Lo que yo sé de Orlando Piedra - Lecturas

Lo que yo sé de Orlando Piedra

Con la llegada al poder del presidente Ramón Grau San Martín (10 de octubre de 1944) los llamados «grupos de acción» ajustan cuentas con figuras comprometidas con Machado y Batista, que acaba de cesar en la Presidencia de la República. Durante 1945 son ultimados el capitán Antonio Hernández, exjefe del Servicio de Inteligencia Militar, el comandante Pedro Tandrón, exinspector de la Policía Nacional, y el excapitán Rafael Díaz Joglar, uno de los responsables de la muerte de Antonio Guiteras. Muere también, de un tiro en la cabeza, mientras espera por combustible en el ya inexistente servicentro de La Palma, el excoronel Antonio Brito, último jefe policial de Batista. Brito es el suegro de Orlando Piedra. Compartían el mismo domicilio en Calzada de Bejucal esquina a Soto, en Arroyo Naranjo, donde hay ahora una instalación de la Unión Nacional de Juristas.

Es entonces que Piedra decide ponerse a buen resguardo. Se va a México y pasa luego a Estados Unidos. Batista, con quien tiene un encuentro casual, le pide que lo espere en La Habana. Instalado en Kuquine, la finca de recreo del exmandatario y ahora senador, selecciona a los hombres que le darán escolta a su regreso a la Isla. Con una parte de ellos entra Batista a la Ciudad Militar, el 10 de marzo de 1952.

Tras el golpe de Estado, recibe Piedra su recompensa. No solo se le confía la jefatura del Buró de Investigaciones, que convierte en un antro de tortura y muerte, sino que con el tiempo se calza la jefatura del Servicio Secreto del Palacio Presidencial.

Tiene estrechas relaciones con el FBI y la CIA. Monitorea en México los movimientos de Fidel Castro, empeñado en iniciar la guerra de guerrillas en Cuba. John Mac Maples Spiritto, agente de la CIA destacado en México con la misión de espiar a Fidel y a sus seguidores, recordaba años después que su estación mandaba sus informaciones a Washington, aunque, aseguraba, existían comentarios de que sus jefes en México mantenían estrechas relaciones con el coronel Orlando Piedra y el capitán Juan Castellanos, jefe del llamado Negociado A del Buró, que se ocupaba de los delitos contra la seguridad del Estado, quienes viajaban a ese país regularmente en busca de información sobre los revolucionarios cubanos. Precisaba asimismo Spiritto que en esa época supo de la presencia allí de un hombre conocido como Arturo el Jarocho, fugitivo de la justicia cubana, a quien la gente de Batista contrató por 10 000 dólares para que asesinara a Fidel. Aunque el exagente nada dice al respecto, Piedra no debió ser ajeno a esa proyectada acción.

Fouché tropical

Porque sus contactos sobrepasan los límites del territorio nacional: con maña de un Fouché tropical coloca donde puede sus espías y soplones. Se jacta de haber avisado oportunamente al coronel Pilar García del asalto al cuartel Goicuría en la ciudad de Matanzas, lo que permitió a ese jefe militar masacrar a los atacantes. Logra penetrar la Organización Auténtica del expresidente Prío y consigue a tiempo la información que anuncia el arribo inminente a Cuba de la expedición del yate Coryntia, conformada por un grupo de militantes «auténticos», que desembarcan en la zona de Holguín, donde el coronel Fermín Cowley, jefe de la plaza, los aniquila.

El soplón fue el también «auténtico» Eliseo Riera Gómez, alias Ellis, y, por el servicio, Piedra le hizo llegar 10 000 dólares a través de Enrique Pizzi, cónsul cubano en Miami. Tras esos sucesos, Riera siguió militando en el Autenticismo y espiando para el Buró de Investigaciones. Se inmiscuyó en la política local y llegó a ser asesor para asuntos latinoamericanos de Steven Clark, alcalde metropolitano de Miami. Al cesar en ese cargo, Riera continuó allí con sus actividades políticas y sociales dentro de la comunidad cubana,

Piedra fue el artífice de la Operación Fuga, que en las primeras horas del 1ro. de enero de 1959 sacó del país a los más notorios asesinos y ladrones del batistato, incluido el propio Batista. Salió de Cuba en la misma aeronave que se llevaba al dictador.

Ya en la República Dominicana se instala con Batista en el Palacete Nacional, residencia oficial de los huéspedes del Gobierno y luego, cuando se agrian las relaciones con Trujillo, lo acompaña en el hotel Jaragua. Pero se mantiene al margen, callado y meditabundo. «Silencioso y triste pasaba las horas el coronel Orlando Piedra», aseguró un militar que lo acompañó en la huida. Batista, desinflado y con el ánimo y todo lo demás por el suelo, no anda mejor. Se le nota frío y fuera de situación, destruido y aislado. Trujillo, por otra parte, prepara sus planes anticubanos y se empeña en arrastrar a Batista en la aventura. Piedra no parece haberse sumado a ellos pues bien temprano se marcha a Estados Unidos.

Batistiano hasta la muerte

No sin dificultades logra entrar en ese país. Washington, tras el 1ro. de enero, deja sin efecto su visa. En su larga entrevista con el periodista Daniel Efraín Raimundo y que se publicó con el título de Habla el coronel Orlando Piedra (Miami, 1994), culpa a Clark Anderson, exjefe del FBI en Cuba de que no lo dejaran entrar. Pero lo conseguirá al fin «bajo palabra», gracias a la gestión que a su favor hacen dos funcionarios de la Embajada norteamericana en La Habana y un oficial de la Marina de Guerra de esa nación.

