El Duende

La tecla del duende

Glenn Cunningham

Los ocurrentes chinos paralizarán al mundo a partir de mañana: 08/08/08, a las 08:08:08. Tendremos un buen instante, como nos recuerda Nancy, para desear que todas las confrontaciones del planeta sean, por siempre, solo en los fraternos campos deportivos. También, para contarnos historias de crecimiento humano, como esta, que estremece.

En la pequeña escuelita rural había una estufa de carbón muy anticuada. Un alumno tenía la tarea de encenderla temprano todos los días y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros.

Una mañana llegaron y encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente más muerto que vivo del edificio. Tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo.

En su cama del hospital, el pequeño oía al médico que hablaba con su madre. Le decía que seguramente su hijo moriría y que era lo mejor, pues el fuego lo había afectado irreversiblemente.

De alguna manera, para gran sorpresa del galeno, sobrevivió. Entonces todos los pronósticos indicaban que no podría volver a usar sus piernas nunca más.

Finalmente, le dieron de alta. Todos los días siguientes, su madre le masajeaba las piernas que colgaban sin vida. No había en ellas sensación, ni control, ni nada. Pero su determinación de vivir y caminar era más fuerte que nunca.

Una mañana soleada, la madre lo llevó al patio para que tomara aire fresco. Ese día, en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla. Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas. Llegó hasta la cerca que rodeaba el jardín y, con gran esfuerzo, agarrándose de un poste y luego de otro, empezó a avanzar.

Hizo lo mismo jornada tras jornada, hasta que desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego de caminar tambaleándose, finalmente, de caminar solo y, después... correr.

Pasaron los años y en la universidad formó parte del equipo de carrera sobre pista.

Luego, en el Madison Square Garden, este joven que no tenía esperanzas de sobrevivir, que nunca caminaría, que jamás tendría la oportunidad de correr; este joven condenado a una silla de ruedas, llegó a ser el atleta estadounidense que corrió el kilómetro más veloz del mundo.

Glenn Cunningham, de Atlanta, Kansas, estableció un récord mundial de una milla en 4:06.8 minutos, en 1934. Fue segundo en el 1936 Olímpico de 1 500; y dos semanas más tarde, alcanzó otro récord planetario en 800 metros, con su 1:49.7.

Años después, ya retirado, estableció junto a su esposa una fundación benéfica con la cual ayudó a miles de niños con problemas. Murió el 10 de marzo de 1988, con 78 años.

Tertulia habanera

Este sábado, a las 02: 00 p.m., en G y 21: Ecos de la Expedición 50 Eneros.

Graffiti

Osvaldo: Sin reflexionar, inconscientemente, por instinto, por impulso, irracionalmente, te amo. Tu «psicoloca»

Mi tesoro: Que mi vida no vaya más allá de tus brazos, que ellos sean mi horizonte y camino. Cely

Semilla

La senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio ancho y espacioso. Miguel de Cervantes

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