Guillermo Cabrera Álvarez

La tecla del duende

Cartas

DESDE hace un rato Nyliam Vázquez, mi colega de JR, trabaja en China. Ella, fundadora de las tertulias, escribe:

«Me miran como a un bichito raro. No tengo los ojos rasgados, ni un perfecto círculo en el rostro ni el cabello negrísimo y lacio. No soy de esta tierra milenaria y por eso también escudriño a quienes me rodean. A veces se detienen, cuchichean cosas que no entiendo, sonríen. Los chinos cautivan con la sencillez de sus días grandiosos.

«Llegué en verano. Asisto al modo en que cambia la capital, inmersa en un dinamismo cotidiano. Beijing es un ir y venir de gentes, autos, celulares, niños y ancianos que pueblan las calles y a quienes regalo caramelos.

«En la Plaza Tianamen volé con las alas de un papalote. Emblemática y siempre repleta es inmensa. Justo frente a La Ciudad Prohibida

—donde vivieron los últimos emperadores— es el símbolo de la nueva China. Un descubrimiento han sido las aceras de cerámica, tienen una línea en el centro de textura distinta para orientar a los ciegos».

También el poeta colombiano José Luis Díaz-Granados:

«Estamos felices los amigos de la Revolución con la rápida recuperación de nuestro Comandante. ¡Qué estimulante resulta verlo, al Fidel “verde y florido” de siempre, lúcido, optimista, pensando en grande, pensando en todos, escribiendo con pulso firme frases luminosas y certeras! ¡Qué alegría! Felizmente, es un caso único e irrepetible en la historia universal. He recorrido páginas y páginas en estos 34 días de preocupación, y el paradigma de Fidel resulta original e inédito minuto a minuto. ¡Bien por esa!

«También he estado releyendo el libro de Katiuska. Indudablemente su frescura y actualidad resultan ejemplarizantes. Cómo sería de útil y de necesario que en los cinco continentes se conociera este paisaje veraz y honrado sobre el gran hombre que estremeció las fibras más íntimas de la historia en los dos siglos más vertiginosos y difíciles de la humanidad».

Hielo roto

En la periferia de una ciudad canadiense, un día de invierno dos niños patinaban sobre una laguna congelada. No se percataron de que en el centro una bandera roja que anunciaba hielo angosto, estaba caída por una ráfaga de viento. No percibieron el peligro hasta que el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua.

El otro niño, viendo que su amigo se ahogaba bajo el hielo, tomó una piedra y golpeó la superficie hasta quebrarla. Un automovilista dio la alarma y los socorrió con una manta.

Al llegar los bomberos se preguntaron: ¿Cómo un niño tan pequeño fue capaz de romper un hielo de más de cinco centímetros? Es imposible que un niño pequeño lo hiciera.

Un anciano tuvo la respuesta: «No había nadie a su lado para decirle que era imposible hacerlo».

Graffiti

Elefantito: Escuchar tu voz me da vida. ¡Sálvame! Maye

Recuerde: Sábado 9, 2:00 p.m., tertulia de ocurrentes. Intercambio de piedras con historia.

Regalo de jueves

El arte de vencer se aprende en la derrota. Simón Bolívar

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