Cumple, en primer término, la misión que le confió el dictador; recoger en Nueva York los tres millones de dólares que le entregaría Marta Fernández, esposa de Batista, y que él pondría en manos de un funcionario dominicano en Miami. Dice Piedra que con ese dinero pagaría Batista la estancia de sus hombres en la República Dominicana, pero parece más bien el pago de la extorsión a la que lo sometió Trujillo. Siguiendo su relato al periodista citado, Piedra entrega un millón de dólares y pone el resto en la caja de seguridad de un banco. El gánster cubano Policarpo Soler, entonces a sueldo del sátrapa dominicano, se apodera de la suma entregada y su acto le cuesta la vida a manos de sicarios trujillistas que lo fusilan en la cárcel La 40. Siguen las desavenencias entre Trujillo y Batista, y Piedra no entrega los dos millones restantes. Los restituye a la esposa del exmandatario.

En Miami, el FBI lo identifica como uno de los principales organizadores de la propaganda política a favor de Batista y como alguien cercano al expresidente. Trabaja para el exsenador Rolando Masferrer, auspiciador en Cuba del grupo paramilitar Los Tigres y que intenta reconstruir allí su banda de matones. Con Masferrer se dedica a extorsionar a pequeños comerciantes cubanos radicados en la ciudad con el pretexto de recaudar fondos para la lucha anticastrista, lucrativo negocio que con diferentes variantes y muchos cabecillas llega hasta hoy. Sin embargo, las relaciones no duran mucho. El Coronel, que se mantendrá fiel a Batista hasta el final, rompe con Masferrer cuando este comienza a hablar mal del dictador, lo tacha de cobarde y lo responsabiliza con la derrota frente a los barbudos.

A arrancar cabezas

Por conducto de la CIA, Piedra se suma a la Operación 40, que surge al calor de la Operación Pluto, en 1961, y que debía ser parte fundamental de la invasión mercenaria de Playa Girón. Sería el cuerpo represivo de la Brigada de Asalto 2505 que, con posterioridad al desembarco, hubiera consolidado posiciones en la Isla.

Elementos de esa Operación 40 actuaban como enlaces entre la estación CIA de la Florida y los grupos terroristas de origen cubano con los que la Compañía no tenía interés en sostener contactos directos. Y no faltaba su conexión con la mafia norteamericana, empeñada en recuperar el paraíso perdido de La Habana.

De llegarse a consolidar la invasión, hombres de la Operación 40 se apoderarían de los archivos de la Seguridad y la Policía cubanas, ocuparían las sedes de los principales organismos de la administración central del Estado, en especial los institutos armados y los centros claves de la economía y detendrían a los dirigentes más destacados como paso previo a la depuración masiva de la población. Para ello se valdrían de planillas de color rojo, verde o blanco que se rellenarían con las generales de dirigentes políticos, sindicales, estudiantiles, campesinos, intelectuales y militares. De adjudicársele una planilla roja, el sujeto sería eliminado de inmediato; recluido en prisiones, si la planilla era verde, y quedaría pendiente de investigación, si la planilla era blanca.

Los integrantes de la Operación 40 procedían, en su inmensa mayoría, de los cuerpos represivos del batistato o colaboraron en Cuba con el FBI o la CIA. Manuel Artime y Orlando Piedra fueron designados por el Gobierno norteamericano para diseñar las tareas de la Operación. Los hombres que formaban parte de ese plan macabro, no llegaron a pisar tierra cubana: al ver cómo era abatida la brigada invasora en las arenas de Girón, modificaron su propósito de desembarcar por una retirada precipitada a la Florida. A partir de ahí, la Operación 40 sufrió cambios, varió incluso de nombres, pero, aseguran especialistas, sus funciones y principios básicos llegan hasta hoy. Asesinos, terroristas y especialistas en subversión y también la mafia se fusionan, a partir de 1962, y crean una nueva Operación 40, brazo invisible de la CIA y desprendido de ella solo en apariencia y que desde entonces dirige el terrorismo. Pasó por el asesinato de Kennedy y los planes de atentado contra los principales dirigentes cubanos. Como se dijo la semana anterior, el FBI, en su momento, interrogó a Piedra con relación al magnicidio de Dallas. En papeles que se le ocuparon a Lee Harvey Oswald aparecieron el nombre y las señas del excoronel cubano.

Muerte

El rastro de Orlando Eleno Piedra Negueruela se va diluyendo a partir de 1994, cuando aparece su larga entrevista con el periodista Raimundo. Tampoco está clara la causa de su muerte. Se dice que murió en Miami, en un asilo de ancianos, víctima de la golpiza que allí le propinó el personal paramédico de la instalación.

El escribidor vio la sortija con la piedra de amatista con que lo distinguió Batista. La conservaba como un tesoro personal un hombre elusivo y enigmático ya fallecido. Julián Pérez, el sujeto en cuestión, auspiciaba el Museo Histórico Cubano de Miami. En el Buró de Investigaciones había estado a las órdenes de Piedra, aunque su función era la de custodiar la casa presidencial en la Ciudad Militar de Columbia. Desde su puesto vio la huida del dictador y no esperó más: con otros tres policías del Buró, se fue al aeropuerto militar y secuestró el avión que los sacó de Cuba. Él también había sido distinguido con la sortija con la piedra de amatista.

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