivos de la cadena Hilton, que administrarían el hotel, exigían que los mejores pintores y artesanos locales se sumaran a la ambientación del proyecto.

Obras de otros artistas se emplazarían posteriormente. A los años 70 corresponden El carro de la Revolución, de Alfredo Sosabravo, Figura humana, pieza trabajada en madera, de Fowler, y Clepsidra, escultura de acero y vidrio ejecutada por Rita Longa. Y en los 80, piezas de Fabelo, Santos Serpa, Frómeta y Linares, entre otros.

Catorce pabellones y dos casetas

En la década de 1910, el Hospital Nacional Número Uno (a partir de 1913, Hospital Calixto García) estaba compuesto por dos áreas separadas por un canal intransitable de varios metros de ancho, actual calle G. Un pequeño puente de madera sobre el canal conectaba ambos sectores de la instalación hospitalaria.

La información la ofrece el doctor Gregorio Delgado, historiador del Ministerio de Salud Pública, en su Historia de la enseñanza superior de la medicina en Cuba, 1900-1962 (Quinta parte), que tuvo la amabilidad de obsequiar al escribidor, que poseía ya las tres partes iniciales de la obra y que espera ahora la cuarta, que Delgado prometió hacerle llegar.

Aún eran de madera los pabellones de ambas secciones. La más pequeña, dice el ilustre historiador, ocupaba aproximadamente la superficie en que hoy están enclavados el Hospital Ortopédico Fructuoso Rodríguez y el Instituto de Oncología (Hospital Curie), así como el demolido Hospital Pediátrico Pedro Borrás. Dicha área servía de asiento al Departamento de Tuberculosis o Sala Romay; un total de 14 pabellones y dos casetas, igualmente de madera, donde se podían albergar 130 enfermos de tuberculosis pulmonar avanzada o no admisibles en La Esperanza, el sanatorio de Arroyo Naranjo.

Esos pacientes eran atendidos por el doctor Eugenio Albo Cabrera, con tres médicos auxiliares y cuatro enfermeras, precisa el doctor Delgado.

La cátedra de Enfermedades Tuberculosas se crea el 15 de octubre de 1923. A fines de 1924 se saca a oposiciones y la obtiene, como Profesor Titular, el doctor Albo, que fija la sede de la cátedra en su servicio en la Sala Romay. La desempeñaría por poco tiempo; fallece en 1926 y en octubre de ese mismo año un terrible huracán —el comúnmente llamado ciclón del 26— que siembra muerte y destrucción en La Habana, arrasa las casetas y los pabellones de los tuberculosos. Los edificios son reconstruidos por disposición del Secretario (ministro) de Sanidad y Beneficencia, a la sazón Profesor Auxiliar de Enfermedades de los Ojos con su clínica de la casa de altos estudios habanera.

Pronto llegaría el fin de las construcciones de madera que constituían la Sala Romay. Fueron desmanteladas, dice el doctor Delgado, entre el 20 y el 23 de diciembre de 1930. Los pacientes internados en estas fueron trasladados a La Esperanza, y se inauguró un Instituto de Vías Respiratorias o Dispensario Antituberculoso en el mismo hospital, con entrada por la esquina de 25 y J. Ahí radicó la cátedra hasta el 24 de febrero de 1949, cuando se inaugura el pabellón Bisbé.

Apunta el historiador del Ministerio de Salud Pública:

«Esta edificación pudo ser construida con el dinero producto de la acumulación de sueldos dejados de percibir por los profesores de la cátedra, los doctores Alfredo Antonetti Vivar, Manuel Ampudia González y Orfilio Suárez de Bustamante y del Profesor Titular de la cátedra de Patología General No. 6, doctor José Bisbé Alberni, cuyo nombre ostenta hasta el presente».

El pabellón consta de dos salas. Bisbé fue un notable médico internista nacido en 1900. Era hermano de Manuel, también profesor universitario y miembro de la directiva del Partido Ortodoxo. Fue, después de 1959, embajador de Cuba en la ONU. Murió en la propia sede de esa organización internacional.

Edificio representativo

El hotel Habana Riviera es uno de los edificios más representativos de la arquitectura cubana de los años 50. A sus valores constructivos y su excelente ubicación se suma la rica colección de obras que para ambientarlo realizaron artistas tan notables como Cundo Bermúdez, Florencio Gelabert, Hipólito Hidalgo de Caviedes y Rolando López Dirube, entre otros.

El escribidor cree que en la concepción de esta instalación, situada en Paseo entre Malecón y Primera, en el Vedado, la función hotelera quedó eclipsada por el cabaré y, sobre todo, por el casino de juegos. En todos los hoteles, la carpeta le sale al paso al visitante, es un área ineludible. No ocurre así en este hotel; se halla allí al final del lobby, oculta para el que llega, mientras que los salones mencionados son bien perceptibles en cuanto se pone un pie en el establecimiento. Desde fuera, el domo recubierto de cerámica que cubre el área del casino se diferencia del resto de los volúmenes del inmueble.

El hotel se construyó sobre un terreno irregular. Cuenta con 21 pisos, de esos 17 habitacionales, y casi 400 habitaciones. Se dice que todas tienen vista al mar, lo que les confiere un valor añadido. Se alza a 71 metros sobre el mar, por lo que en altura es ampliamente superado por el edificio Focsa (121 m) y el edificio del hotel Habana Libre (126 m). Su casino, operado por Meyer Lansky, jefe de la mafia norteamericana en la Isla, era el más lujoso de los diez existentes en Cuba.

Su costo se calcula entre los 11 y los 14 millones de dólares. Solo por el terreno se pagó más de un millón. Sus propietarios eran figuras de la mafia norteamericana y personeros de la dictadura de Batista. A su apertura, el 10 de diciembre de 1957, asistió el cardenal Manuel Arteaga Betancourt, que lo bendijo. También Rafael Guas Inclán, vicepresidente de la República; Justo Luis del Pozo, alcalde de La Habana, y unos cien norteamericanos vinculados a la mafia. Se hicieron presentes figuras de Hollywood como Ginger Rogers y Lou Costello. La ceremonia inaugural fue ampliamente difundida en EE. UU. a través del espectáculo de Steve Allen, el de mayor audiencia televisiva entonces. Se supo que sus accionistas proyectaron la construcción de otro hotel que llevaría el nombre de Mónaco. Refiere Guillermo Jiménez, autor de los libros Los propietarios de Cuba y Las empresas en Cuba, que en su primer año de operaciones el Habana Riviera dejó utilidades netas cercanas a los 400 000 dólares.

El Habana Riviera, en el momento de su inauguración, fue el mayor hotel-casino construido en Cuba o en cualquier parte del mundo, salvo en Las Vegas. Contaba con la piscina más grande de La Habana y estaba dotado de aire acondicionado en todas las habitaciones y áreas sociales —uno de los primeros hoteles del mundo en disponer de ese servicio.

Expresa Eduardo Luis Rodríguez en su obra sobre la arquitectura moderna en Cuba que el proyecto original fue realizado por el arquitecto norteamericano Philip Johnson, pero no se hizo realidad por desacuerdo con los inversionistas. En su lugar se contrató entonces a una firma de Miami con experiencia en la construcción hotelera que «resolvió el encargo con el repertorio de formas que se había hecho habitual en la Florida a partir de las obras de Morris Lapidus». Por la parte cubana actuó Manuel José Carrerá Machado como arquitecto facultativo.

Precisamente sobre ese hombre, olvidado en Cuba, acaba de publicarse un libro en Colombia. Se titula Ruta Carrerá; La vanguardia modernista en el Caribe colombiano, y su autor es un arquitecto y profesor distinguido, Carlos Bell Lemus, una acuciosa investigación vertida en un libro de excelente factura.

Nos ocuparemos de esa obra en alguna de las próximas semanas. Por hoy solo diremos que después de una fructífera estancia en Colombia, donde era ya un arquitecto renombrado, Carrerá regresó a Cuba en 1946 a fin de asumir funciones en el Ministerio de Obras Públicas y, con su empresa, satisfacer encargos del Estado.

Así, como Jefe de Planeación de Obras Públicas, trabajó en el proyecto del Barrio Obrero, ubicado entre la Vía Blanca y la Bahía de La Habana: 1 500 casas individuales, ocho edificios multifamiliares de cuatro plantas cada uno, mercado, centro escolar, guardería infantil, hogar de ancianos… y se vinculó después en la construcción del mercado de Carlos IIII. Siempre en Obras Públicas, asumiría más tarde como Jefe de proyectos y construcción de hospitales. Intentó reformar los planos de la Plaza Cívica o de la República (actual Plaza de la Revolución).

En 1959, Manuel José Carrerá se estableció en EE. UU., donde trabajó como arquitecto de proyectos de la prestigiosa firma Browning & Parker, de Miami, y ya en 1960 volvió al Caribe colombiano, escenario de sus éxitos iniciales. Allí falleció en 1981.

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